
Lo malo de llorar cuando uno pica la cebolla no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza y ya no puede parar...

Todavía queda mucha gente que considera el trabajo como la base decisiva de la identidad. La contemporaneidad, sin embargo, desmiente esta vieja creencia. El trabajo profesional ha ido descaracterizándose y el ocio, por el contrario, cargándose de elementos dispuestos a definirnos.
Todavía hace pocos años Richard Sennett obtuvo un gran éxito con su libro La corrosión del carácter y allí se lamentaba, se sollozaba, porque el panadero de hoy no era ya el conspicuo panadero de antes, nutrido de tradición y enharinado de vocación ancestral. Tampoco el herrero o el abogado conservarían esos caracteres porque el capitalismo de consumo, su variabilidad, su superficialidad, su movilidad, los habría corroído como personajes netos.
Efectivamente. El efecto de la cultura del consumo (histéricamente estimada como cultura del diablo) ha sido la corrosión de lo unívoco. No emprendemos la vida hoy para llegar, como dictaba Píndaro, a ser el que somos, sino precisamente para ser todo lo que ahora no somos.
La aventura y no el proyecto estricto, la veleidad y el cambio, la imprevisibilidad o el accidente son los caracteres de nuestro tiempo. El atributo más anticontemporáneo es la dirección única, la sangre pura, la ortodoxia o el planeamiento delineado para toda la vida.
Ni la casa, ni la pareja, el coche o el reloj son, como antes, para toda la vida. Tampoco la dedicación profesional que, entre otras cosas, nace de una titulación aplicable a tareas variopintas o todavía por pintar. No nos hacemos una identidad mediante el trabajo porque el trabajo o nos disfraza una y otra vez en sus diferentes versiones o nos resbala. Bajo la apariencia de una profesionalidad circunstancial no se construye la identidad sino, más o menos, en el territorio del tiempo libre. Libre también para ser a voluntad. De hecho, esta ha sido la respuesta del 88% de los jóvenes españoles e italianos encuestados por la empresa Synovate con implantación en 54 países y tras realizar su último estudio sobre identidad en 11 naciones europeas.
En el ocio, a través de las elecciones musicales o de ropas, la preferencia de ídolos y marcas, la elección de parajes, videojuegos y viajes, se conforman tribus y tipos. El trabajo resulta o demasiado abrumador, explotador, voluble o poco importante para esperar la denominación de él.
El mundo alternativo al laboral, el universo del consumo y su tiempo libre se encarga de trazar la silueta de ciudadanos/consumidores y no en el negativo sentido de su enajenación sino en el serio significado de su definición.
El que quiera entender que entienda.

LEMBRO que sempre sae o sol o 1 de novembro. Non se me mollan nunca as flores. Levamos os ramos aos cemiterios e logo quedamos a comer en casa da madriña. Non é un día triste, nin tampouco unha festa leda. Simplemente, é un día especial.
De pequena, os primos chegabamos cedo para prepararlle un ramo ao neniño que está enterrado baixo unha pequena lápida de pedra no adro da igrexa. Era fillo duns mestres que estiveran na aldea, e tamén afillado da miña madriña. Morreu cando contaba só cuns meses de vida.
Esmerabámonos en buscarlle as flores máis fermosas do xardín, e compoñer un ramo xeitoso. Era o noso defuntiño, asumindo esa responsabilidade moral. Traballabamos arreo e todos xuntos. Como excepción, nunca tiñamos leas, ao contrario das demais veces que faciamos cousas en común.
Curiosa tradición esta dos defuntos, que foi mudando co tempo. Naceu coa idea do papa Bonifacio IV de consagrar o panteón de Agripa ao culto da Virxe e os mártires, conmemorando a todo os santos anónimos e descoñecidos pola maior parte dos fieis. Iníciase como unha homenaxe aos descoñecidos e convértese nunha loanza aos seres queridos que xa non están connosco, pero non son esquecidos nunca.
Comezou festexándose o 13 de maio, pero o papa Gregorio III cambia a data para inducir con maior facilidade a conversión dos pobos pagáns ao cristianismo, xa que se negaban a abandonar as súas festas. A véspera os celtas celebraban o Sambein, conmemorando a fin do verán e as colleitas, e a chegada do frío e a escuridade. Non obstante, este día, cada ano, o verán interrompe de novo o inverno. Non podemos esquecer as nosas raíces celtas, aínda que os galegos de hoxe non sexamos en maioría louros e de ollos azuis.
É fermoso manter as tradicións. É fermoso non esquecer aos que un día foron parte da nosa vida.
María Canosa