Mostrando entradas con la etiqueta artículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículos. Mostrar todas las entradas

14 de marzo de 2012

No me siento motivado (también de Sostres) y algo de cine...Shame

Fuente de la imagen

De las múltiples excusas que el empleado ha ido encontrando para no trabajar, una de las más escandalosas es el no sentirse motivado. ¿Motivado? ¿Qué mayor motivación podría existir que tu sueldo a final de mes? ¿Qué otra motivación necesitas para hacer tu trabajo y hacerlo lo mejor que puedas, que el contrato que libremente firmaste con tu empresa? Ahora resulta que no te sientes motivado. Vaya por Dios. Igual te motiva más el paro, cuando te echen por caradura y por vago.

A fuerza de consigna sindical, los empresarios se han ido acomplejando, se han ido acostumbrando a esperar cada vez menos de sus empleados. El listón de exigencia, cada vez más bajo. Tal vez tendríamos que recordar que sin empresarios no hay riqueza, ni trabajadores, ni derechos. Tal vez tendríamos que recordar que la mano de obra es intercambiable y que, si unos no trabajan como es debido, trabajarán otros.

Puedo compartir y comparto la estrategia empresarial de tratar de motivar a tus trabajadores, pero es de una jeta infinita que un empleado justifique su mediocre rendimiento con el pretexto de la supuesta falta de motivación. El cinismo que ha promovido el sindicalismo es tan extraordinario que ahora resultará que no basta con pagar lo acordado para que un trabajador cumpla con su deber de un modo satisfactorio.

¿Te imaginas que lo planteáramos al revés? ¿Te imaginas que un empresario esperara sentirse motivado por sus trabajadores para cumplir con sus obligaciones salariales? ¿Te imaginas que, ante la falta de productividad o de ventas, un empresario dijera no sentirse motivado para pagar las nóminas y se lo gastara todo en caviar y champán, que, desde luego, motivan más? ¿Dónde iríamos a parar?

Somos adultos y somos responsables, y tenemos que llegar al trabajo motivados, aseados y a la hora exacta. Tu empresario no es tu padre, aunque paga por tu sanidad y tu jubilación como si realmente lo fuera, y en algunos casos incluso más. Pero no, no es tu padre, ni tiene que motivarte para que cumplas con tu obligación, porque su parte consiste en garantizar tu seguridad, darte un trato correcto y pagarte tu salario y tu Seguridad Social.

¿Qué más quieres, camarada? ¿Qué más necesitas para motivarte? Muchos españoles se han olvidado de lo que es pasarlo realmente mal, y no es que lo desee, pero todo parece indicar que los duros tiempos volverán. Recordaremos la farsa de la motivación y de los días personales como algo inconcebible, recordaremos a los sindicatos y a sus liberados sindicales como el abuso que precedió a la gran debacle. Ni nuestros abuelos darían crédito si escucharan a un obrero quejándose de la motivación que le falta, ni lo darán nuestros nietos dentro de 20 años, cuando tengan que volver a trabajar como auténticas bestias de carga para que pueda volver a florecer el erial que les habremos dejado.

Nada atonta tanto como vivir sin tener que pagar el precio y nada espabila tanto como la necesidad. Se esperaba de nosotros que tuviéramos la lección aprendida y que administráramos la bonanza con moderación y serenidad. Pero no somos más que unos insufribles nuevos ricos que de todo nos hartamos sin pensar en nada más. Ahora dices que no te sientes motivado y acudes con displicencia a tu trabajo: lamentarás tu arrogancia cuando te echen por vago, no puedas encontrar otro trabajo y sólo te quede vivir de la realmente desmotivadora caridad.

Que nadie crea que está definitivamente a salvo.



Para cambiar un poco de tema (reconozco que Sostres es difícil de digerir), recomendaros una película: SHAME.
Es una historia de soledad, de sexo, de familias rotas, de la soledad en ciudades grandes, de sexo, de sexo sin amor, de más soledad y obsesión por el sexo...
Me recordó a American Psycho aunque, por lo que me viene a la mente, Shame gana con considerable ventaja.
Ya me contaréis.
Por cierto, el actor protagonista está de toma pan y moja.
(disculpen la ordinariez)
 




13 de marzo de 2012

Irse de fin de semana

Fuente de la imagen
 
 Unas palabras de SALVADOR SOSTRES (por jo***, supongo)

La reacción ante los primeros días de buen tiempo fue masiva en Barcelona: la Diagonal, saturada de familias que se iban de fin de semana. En sólo 10 días, los barceloneses han colapsado la Diagonal en dos ocasiones: para quejarse de los recortes que provoca la crisis y para irse unos días al campo. Una mezcla letal de barbarie e inconsistencia. Son tiempos inciertos, son tiempos trágicos, pero llega el buen tiempo y la gente no piensa en nada más que en su asueto cálido y soleado.

Me pregunto, si no, en qué pensaban los padres de familia que atestaron el viernes la calle principal de mi ciudad. Me pregunto cuál fue su reflexión y cómo llegaron a la conclusión de que lo mejor que podían hacer era montar a su familia en el auto y marcharse dos días a no hacer nada.

Me pregunto si pensaron en la fragilidad del mercado laboral o si eso lo dejan para la sobremesa con los compañeros y para las asambleas del comité de empresa. No se plantearon si era el mejor modo de proteger su puesto de trabajo porque todavía creen que no tienen ningún deber que vaya más allá de reclamar sus derechos. No barajaron la posibilidad de llamar a su patrón para ponerse a su disposición, por si podían ir el sábado a terminar algún trabajo atrasado, porque son de los que todavía no se han dado cuenta que sin empresa no hay trabajadores, y que sin empresarios que los paguen no hay ni derechos adquiridos ni prestaciones sociales.

Ahí estaban, atascados, inconscientes, con la soga en el cuello y dispuestos a marcharse de fin de semana.

Me pregunto con qué pachorra, con qué cinismo se quejan luego de lo que les pasa si son tan débiles de mentalidad que sólo pueden pensar en clave de fin de semana. ¿Cuánta angustia tendrán que pasar para ser al fin capaces de reaccionar? ¿De verdad que a ninguno de ellos se le ocurrió ofrecerse a su jefe para ir a trabajar completamente gratis el fin de semana? ¿Cómo puede un hombre de 2011 sentirse tranquilo marchándose un viernes por la tarde? ¿Qué contribución, qué esfuerzo, qué sacrificio has hecho para favorecer el milagro de la recuperación de tu empresa, que es la que te paga el sueldo y los derechos?

¿No te has dado cuenta de que estamos todos al borde del abismo? ¿Cómo te sentirías si tu empresa cerrara definitivamente mientras tu estás viendo el fútbol en tu segunda residencia, con su correspondiente hipoteca a 30 años? ¿No ves que todo cae y que si tú caes también nadie va a poder salvarte? Piénsalo, excursionista de fin de semana. Piénsalo cuando vayas a contratar tus vacaciones veraniegas o cuando estés pintando la pancarta para acudir a la próxima huelga general.

Y cuando te quedes sin nada y te preguntes cómo ha podido ser, recuerda este fin de semana, recuerda todas las veces que despreciaste tu trabajo, que intentaste estafar a tu empresa o que no te ofreciste con cuerpo y alma para intentar salvarla. Recuerda cada vez que te marchaste a casa porque ya habías cumplido con tu horario, pero sin haber terminado tu trabajo.

Estoy convencido de que la misma gente que el viernes salía alegremente de Barcelona hará huelga el próximo 29 de marzo, y tal vez algunos de ellos organizándose en piquetes coercitivos y violentos. La cuestión es no trabajar. E insultar a los empresarios que luchan contra la inundación, siempre bajo sospecha y siempre pagándotelo todo, como si en lugar de tu patrón fueran tu madre. Siempre solos, mientras tú te vas de fin de semana.

12 de febrero de 2012

Asco, tristeza...

ACABAR CON LA DESESPERACIÓN
ARTÍCULO DE SANTIAGO REY FERNÁNDEZ-LATORRE


No dice nada que no sepamos Santiago Rey en este artículo. Sin embargo, cada vez que sale alguna columna de él siempre la leo. No sé si para cabrearme más con la situación que nos rodea o, simplemente, para confirmar que no soy la única desesperada con la situación que vivimos actualmente, desesperanzada más bien...

