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2 de noviembre de 2011

Escribiendo...

La biblioteca era el lugar donde se resguardaban las almas perdidas de la ciudad sin nombre. Algunos, incluso, se acercaban a leer. Otros, en cambio, con los ojos vacíos arrastraban su mirada sobre las letras que aparecían en los libros que no habían sido colocados aún en las viejas estanterías de madera. Aquel escenario era el que observaba cada día el hombre de edad indefinida que esperaba pacientemente la llegada de su hija. Se entretenía, mientras tanto, con historias de naufragios, de desamores trágicos, de reinas abandonadas, de luchas de clases, de biografías retocadas por miles de manos que pasaban por encima de ellas cada nueva temporada...
Ese día su hija no vino a buscarlo. Nunca se supo qué ocurrió con aquella mujer que dedicaba la vida entera al cuidado de su padre. A partir de este momento, el hombre de edad indefinida se frotaba las manos cada vez que llegaba la hora del regreso. Después se levantaba con calma y se marchaba solo. Así transcurrieron los meses hasta que su alma se escapó definitivamente. Poco a poco, la biblioteca se iba quedando vacía hasta que llegaban nuevas historias para alimentar el mundo, para descomponerlo.

23 de noviembre de 2008

Dedicado a una bibliotecaria...

Fuente de la fotografía: Centro Colombo Americano

Leyendo las últimas entradas de ese rincón del náufrago que tanto me gusta, aparecía citada entre sus anécdotas cotidianas la presencia de la mala educación en los tiempos actuales. Recordaba, mientras leía, lo que me ha ocurrido estas últimas semanas en una biblioteca a la que asisto últimamente.

Allí me encontraba entre sus amables compañeros a una mujer de unos cuarenta y tantos que no podría ser más desagradable aunque lo intentase de verdad. Imposible, creedme. Su actitud incluso agresiva llegaba ya a límites de caricatura burlona. Le hice unas cuantas preguntas sobre el funcionamiento del centro y tiraba los papeles encima de la mesa cual favor inmenso se le estuviese solicitando. Me llamó tanto la atención su comportamiento que estuve observándola un buen rato desde mi asiento como si de un animal raro se tratase. Golpeaba el teclado del ordenador con rabia, miraba por encima de sus gafas minúsculas con cierto desafío al mundo en el que le había tocado vivir y en el que, obviamente, no se encontraba nada a gusto, algo que a juzgar por lo visto no me extraña en absoluto. Sus palabras se escuchaban como grititos desagradables mientras sus víctimas se miraban entre ellas preguntándose sin abrir la boca que cómo podía haber gente así que trabajase en un mostrador frente al ciudadano-cliente.

De verdad que si me lo cuentan no me lo creo. No sé lo que le ha pasado a esta señora pero ninguno de nosotros tenemos la culpa de sus frustraciones. Quizá lo que le hace falta es una buena ración de All-Bran sin ánimo de hacer publicidades.

Fuente de la fotografía: Bitácora de un bibliotecario