Una historia de amor que se hace imposible o que es más posible que muchas otras que nos rodean. Ese tipo de relaciones que no pueden romperse definitivamente pero tampoco continuar para siempre y por siempre de la forma "establecida".
Una delicia de serie por la tremenda sensibilidad que se vuelca en ella. La sensibilidad de sus protagonistas, que luchan por mantenerse a flote mientras la vida va haciendo de las suyas. Amándose y nunca ignorándose. No pueden. No son capaces. A pesar de los temores, a pesar de todo.
La química que existe entre los dos es palpable desde el primer momento. Uno se adentra en los sentimientos de la pareja con una facilidad increíble. Es capaz de comprender el sufrimiento, el disfrute, la ilusión, los miedos y anhelos. Cada uno con su mochila, con sus facilidades y con sus traumas también. Los pasados que marcan para siempre los presentes y los futuros.
Y entre medias, esa inteligencia que provoca que sigan adelante. Con inquietudes, con disgustos, con la lucha por encontrar algo a lo que denominamos felicidad pero es mejor que eso. Mucho mejor.
Me quedo con las magníficas interpretaciones. No hace falta explicar nada. Sólo observar. Me he sentido como Marianne y como Connell. He comprendido perfectamente sus comportamientos, a pesar de no ser perfectos y estar lejos de esa perfección en ocasiones. No es fácil. Nadie ha dicho que lo sea. De hecho, es comprensible intentar salir como se pueda. Sin flotador y buscándolo. En este mar inmenso.