Los de siempre siguen manejando el cotarro. No se apean de sus privilegios ni a la de tres. Machacan a esas clases medias (y, no nos engañemos, también a esas clases bajas) a costa de no renunciar a ninguno de sus derechos-no-merecidos en tantísimas ocasiones.

Y yo me sigo preguntando....¿para qué sirve esta reforma laboral si no genera empleo? ¿para qué demonios sirve?...

Sin más, la columna:
Fuente de la imagen


Asco. Esa es la palabra que más se repite estos días para definir lo que está pasando en un país abandonado al despropósito. En la peor situación que se haya vivido nunca en Galicia y en España, la valentía y el coraje han desaparecido por la puerta de atrás, mientras cobra presencia omnímoda un doble juego inadmisible, que se ensaña con la clase media, pero mantiene y acrecienta inservibles estructuras de la Administración y opulentos privilegios de los que deberían ser servidores públicos.

La ineficiencia y la irresponsabilidad han sido los denominadores comunes desde que empezó la crisis, y sus consecuencias están bien a la vista: las empresas en la asfixia, el desempleo en tasas inasumibles, las expectativas de los jóvenes totalmente desbaratadas y gran parte de las familias con notorias dificultades de supervivencia.

¿Y se ha hecho algo para aliviar el sufrimiento de la gente? Nada. Las respuestas del aberrante Gobierno anterior y de los que hoy asumen responsabilidades en España y Galicia han sido siempre las mismas: recetar más recortes y más renuncias a la sociedad, hasta hacerla bajar a la fuerza varios escalones camino del empobrecimiento.

Ni han apoyado como deberían a las empresas, ni han garantizado prestaciones y servicios, ni han estimulado el consumo y el movimiento económico. Sí han subido los impuestos y el precio de los servicios básicos; sí han desangrado la economía satisfaciendo la voracidad de los especuladores internacionales. En definitiva, sí han pasado a la clase media, hasta arruinarla, una portentosa factura que en absoluto le corresponde.

Ahora -no hay más que verlo en Galicia- vuelven a la carga los políticos con más atentados contra el bolsillo de una gran parte de la sociedad. Los empleados de la sanidad y la educación y el resto de los funcionarios, ya machacados, se enfrentan a nuevos ajustes, mientras en las alturas continúa el desfile de fastos, oropeles y despilfarros pagados con dinero público.

Ese es el doble juego insostenible. Galicia derrocha presupuesto en innumerables alquileres de oficinas públicas y edificios innecesarios, repartidos por Santiago, por todas las demás ciudades y comarcas del país e incluso por el exterior, como se acaba de ver con las pseudoembajadas prácticamente inactivas de Miami, Bruselas o el palacete de la Casa de Galicia en Madrid. Una administración responsable y preocupada por el gasto no permitiría de ningún modo ese caro minifundismo administrativo, como tampoco se empecinaría en continuar adelante con el millonario dispendio del Gaiás, repleto de gastos de obra y mantenimiento pero vacío de contenido y de gente. Bien podrían ir para allí todas las oficinas ahora desperdigadas, para darle alguna utilidad a nuestra más flamante y majestuosa ruina.

Pero, con ser grande, no es esa la única equivocación de este y los anteriores Gobiernos de Galicia de cualquier color. Tras dejar que se hundiesen sectores claves como el pesquero, el agrario, el lácteo o el naval, se ha instaurado una política de remiendos tan desnortada que la sociedad no puede más que quedarse atónita cuando conoce que se destina dinero público a proyectos irreales y fallidos como el de Manzaneda. O cuando se apoya sin ningún tipo de explicación a empresas inviables e insolventes, dando oxígeno a experimentos quebrados, como sucede en la industria y en algunos medios de comunicación.

Ni explicación ni estrategia ni propósito de enmienda. El Gobierno gallego sigue empecinado en recortes a la clase media, en dejar famélicas a las universidades y en estrechar servicios esenciales como la sanidad y la educación.

No ha aprendido siquiera del mejor ejemplo que están dando los empresarios cuando, en las peores circunstancias, se fajan para superar la crisis sin beneficios ni créditos, ni más armas que su determinación y tenacidad en la lucha contra las adversidades.

Quienes pagan la factura de la crisis no pueden entender esa actitud. Ni cómo se ahonda en la contraria, con más gastos superfluos generados por la hipertrofia de todas las administraciones. En los tiempos de la era digital, crecen como hongos las delegaciones de organismos y sus ventanillas sin ninguna lógica ni coordinación o sinergia entre ellas. Oficinas de la Xunta, del Ayuntamiento, de la Diputación, de los ministerios, consellos de contas y consultivos, valedores... Todos enmarañan la burocracia hasta hacerla insoportable, además de inasumible económicamente para el erario y para el contribuyente.

Si están buscando realmente dónde ahorrar los 40.000 millones que hacen falta para arreglar las cuentas públicas -es decir: rebajar el déficit y pagar los altos intereses que fijan los gigantes de la especulación financiera internacional- es en esa partida de gastos superfluos donde hay que entrar a saco, y no en el bolsillo de los consumidores.

Al Estado todavía le quedan muchos lugares donde tocar para hacerse eficiente. Porque nada ha hecho, de momento, para acabar con instituciones superfluas, como las diputaciones provinciales; redundantes, como el Senado, o propagandísticas, como las televisiones públicas. Tampoco ha acometido siquiera el paso de fusionar municipios incapaces de sostenerse. Y no lo ha hecho por razones electoralistas y localistas, pero también porque la desaparición de corporaciones locales significa la pérdida de numerosos puestos de concejal.

Por eso resulta intolerable el doble rasero que aplican los políticos y los que revuelan a su alrededor, como los sindicatos. Y bochornosa su forma de repartirse las prebendas. Se acaba de ver, sin ir más lejos, en el traspaso de poder de padre a hijo en Ourense. Ante el silencio o incluso el aplauso de muchos, se ha disfrazado de simple apariencia de democracia la consumación de una herencia de naturaleza puramente caciquil.

Ese desprecio por la democracia se observa incluso en el funcionamiento de la Unión Europea, con un parlamento decorativo, una estructura inoperante, un coste verdaderamente obsceno y un poder cuasi-dictatorial que se han arrogado porque sí Alemania y Francia.

Mucho deberán hacer quienes allá y aquí practican estas nefastas artes para recuperar, siquiera someramente, la confianza de una sociedad cada vez más decepcionada y molesta con su clase política.

La perdieron, desde luego, los anteriores gobernantes que fueron de aberración en aberración hasta dejar el país postrado y empobrecido, al borde de la intervención y a merced de los depredadores financieros. La perdieron también quienes exacerbaron sus ansias nacionalistas y separatistas hasta llegar a la desfachatez de permitirse señalar supuestas líneas rojas al Estado. Y poco hacen por conservarla quienes, después de clamar en la oposición, ahora en el Gobierno no son capaces siquiera de ponerse de acuerdo entre ellos en las cuestiones más elementales para iniciar la revitalización del país.

Con la oposición ausente y ocupada en sus esperpénticas guerras intestinas, España se hunde en el desastre y la decadencia, al borde del estallido social, mientras mangonean a sus anchas los halcones de la banca. Algunos, que solo ven la crisis que padecemos como un festín para sus garras, se han aprovechado bien de la situación y de la ineptitud del gobernador del Banco de España, y pretenden adueñarse a precio de ganga de mercados que les rehuían. Otros, con salarios más altos que el valor de sus entidades, se van para casa ahora con las bolsas repletas, a la espera, curiosamente, de más privilegios y homenajes.

Ni siquiera en eso se ha conseguido ofrecer a los ciudadanos algún ejemplo de dignidad. Mientras en el Reino Unido se retiran distinciones a quien pierde la reputación por su conducta, aquí se premia con las más altas a quienes no solo no las merecen, sino que deberían pagar, como en Islandia, por sus responsabilidades.

Pero el tiempo se ha acabado. Es hora de que los responsables de la gestión pública pongan fin a sus aberraciones, asuman su liderazgo y busquen soluciones en lugar de parches. Ni Galicia ni España ni Europa pueden esperar más. Hay que acabar con el asco.

8 de febrero de 2012

La más guapa de la ciudad (también de Sostres)


Campurriana ya está más animada y prueba de ello es que se ha puesto a buscar como loca una de hombres negros desnudos. De paso ha leído a Sostres y se ha comido un cocido de ésos que quitan el hipo con morcilla y todo.

Pues, sin más, os dejo con la columna y esta fotografía.

Feliz noche, navegantes.
:)



FUE la chica más guapa y más rica de la ciudad. Continúa siendo la más rica pero el tiempo ha pasado con su inevitable sentencia. Cuando la conocí tenía 20 años y supe al instante que si la tocaba me volvería de sal. La belleza, cuando más pura, más trasfondo tiene de atrocidad. Fuimos amigos hasta ese límite en que uno tiene que salir corriendo o entrar a matar. Opté por la estabilidad, en una de mis pocas decisiones sensatas. Al cabo de algunos meses un chico al que no conocía de nada llamó a mi portero automático. «Ella siempre me habla de ti, tal vez puedas ayudarme», y me contó que se conocieron pocos días después de que yo le dijera que no podía verla más. Él no tuvo mi miedo -quizá pueril- y la relación empezó y prendió, y cuando le regaló un anillo ella dijo que sí. Eso fue un jueves y el viernes se fueron a Londres a celebrarlo. Cenaron en Nobu, Park Lane. El resumen de la ciudad latiendo en la sala, camareras y camareros que te hacen dudar de tu condición sexual; en cada plato un punto angelical. Princesa tuvo, a media cena, necesidad de ir al baño, y al ver que tardaba en regresar, el prometido aprovechó para ir él también a vaciar. Mientras se desbebía escuchó unos gemidos que venían de uno de los compartimentos. El primero le hizo gracia pero el gesto se le torció cuando fue reconociendo el sonido y la respiración. Se quedó paralizado mirando a la puerta.

Después de la eclosión, el camarero negro que les había atendido durante lo que llevaban de velada salió con lo suyo todavía al fresco, «como una de esas gruesas butifarras negras con que mi madre le da gusto al caldo». Se la guardó, se subió la cremallera, un sorry, man para salir del paso, y volvió a su trabajo. Él también regresó a la mesa y se quedó callado el resto de la cena. Cada vez que quería decir algo le venía a la memoria la imagen negra y desmesurada. Pensó en quejarse al restaurante pero se sintió ridículo imaginando lo que tendría que contar.

Ella le lloriqueó, alegó locura transitoria, ese vulgar «no sé qué me ha pasado», y juró que jamás volvería a pasar. «Ya sé que es un disparate pero estoy demasiado enamorado para dejarla. Desde aquel día mi vida es un infierno. Pero tú me entiendes, ¿verdad?, no puedo dejarla». No supe qué decirle y sólo pude abrazarle como se abrazan dos hombres vencidos por una misma mujer. La respuesta exacta me la dio al día siguiente mi amiga Nuria Bermúdez. Entonces trabajábamos juntos en Crónicas Marcianas, y cuando el chófer que nos llevaba al plató pasó por delante de donde vivía Princesa le dije: «Aquí vive la chica más guapa y más rica de la ciudad». «No, Salvador», me corrigió, «si es la más guapa no es la más rica: es la más cara».

7 de febrero de 2012

Marchando una de Ángeles Caso

Lo prometido es deuda y hoy Campurriana abre las ventanas del saloncito para poder respirar de nuevo aire fresco. 

Gracias a Luna por enviarme esta columna tan reparadora. Siempre es bueno que nos recuerden lo que ya sabemos. Lo que deberíamos saber y aplicar para vivir con inteligencia y serenidad esta vida; un regalo, sin duda alguna.

Fuente de la imagen



Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.



Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.



Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.



Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.


También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.

6 de febrero de 2012

Marchando una de Sostres...


Me pregunto cuándo fue la última vez que Rubalcaba o Chacón cobraron un sueldo trabajando y no medrando en el partido o en el gobierno. ¿Y Chaves, y Montilla, y Griñán, y Zapatero?

Después de lo de la gasolinera, ya no pregunto por Pepiño Blanco.


El socialismo en España ha sido un sistema de colocación, una manera como otra de vivir sin trabajar. Ésta, si cabe, un poco más cínica que cualquier otra, porque mal puede llamarse obrero un partido soviético y orgánico en el peor sentido de ambas palabras. ¿Qué obrero hay en los cuadros del PSOE, quién fue el último que dio un palo al agua?


La desvergüenza es inconmensurable. El PSOE no es un partido, es una trama elitista y sectaria. Eso por no hablar de la UGT. La familia Redondo, obrera ¿de qué? ¿Y a qué viene la pose descamisada de Cándido Méndez? ¿Cuándo fue tu última vez, Cándido?


La izquierda en España ha sido un compendio de excusas para no trabajar. Para cobrar lo que no está escrito sin poner ni el huevo. Días personales, vacaciones pagadas, bajas por cualquier disparate, liberados sindicales. La cantidad de excusas que se han inventado da para preguntarse si no habría sido menos complicado ponerse a trabajar.


Por eso desprecian al empresario, que es quien crea puestos de trabajo y paga los supuestos derechos de los trabajadores. Por eso se llenan tanto la boca con lo de la solidaridad (que cuando es obligatoria es un robo): porque es nuestro dinero y ellos no tienen ni puñetera idea de lo que cuesta ganarlo.
Pero lo que socialistas y sindicalistas tienen que asumir es que mucho más pronto que tarde les tocará ponerse a trabajar. Tendrán que ganarse la vida según su talento y no según su carné. Tendrán que pelear por su prosperidad con esfuerzo y ya no les bastará la militancia, ni la conspiración, ni el servilismo orgánico tan genuinamente sociata.

Muchos socialistas, y muchos sindicalistas, hace tanto tiempo que no trabajan que la primera vez que vuelvan a intentarlo hasta les va a pacer exótico. Será como vivir una experiencia nueva. Si además Rajoy no se duerme fumándose un puro, o leyendo el Marca, y hace la reforma laboral que tiene que hacer, también a socialistas y sindicalistas les va resultar una total novedad pagarse las vacaciones si es que quieren tomárselas, cobrar según el beneficio que sean capaces de generar, y un control mucho más severo contra tanta baja ridícula y fraudulenta.


Un sector de la población española está poco acostumbrado a trabajar, muy poco acostumbrado a trabajar, y menos aún a trabajar bien, y este sector estaba especialmente representado en el congreso socialista, y aplaudía con especial rabia.


A ellos me dirijo para decirles: ya no nos queda más para que podáis continuar viviendo del cuento. Hemos trabajado todo este tiempo para manteneros la solución socialdemócrata, pero habéis abusado tanto que habéis acabado por matar a la gallina de los huevos de oro. De tan solicitada, al final, la pobre, ha infartado. Sois una pandilla de jetas y de cafres. 
Pero da igual: vuestra hora se acerca. La hora en en que la última excusa se extinguirá y tendréis que volver a trabajar. La hora de los dirigentes socialistas, la hora de los dirigentes sindicalistas, la hora de los liberados sindicales. La hora de los que están de baja por estrés, estos son los peores.
¿Cuándo fue vuestra última vez? Supongo que ni os acordáis. No pasa nada. Vuestro gran día está a punto de llegar.


Sigo sin tener ideas alegres para el saloncito. Tenéis que disculparme, navegantes. Quizá sea la sonrisa de Chacón o el aburrimiento que me produce Rubalcaba con sus discursos y esa monótona voz de la mujer que provoca un bostezo cada vez que abre la boca.

Buffff
¡Qué panorama!
(quizá sean los días grises)

29 de enero de 2012

Dolor de cabeza y una de Vicent que ya no me gusta tanto...

JUAN JOSÉ MILLÁS 27/01/2012
DOLOR DE CABEZA
Hablé a primera hora con mi madre y le dolía la cabeza, y a mi portera le dolía la cabeza también, y a Salva, el quiosquero, y a Rosa, la encargada de la barra donde leo el periódico. Los chicos llegaban al instituto con dolor de cabeza y los profesores daban las clases de Lengua y Álgebra y Conocimiento del Medio con un dolor de cabeza insoportable. A mí mismo, por culpa del dolor de cabeza, me hería el brillo de la pantalla del ordenador, de modo que lo dejé todo y me largué al mercado, donde compré un cuarto de quilo de gambas arroceras con dolor de cabeza y una cabeza de cordero con dolor de cabeza. Al mediodía, mientras preparaba el arroz con dolor de cabeza, dijeron por la radio que el Rey se había levantado con dolor de cabeza, lo mismo que la Reina y las infantas y el príncipe Felipe y Letizia, la princesa. Y a Urdangarin la poca cabeza que tenía le dolía también. Dijeron que les dolía la cabeza a los cantantes y a los abogados del Estado y a los miembros de la Conferencia Episcopal, y les dolía la cabeza asimismo, dijeron por la radio, al presidente del Gobierno y al jefe de la oposición y a Llamazares, y a los del grupo mixto, y a Sáenz de Santamaría, y a Luis de Guindos, y a Cristóbal Montoro, a todos les dolía la cabeza, les dolía mucho, como nunca. A la hora de comer habían nacido ya 30 o 40 niños, cada uno con su dolor de cabeza idéntico al de sus madres, que estaban locas de la cabeza, por el dolor. Y a los muertos les dolía la cabeza en el féretro, igual que a sus deudos, y a los municipales y al Cuerpo Nacional de Policía y a los agentes del Centro Nacional de Inteligencia, que no espiaban nada a causa del dolor de cabeza.
A las seis de la tarde comenzó la reventa de gelocatiles y la chica del tiempo, en el telediario de las nueve, anunció con dolor de cabeza más dolor de cabeza para el sábado.




MANUEL VICENT 29/01/2012
LOS NIETOS
Tienen menos de 30 años. Nacieron cuando Franco ya había muerto. Para unos era solo el nombre de un fantasma que se pronunciaba con un rencor envasado en la sobremesa familiar; para otros ni siquiera eso, un par de líneas en la asignatura de Historia. Son los nietos del desastre de la guerra civil. Durante la primera etapa de la Transición todavía jugaban con muñecas, iban al parque con patines y adornaban con pegatinas de Snoopy las tapas de sus cuadernos. Después comenzaron a oír por todas partes que en España la salida de la dictadura había sido una obra maestra de la democracia y que el resto del mundo admiraba ese milagro. Sus padres, si eran de izquierdas, callaban, lo daban por bueno; si eran de derechas, lo celebraban como una conquista propia; pero algunos maestros explicaron a estos jóvenes que la Transición tan modélica solo había sido un pacto tácito entre dos miedos. Muerto el dictador, la derecha creía que los comunistas tenían minadas todas las alcantarillas de la sociedad; en cambio, la izquierda temía que los militares podían levantarse cualquier día para plancharla de nuevo. Se produjo un difícil equilibrio entre las dos fuerzas contrarias, cada una con las heridas del pasado abiertas todavía. Ambos bandos se neutralizaron mutuamente con un deseo inapelable: todo menos matarse otra vez, cualquier engendro político es preferible a otra tragedia. La izquierda sumida en un complejo de Estocolmo cedió mucho más en este equilibrio inestable. Las cunetas y barrancos estaban llenos de ejecutados que lucharon en el bando republicano. Desde la postguerra sus hijos no habían osado romper el silencio al que fueron obligados ni habían logrado sacudirse el terror de encima, pero habían conquistado derechos y amnistías, escaños en el Parlamento e incluso el poder en el Gobierno. Hay que dejarlo correr, dijeron. Pero los nietos de la izquierda, que no conocieron la dictadura, no se sienten obligados por el subconsciente a agradecer nada. Quieren que sus antepasados enterrados en barrancos y cunetas sean exhumados con honor para que sus almas reposen en paz y no vaguen como una sombra negra sobre la memoria colectiva. No se trata de política. Es solo una moral: están representando sin complejos la tragedia de Antígona.


Fuente de la imagen

Y el dolor de cabeza seguirá. Y quién no esté indignado en medio de tanta manipulación y corrupción me escama tanto...
Una guerra es una guerra. En la guerra los ideales no existen nunca a pesar de que algunos tengan interés en hacernos creer tantas gilipolleces, aún a día de hoy y después de las innumerables vivencias de este planeta enfermo.

El dolor de las familias, hayan caído en un lado o en otro según circunstancias variadísimas, es el dolor de las familias siempre. Dolor al fin y al cabo.

Seguiré con dolor de cabeza y no me extraña.

¿Por qué demonios abriría yo los periódicos?

22 de enero de 2012

Comentario de texto: va sobre pelotas profesionales y profesionales pelotas...

Vamos a volver a épocas de selectividad o exámenes varios para pasar a un nivel superior. Me gustaría se comentase este artículo por parte de los navegantes. Siempre me ha interesado este tema del que seguro muchos tenéis experiencia de alguna manera. O lo habéis sufrido o lo habéis, incluso, disfrutado pero seguro que todos tenéis una opinión sincera sobre la materia a tratar.

Venga, ¡a hablar de pelotas si os atrevéis!.

Feliz fin del fin de semana. Espero que haya cundido.


Hay aduladores expertos en inflar el ego de sus amos. Prosperan entre jefes que ansían rodearse de gente que se anticipe a sus deseos y en organizaciones que priman el peloteo frente a la capacidad y los resultados. Si quiere probar suerte, este es el caldo de cultivo ideal.

Los pelotas son una de las especies más abyectas de la fauna de oficina, aunque muchos de ellos prosperan con sus habilidades de adulación. Quizá no esté de acuerdo con esta afirmación, pero hay quien piensa que todos somos pelotas. No se trata sólo de que haya gente especialmente dotada para las relaciones personales. La cuestión es que solemos disfrazarnos con un traje que no es el nuestro para caer mejor a personas que tienen poder de decisión y pueden hacernos felices. Jesús Vega, experto en recursos humanos, explica que "el problema se da en el caso de organizaciones, jefes y sistemas en los que priman las prácticas adulatorias frente al peso de los resultados y las capacidades profesionales". Vega cree que lo positivo aquí es la necesidad de establecer buenas relaciones con nuestro entorno (nuestros jefes). "Esto es necesario, porque las decisiones que tienen que ver con nuestra carrera se toman por afinidades personales. Lo negativo es convertir esto en lo más importante".

Paco Muro, presidente ejecutivo de Otto Walter, se pregunta por qué hay tantos directivos que necesitan tener cerca a aduladores; por qué encuentran cobijo con tanta facilidad.
En opinión de Muro, "los pelotas son personas que viven gracias al ego de sus amos. Han aprendido una forma de sobrevivir bien en tierra de lobos: ser el adulador del jefe de la manada. Son dóciles, inofensivos, inútiles e ineficaces. Los demás observan sorprendidos cómo es posible que alguien tan poco operativo tenga un lugar tan cercano y aparentemente de confianza con el gran jefe, pero como ocurriera con los bufones, son gente que no molesta, no resta y entretiene. A veces, incluso, se le puede usar de correo para que llegue alguna petición arriba. De hecho algunos hasta les envidian".

El experto añade que "el fin del pelota es su propia dejadez. Cuando uno vive rodeado de injusticias, ejecuciones y decisiones inadecuadas y no sólo no hace nada, sino que consiente (cuando no aplaude), acabará siendo víctima de una de esas ejecuciones. El amo no quiere al que le adula, tan sólo lo utiliza como almohadón, por comodidad, como apoyo mullido para su ego. Y por ello, cuando llegue el día de la verdad o las cosas se pongan feas, no titubeará en abandonar al pelota a su suerte".
Jorge Cagigas, socio de Epicteles, apunta que se debe distinguir entre los profesionales pelota y los pelota profesionales. Estos últimos se mueven personal y profesionalmente con un rol de satisfacer al otro. Son maleables y dúctiles.
El adulador profesional está hecho de una pasta especial y tiene un único talento: ser pelota. Para esto no vale cualquiera.
Para Cagigas, "los profesionales pelota sufren una transformación y pasan a ser cada vez menos profesionales, adoptando el rol de adulador. Esto se da en organizaciones muy jerárquicas que se mueven sobre la base de modelos que conjugan mejor la fidelidad que la lealtad. Se trata de compañías que miran hacia arriba. En esos modelos corporativos se valora el hecho de interpretar los deseos del jefe antes incluso de que los manifieste".

Paco Muro coincide en que "no hay que confundir a los pelotas con los profesionales que saben y se ocupan de relacionarse bien con los de arriba. Es un aspecto que muchos cometen el error de descuidar y luego lamentan las consecuencias de no haber trabajado su prestigio hacia arriba. Pero estos profesionales se ocupan de lo suyo, aportan resultados y además cuidan las relaciones como elemento complementario, no como la esencia de su función". El experto concluye que, de todos modos, "hoy los altos directivos tienen que tomar decisiones difíciles y acaban padeciendo más que nunca la soledad de la dirección, así que detrás de la armadura de fuerza y firmeza quien más y quien menos está necesitado de un poco de afecto".
Si cree que sus capacidades como adulador pueden darle resultado en un entorno muy especial y junto a jefes que consienten este tipo de actitudes, este es el caldo de cultivo ideal para ensayar la adulación exagerada:

- Tenga en cuenta que, como pelota profesional, jamás debe dar su opinión sincera, nunca debe discrepar con su jefe, ni tomar partido. Paco Muro explica que el pelota es "un parásito emocional que ha encontrado una forma de vivir tranquilo, sin dar ni golpe o, mejor dicho, trabajando en agradar a su jefe. Es una persona detallista y hábil, sabe perfectamente cuándo y cómo halagar, cómo aparentar movimiento, cómo estar en el lugar adecuado en el momento preciso y a su vez es un as para esquivar tareas y funciones delicadas y expuestas".

- Para ser un pelota debe estar hecho de una pasta especial. Si no es así, ni lo intente, porque para esto no vale cualquiera. Muro asegura que "hay que tener talento para eso, aunque suele ocurrir que el adulador profesional sólo tiene ese talento. Eso sí, lo explota a la perfección y siempre encuentra a un jefe falto de afecto que le tomará como su mascota, permitirá sus arrullos y a cambio le dará de comer y le compensará con alguna caricia de vez en cuando". Jorge Cagigas cree que "el problema de la adulación excesiva es que el adulado lo permita. Hay jefes que necesitan a gente alrededor que actúe de esta manera. Es propio de modelos de liderazgo narcisistas". Muro afirma que "los pelotas se creen necesarios para la empresa e ignoran absolutamente su falta de compromiso con el equipo. Son profunda e inocentemente egoístas y prefieren resignarse a vivir de la sombra del poder, pensando –ilusos– que forman parte de él".

- Como pelota, debe ser un experto en plantear soluciones que su jefe desea, y no las que realmente necesita la compañía.

- Si quiere ser un perfecto adulador profesional tiene que buscar un modelo de organización que tolere desde arriba el hecho de que lo principal sea ser fiel a la organización, aunque vaya en contra de los resultados. Debe prosperar en modelos muy previsibles en los que chirría cualquier elemento distorsionante que aporte valor y genere debate; en los que esté clara la tendencia a confundir el compromiso con la identificación con la compañía. Así podrá quedar abducido por la organización y mantener un comportamiento muy previsible.

Fuente de artículo.
Si queréis, podéis ver el vídeo resumen incluido en el mismo.

11 de enero de 2012

Fuimos testigos ¿verdad?





Como la memoria es débil podemos caer en el error de que todo ocurrió a nuestras espaldas. El enriquecimiento de Matas, los trajes de Camps, Gürtel, el proyecto Palma-Arena, los negocietes gaseosos del yerno, los aeropuertos fantasma, las ciudades diseñadas por un mismo arquitecto, las televisiones autonómicas deficitarias e hinchadas de plantilla, los ERE falseados, los periodistas al dictado de las autoridades, los viajes de políticos autonómicos al extranjero con un séquito en el que iban incluidos periodistas destinados a hablar del impacto de la visita de su presidente, el alquiler de uno de los salones del Waldorf Astoria (por ejemplo) para presentar un premio de poesía granadino, el incomprensible cambio de los viejos adoquines de ciudades y pueblos por suelos hormigonescos, los sueños de El Pocero en Seseña, los museos que fueron construidos aunque no hubiera obra con los que llenarlos, las universidades que fueron construidas aunque no hubiera estudiantes con que llenarlas, el chollo en que se convirtió España para los arquitectos estrella, la insostenibilidad de muchas de esas construcciones mostrencas, la destrucción sistemática de las costas españolas, la manera en que se aceptó que la cultura tenía que cambiar de signo según quien gobernara, la resignación con que se aceptó que las televisiones autonómicas cambiaran de sesgo editorial según quien hubiera ganado las elecciones, la impotencia con que se asumió que cada partido podía cambiar todos los cargos culturales cuando llegara al poder, las urbanizaciones hoy convertidas en poblados fantasma que destrozaron parajes naturales...
Abrimos hoy el periódico y viendo entrar en los juzgados a alguno de los personajes que protagonizaron tal desvarío nos echamos las manos a la cabeza. Pero ¿no ocurrió todo eso delante de nuestros ojos?
Fuente: EL PAÍS 
Elvira Lindo


No sé qué me ocurre pero últimamente sólo me fijo en conversaciones que intentan con voz apagada arreglar el mundo o terminar de desarreglarlo para comenzar de nuevo. Observo con tristeza una desmotivación generalizada a mi alrededor, una dejadez para comenzar de nuevo a soñar, a tener una mínima ilusión para arrancar en 2012 con la fuerza necesaria. La continua corrupción de los que pueden "permitirse el lujo" de corromper, la cada vez más barata manipulación de las masas, las escasas expectativas de mejora temprana son las culpables de un estado de ánimo que es lo más preocupante de todo cuanto acontece actualmente. Y yo me pregunto...¿y cuándo este colchón desaparezca del todo? ¿y cuándo lleguemos a sufrir de verdad hambre física? ¿y cuándo no podamos comprar pescado fresco a nuestros hijos?

¿REACCIONAREMOS?

8 de enero de 2012

Nunca te dije


Se trata de una columna de Sostres que leí en su día y me enganchó desde la primera línea. A ver qué os parece.


NUNCA te dije que el doctor nos dio las peores noticias y ninguna esperanza, y que a partir de aquella tarde todo fue una larga despedida. Nunca te dije cómo desde aquel instante te empecé a echar de menos y a notar cómo mi vida menguaba y se quedaba incompleta para siempre. Nunca te dije lo feliz que me habías enseñado a ser: al principio porque pensaba que ya tendría tiempo para decírtelo, y luego porque temía que notaras que algo raro sucedía si de repente y sin más te lo decía. Nunca te dije cómo todo mi ser empezó y terminó en ti desde el día en que te conocí.

Nunca te dije que te estabas marchando porque te horrorizaba resultar una carga y todavía más un estorbo, nunca te dije que algo de mí moría mientras tú morías, y aunque en cada frase y en cada gesto de aquellos últimos días intenté decirte que te quería, soy plenamente consciente de que, exactamente, nunca te lo dije.

Nunca te dije que de ti aprendí mucho más de lo que pudiera enseñarte, nunca te dije cómo presumía de ti con mis amigos, ni cómo ellos me envidiaban y me repetían lo afortunado que había sido encontrándote. Nunca te dije que en muchas cenas y reuniones en que no me acompañabas pensaba casi todo el rato en ti y sin que nadie lo notara me ponía a escribir sobre algo que habías dicho o hecho, acariciándote con cada palabra, aunque luego no lo utilizara para ningún artículo.

Nunca te dije que te solía hacer rabiar porque me divertía verte exaltada, tan luminosa y tan radiante, y nunca te dije que muchas noches me despertaba, te miraba mientras dormías y eras La Belleza hecha carne, echada y dormida. Nunca te dije que siempre tuviste razón aunque me costara dártela y reconocer que fueras tan perfecta. Nunca te dije que siempre me hiciste sentir el hombre más afortunado del mundo, que nunca dejaste de sorprenderme ni de gustarme más cada día y que aprovechaba todos tus consejos aunque me riera de ellos y en ocasiones de ti. Nunca te dije que muchas veces pensé en marcharme contigo.

Nunca te dije adiós porque no quería asustarte ni provocarte tétricas visiones de la muerte, pero también porque nunca fui lo suficientemente valiente para asumir que te perdía. Nunca te dije que me moría de miedo de quedarme sin ti. No sé si te protegí de algo no diciéndote nada, o me protegiste tú a mí siguiéndome el juego porque en realidad lo sabías todo y no querías asustarme ni que me desmoronara. A fin de cuentas nunca supe disimularte nada.

Sólo sé que daría lo que fuera por tener una última escena contigo y poderte decir cuánto te quise y te quiero; y que están locos como yo lo estuve los que se aman mucho y, ellos que pueden, no se lo dicen.

7 de diciembre de 2011

VOSOTROS (Para meditar)

Fuente de la imagen

El que está subido al andamio. El que reparte a la caída de la tarde la bolsa de comida china, india, la pizza. El que vende las flores que adornan los supermercados de las esquinas. La que echa horas en diez casas distintas y de la que sólo conoces el nombre propio y un número de móvil. Las que cocinan en los restaurantes indios, chinos, italianos, españoles. Los que cargan con los muebles en las mudanzas. Los que disponen la mesa de los restaurantes, sirven el agua y ponen los platos, pero no atienden al cliente porque no tienen categoría de camareros. Los friegaplatos. Las que limpian los restaurantes. Las que hacen manicuras y pedicuras de sol a sol trabajando para los coreanos y los chinos que son los que ostentan mayoritariamente esos centros de belleza. Los dependientes de las ferreterías de mi barrio que suelen ser propiedad de los árabes. Las tatas o babysitters, que cuidan a los niños con mucho más afecto físico y más naturalidad de lo que las madres anglosajonas son capaces de ofrecer. Los que en cuanto pueden te hablan con nostalgia del país que dejaron atrás y al que no pueden regresar. Los que dejaron allí a hijos que se están haciendo grandes sin la presencia de sus padres. Los que te cuentan que la nostalgia no les ciega el entendimiento, que harán lo imposible porque sus hijos estudien aquí. Los que llenan el metro a primerísima hora de la mañana y se quedan abstraídos, mirando al vacío. Los que vuelven de madrugada, tras dejar limpio el restaurante, y van dando cabezadas en los largos trayectos camino de Queens o del Bronx. Eran ellos. Todos ellos, ellos y sus niños, bebés nacidos en este discutible paraíso de las oportunidades. Bajaban en una de las manifestaciones más numerosas que se hayan visto, de Union Square hacia el Ayuntamiento, inundaban Broadway con pancartas: "Vosotros llegasteis aquí de la misma manera". Ese vosotros tenía un destinatario simbólico. Reclamaban comprensión y solidaridad de todos los que olvidan que sus abuelos llegaron a Nueva York huyendo de la muerte y del hambre a principios del siglo XX y hoy disfrutan de ciudadanía y sentido de pertenencia. Ese "vosotros" también estaba dirigido a mí, que miraba desde la acera la gran riada humana de los que a diario, de una manera u otra, me sirven.
  

12 de noviembre de 2011

De prefijos va la cosa...

IRONÍAS

Entre parado y preparado no hay más que un prefijo, distancia que, si nunca fue excesiva, con la crisis se ha reducido hasta extremos insoportables. De hecho, ahora todos los trabajadores somos, en potencia, preparados. La recomendación tradicional de los padres ("hijo, debes formarte para estar preparado") ha devenido en una ironía sangrienta, igual que la expresión "jamás hemos tenido una juventud tan preparada". En efecto, nunca hemos tenido una juventud tan cerca de quedarse en el paro; la mitad de los que acaben sus estudios este año se encuentran ya en situación de preparados. El significado se desliza por debajo de las palabras con el sigilo de una sombra asesina. Estar preparado, que en otro tiempo quiso decir haber estudiado dos carreras y cuatro idiomas, significa hoy encontrarse en la situación previa al desempleo, en el umbral del paro, en la frontera de la desesperación laboral. Ahora que habíamos logrado vivir como si no fuéramos a morir nunca, vamos a la oficina con la certidumbre de que nuestro empleo es la antesala del desempleo. Por eso hay también más trabajadores prejubilados que jubilados y contribuyentes más preocupados que ocupados. Hubo un tiempo, ¿recuerdan?, en el que el prefijo de moda fue pos: nos encontrábamos de súbito en la posmodernidad, en la poshistoria, en la era posindustrial o posanalógica. Parece mentira que un cambio de prefijo implique un cambio tan grande de cultura. Ahora todo es más premeditado que meditado, hay también más prejuicios que juicios y presentimos las cosas antes de sentirlas. Perdido su prestigio el pos, nos hemos dado de bruces con el pre. Pero no imaginábamos, la verdad, un pre tan duro, un pre de premonición, sobre todo sabiendo como sabemos desde el principio de los tiempos que no hay presentimientos buenos, pues no existen los profetas de la dicha.

Fuente

Y de repente, me dieron ganas de sumergirme en las tarrinas de chocolate de la nevera...

Os dejo una canción que estaba escuchando ahora.
Me gusta.

26 de octubre de 2011

Los años que vamos a vivir...

Los años que vamos a vivir peligrosamente

Lo ha dicho el propio director de este diario: “Vamos a vivir cuatro años terroríficos pero apasionantes”. Y coincido con la afirmación. Lo que no sé, y quizá nadie sepa, es si serán cuatro años, seis o una década. Sean los que fuere, se vislumbran terroríficos en cuanto a las enormes dificultades económicas a las que nos vamos a enfrentar. Pero también hay otras amenazas que, sin ser de índole económica, son igualmente inquietantes.

De un lado, algunas viejas ideologías, hoy caricaturas desprovistas de todo bagaje racional y fiadas casi por completo a lo emocional, están alimentando corrientes populistas. Y a través de ellas, abriéndose paso, vuelven las tentaciones veladamente totalitarias de la mano de una parte de la sociedad que confunde el interés general con la urgencia de solucionar sus graves problemas particulares o, sencillamente, con la satisfacción de sus delirios ideológicos. Lo que puede llevar a que se cometan tropelías en perjuicio no del “sistema”, al que se dice detestar, sino de sus semejantes.

No son pocos los que quieren declarar proscrito al Capitalismo. Y, con él, a los bancos y a los mercados. Y desde ahí hacia abajo cualquier cosa es posible. Dada la enorme velocidad a la que se degrada la economía, en menos que canta un gallo, aquél que tenga dos casas podría ser tachado de “rico”, y ello justificaría que le expropien u ocupen alguna de ellas. Por si fuera poco, la necesidad recaudatoria de los estados, que avanza pari-passu a la degradación económica, amenaza con derivar en políticas fiscales cuasi confiscatorias y en una inseguridad jurídica crónica. Y, entre unas cosas y otras, quién sabe si el derecho a la propiedad privada puede terminar en la práctica siendo un derecho imposible. Lo cual no es cualquier cosa, ya que si para algo existen los estados es precisamente para asegurar un entorno de legalidad estable y proporcionar protección, tanto a los ciudadanos como a sus propiedades.

¿Son los políticos o el Mercado?

Entretanto la sensación de vértigo se convierte en algo generalizado, parece que algunos políticos, con el fin de zafarse del escrutinio público, se dedican a alimentar los más bajos impulsos de muchos ciudadanos, ofreciendo, una tras otra, víctimas propiciatorias. Primero fueron los especuladores, al poco tiempo la banca y finalmente el Mercado. Una caza de brujas con la que distraer las cuestiones fundamentales y ganar tiempo, pues cada vez parece más claro que el mal funcionamiento de los sistemas políticos y la visión interesada y cortoplacista de nuestros gobernantes son los ingredientes fundamentales de este desastre.

Sin embargo, lejos de asumir cualquier responsabilidad, en Europa preparan ya una nueva batería de medidas regulatorias, entre las que se incluye prohibir que las agencias de calificación puedan hacer públicos sus informes de solvencia de los estados, so pretexto de que los “especuladores” no ahonden más en la herida. No sería nada descabellado pensar que, con estas medidas, lo que los gobernantes quieren es asegurarse la absoluta opacidad de su gestión.

Llegados a este punto, conviene saber que para evitar el actual desastre, habría sido suficiente con que la labor de inspección de las instituciones dedicadas a ello se hubiera realizado de manera conveniente. También habría ayudado, y mucho, que la gestión del crédito no hubiera obedecido a criterios políticos sino a la justa y ponderada valoración de la oportunidad y el riesgo en cada caso particular. Por último, habría sido de agradecer que el precio del dinero no fuera manipulado, porque nos habríamos evitado endeudarnos hasta cotas insoportables. Siendo así las cosas, resulta más que dudoso que, para poner coto a los más avariciosos, la solución consista en una mayor capacidad regulatoria, máxime cuando ésta será utilizada discrecionalmente por los propios políticos.

La estrategia de señalar culpables para, a continuación, incrementar la capacidad regulatoria es una estrategia muy peligrosa que puede volverse contra la clase política, y contra todos nosotros, como un bumerán. Alguien debería decirles a algunos políticos y a quienes están siendo manipulados por sus diatribas que “quejarse de que la economía libre favorece a los ricos es como quejarse de que la libertad de expresión favorece a los elocuentes”. A fin y al cabo, a cuento de salvar la economía lo que nos estamos jugando es la Libertad.

Sí, los años que vamos a vivir, o mal vivir, serán terroríficos y apasionantes. Pero, sobre todo, muy peligrosos.

Fuente: Javier Benegas

12 de octubre de 2011

..."primero a la conciencia y después al Papa"...


Acabo de leer esta columna y la dejo en el saloncito expuesta por si alguien desea añadir alguna reflexión. 

El asunto de Dios siempre genera polémicas, dudas, incertidumbres, miedos, esperanzas, luces y sombras, apoyos, temores, sorpresas, contradicciones, búsqueda de respuestas, alivio y todo lo contrario...

Indiferencia a algunos. Eso también.

Sin más, la columna:


¿Se vive mejor sin Dios?

JUAN ARIAS 12/10/2011

Me pregunta un amigo por qué en tiempos de crisis, incluso las económicas como en la actualidad, el ser humano se refugia más en la fe en Dios. Difícil responder a esa pregunta, ya que para mí si Dios sirve para algo debería ser para los tiempos de alegría y felicidad, no para los tiempos del miedo.
Los padres del científico y escritor Leonard Mlodinov se salvaron de las garras del Holocausto. Él mismo salvó su vida el fatídico 11 de septiembre, en los bajos de una de las Torres Gemelas de Nueva York cuando se hundió. En una entrevista reciente le preguntaron en Brasil qué sentía al saber que Dios había salvado milagrosamente su vida y la de sus padres. Respondió: "No fue Dios, sino el acaso". Y añadió: "¿Qué Dios sería ese que salva a mis padres del nazismo y deja morir a seis millones de otros judíos?". "¿Qué Dios sería ese que me salva del atentado terrorista de Nueva York y deja morir a otras 3.000 personas?".
Difícil encontrar a Dios en los escombros de la muerte.
Lectores que no conozco suelen preguntarme, unos con respeto, otros, menos, si pienso que sin Dios se acaba viviendo mejor. Escribí hace 40 años un libro que se titulaba El Dios en quien no creo. Había sido el título de un artículo publicado en el desaparecido diario Pueblo de Madrid. Se les había colado a los censores franquistas. Quizás porque pensaron que si hablaba de Dios no podía ser nada subversivo. Lo era para la España católica y cerrada de entonces.
Me citó a su despacho el entonces arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo. Me dijo que el artículo estaba ayudando a los españoles a hacerse ateos porque afirmaba entre otras cosas que si Dios existe no podía existir el infierno y que no podía curar a unos y dejar morir a otros. Le mostré la carta que acababa de recibir de un matrimonio joven, en la que me decían que habían recortado el artículo y conservado para cuando sus dos hijos pequeños fueran mayores. "Nosotros no somos creyentes, pero si nuestros hijos un día quisieran creer, nos gustaría que creyeran en ese Dios irreconciliable con el infierno", decían.
No sirvió de nada. Desde aquel día, además de la censura franquista, la Iglesia de Madrid me impuso otro censor para mi columna de Pueblo, que se titulaba Las cosas claras. Sobre aquel libro, nacido de aquelartículo y traducido hoy a 10 idiomas, dos señoras encopetadas, cuando volvía en tren de Asís, donde había sido publicado, mirando con recelo la portada, me preguntaron: "¿Ese libro es a favor o en contra?" "Eso depende, señoras", les respondí.
Cada vez que hoy me preguntan si creo que es mejor o no creer en Dios suelo responder que eso no tiene importancia, ya que si existiese Dios, lo importante sería que él creyera en nosotros, como me había dicho monseñor Romero, quizás en su última entrevista antes de ser asesinado a tiros mientras celebraba la Eucaristía.
¿Se es más feliz sin Dios? Depende, señores. Difícil sentirse libres y realizados con el Dios al que aman y adoran los dictadores -con los que, por cierto, la Iglesia siempre se ha entendido mejor que con los demócratas-; difícil con el Dios absolutista incompatible con la democracia o con el Dios que recela de la sexualidad.
Es difícil que las personas, jóvenes o adultas, no lleven dentro de sí la sombra de un Dios castrador, aquel del que en un colegio de religiosas la madre superiora había escrito en los retretes de las alumnas: "Dios te está mirando".
El famoso poeta brasileño João Cabral de Melo Neto, cuando estaba para morir, quiso hablar con un sacerdote de la Teología de la Liberación. Le confesó que era ateo, pero que en aquella hora final lo asaltaba el miedo de "aquel infierno del que me hablaban de niño en la Iglesia". El teólogo le dijo que, además de no existir el infierno, un poeta nunca tendría lugar en él. Aquel teólogo era Leonardo Boff, condenado al silencio por el entonces cardenal Ratzinger y hoy papa Benedicto XVI.
El Dios del miedo es el Dios que no merece existir. El miedo es argamasa humana, es el arma de todos los poderes de la Tierra, no tiene nada de divino. Es tirano. Solo la felicidad es liberadora. El miedo es usado y abusado por las Iglesias institucionales. Jesús nunca impuso miedos a los que le seguían. Se los quitaba. Él los tuvo también. Tuvo miedo de morir, sudó sangre ante la inminencia de su muerte, pidió explicaciones a Dios de por qué dejaba que lo mataran si era inocente. Y de él tuvieron miedo los hipócritas y los poderosos, nunca los arrinconados o indignados.
Aquel profeta tenía solo un pecado: no creía en el sufrimiento ni en el dolor ni en la muerte como armas de redención. No soportaba ver sufrir a nadie. No le gustaban los muertos y los resucitaba. Nunca pidió a sus apóstoles que hicieran ayunos y penitencias, ni que fueran héroes o vírgenes. Estaban todos casados, como él.
Y no fue un profeta fácil: exigió, con naturalidad, algo que nos parece locura: devolver bien por mal. Sabía que la felicidad -que era su única teología- se engendra en la paz y no en la guerra, en el perdón y no en la venganza.
¿Se vive mejor sin Dios? "Depende, señores". Sin el que ofrecen las iglesias que no te permite morirte en paz, ni hacer el amor sin que te espíe como un policía, se vive mejor. Se vive mejor sin el Dios que pretende adueñarse de lo más sagrado del ser humano: su libertad y su conciencia. Por lo menos, sin él, se vive sin menos miedos, que no es poco.
¿Y con el Dios en el que creía monseñor Romero cuando lo acribillaron a balas en el altar por defender a los pobres contra el poder, se vive mejor?, se preguntarán algunos. ¿Se vive mejor con el Dios que apuesta siempre por los que pierden, el Dios de aquel Jesús que no solo perdonó en la cruz a los que blasfemaban contra él, sino que hasta los excusó: "Perdónales, porque no saben lo que hacen", expresión máxima del amor supremo que no humilla ni cuando perdona?
Creo que como mejor se vive es siendo fiel a la voz de la conciencia, más severa que las leyes porque no es posible burlarla, y que constituye la única fuente de libertad. El cardenal Newman, convertido del protestantismo al catolicismo, fue un defensor del primado de la conciencia sobre la ley. En la Carta al Duque de Norfolk cuenta que, si se viera obligado a hacer un brindis, lo haría "primero a la conciencia y después al Papa". Newman tiene una frase que aún hoy, después de dos siglos, sigue poniendo los pelos de punta a la Iglesia y a los teólogos tradicionales: "Prefiero equivocarme siguiendo a mi conciencia, que acertar en contra de ella". La Iglesia defiende, al revés, que la conciencia debe ser antes formada. Por ella y con el miedo, claro.
¿Se vive mejor sin Dios? Depende. Quizás se tenga a veces la tentación de creer en alguien más que humano, capaz de exorcizar la crueldad que siembra de muertos inocentes el planeta, la que pisotea a los que no tienen poder, la que exalta a los aprovechados, la que discrimina a los diferentes, la que violenta a los niños, la que quiere imponer a su Dios, la que humilla a la libertad. Pero ese, ¿no será más bien el Dios de nuestros sueños?
Se podría vivir mejor solo con el Dios -si existiese- capaz de quitarnos a los mortales el miedo supremo de la muerte, sin la cual, curiosamente, dejarían de existir las religiones, como afirmaba Saramago. Se viviría mejor con el Dios que no nos prohibiese soñar. ¿Existe?

12 de octubre de 2010

Manuel Alexandre: "el actor entrañable"

Dulce viaje, Don Manuel.

Éste es un fragmento del artículo "tres hombres solos" de Francisco Umbral, publicado el día 15 de noviembre de 2004; una denuncia por haber sido olvidado en vida. Sin duda, era todo un actor al que le faltaron papeles grandiosos, como lo era su manera de actuar.

"Y finalmente Manuel Alexandre, que es el señorito madrileño de los 40, de los 50 y de los 60. A éste le han especializado en papeles de cojo y de castizo, pero el casticismo no lleva inevitablemente a la cojera, ni tampoco a la inversa. ¿Por qué no hace Alexandre más papeles? Será que en la vida española faltan cojos, faltan castizos o falta imaginación.  

Alexandre es un profesional de la cojera castiza, que cojea mejor que nadie como Quevedo cojeaba en sus versos cojos porque le daba la gana. Alexandre, como Quevedo, está "entre cojo y reverencias". También juega al mus, al billar y a otros juegos de mesa. Es uno de aquellos de La Colmena que iban a los billares del Prado a ver posturas. Hoy ya no hace posturas ni juega a nada sino que hace el papel de parado cada día mejor. La última vez que le vi fue en el tanatorio enterrando a otro parado".

Si quieres leer todo el artículo, pincha aquí.

24 de agosto de 2010

EMOCIONARSE (con mayúsculas)

Fuente de la fotografía


Hoy he desayunado con este artículo. Me gustaría compartirlo con vosotros porque creo que es un merecido homenaje a esas emociones auténticas. Las que pasean con calma ante nuestra mirada cotidiana...

EMOCIONARSE

Hai xente que vive sen vivir. E outros, que parecen non vivir, están tan cheos de candor que un quere abrazalos a cada instante. Se non hai emoción non hai vida. Diso falan os poetas. Da emoción e da vida. E póñenlle música: porque a poesía sen música non existe. Habitamos, como fantasmas, un tempo sen emocións. Sóbranos o ocio e faltan as emocións auténticas. Non é subir á noria do parque de atraccións, ou a victoria do equipo favorito de fútbol. Non é a quiniela redentora ou aprobar a oposición. A emoción máis certa que coñezo é un abrazo que fai que as lágrimas corran aos ollos, ou que se deteñan na garganta e non poidan saír. A emoción do amor que permanece; ou do amor que di ola, como estás, queres pasar o resto da vida comigo? A emoción dos fillos que teñen cara de sono cando se levantan, incluso en vacacións. A avoa que acariña, o pai que parte o pan, os ollos da tristeza que escapa cando a vida abre de par en par as portas do ceo. Somos emoción. Sen emoción, bendita, somos mentira. Emocionarse significa levantar bandeiras na praia do sufrimento, na montaña mala do rancor, no silbo nítido do aire entre as faíscas deste agosto incendiado, como todos os agostos. A emoción é unha corda eléctrica que agarra, bate, crece, arranca e nos arranca do tedio. Coñezo xente que cambiaría sólidas fortunas por un pouco de emoción. Veranean en lugares exóticos, tíranse en parapente ao abismo dos sentimentos, navegan e naufragan con tanta cosmética que todo queda en nada... quizá todos mudarían a súa búsqueda, ansiosa e desasosegada, pola tranquilidade dun abrazo a traizón. Tan inesperado como unha chuvia de caricias, afecto, alma. Abrazarse é progresar. Escribir versos de amor en medio da guerra cotiá. Quen non sabe abrazar non sabe emocionarse. Quedan sete días de agosto: el día es un dudoso laberinto, escribiu Borges. Emocionarse? velaquí o verbo.

De Xosé Carlos Caneiro
La Voz de Galicia

30 de agosto de 2009

La voz de la calle

Leyendo esta mañana los periódicos, he querido compartir con vosotros, a modo de inciso campurriano, este artículo escrito por Santiago Rey Fernández-Latorre. Resume, de forma coherente a mi modo de ver, la situación que vive Galicia hoy en día. Podría tratarse de otra Comunidad Autónoma, pero se plasman aquí pensamientos y opiniones de muchos gallegos sobre situaciones concretas que están sucediendo por nuestra tierra en estos tiempos difíciles.

Añado, aprovechando esta entrada excepcional, mi felicitación también a Pedro Ruiz por las palabras sabiamente elegidas y pronunciadas durante la entrevista de ayer, realizada en un programa de televisión.

La voz de la calle
En nuestra vida cotidiana existen conversaciones recurrentes. Son frases que todos pronunciamos, que escuchamos a diario en la espontaneidad de las llamadas telefónicas y en las charlas de los cafés, los clubes deportivos o las paradas de autobús. Como editor de un periódico recibo su eco todavía más amplificado. Esos comentarios, certeramente críticos, desbordan mis cajones y mi correo electrónico. En un tiempo en que los poderes públicos parecen desnortados, uno se sorprende ante la capacidad de la gente para concretar con clarividencia los problemas reales y también ante la valentía de sus exposiciones. Pero normalmente todo expira ahí, en la mera conversación. Resulta desasosegante constatar que quienes se quejan asumen que sus justas reivindicaciones, por suaves que sean, no alcanzarán los despachos donde se regulan sus vidas. Mi obligación como editor es recoger la voz de la calle, atender a su deseo extremo de que seamos la conciencia crítica del poder, sea cual sea este, desde las fuerzas políticas a los técnicos del Estado; de Hacienda a los ayuntamientos; de las federaciones y directivas del deporte al funcionamiento de la justicia o el de las entidades financieras.
Cumpliendo mi deber de intentar ser notario de la verdad, quiero hoy dar voz a lo que se dice en la calle. La ciudadanía habla, por encima de todo, de la crisis económica, una de las más monstruosas e injustas de la historia. Lamentan verse arrastrados por una espiral en cuya génesis nada tuvieron que ver, sin recursos ni medios para hacerle frente, mientras que los auténticos causantes de la debacle son auxiliados con salvamentos vergonzantes. Fabricantes que alardeaban de solvencia, exigen y reciben ahora planes de choque pagados por todos, mientras algunos sectores que son el alma de Galicia, como el ganadero, se asoman al abismo sin ser objeto, ni de lejos, de un trato similar.
En zonas deprimidas de Galicia, como la Costa da Morte, se conversa sobre los obstáculos políticos que impiden asentarse allí a empresas que podrían paliar la lacra de la emigración, que continúa desangrándonos en el siglo XXI, agudizando así nuestro terrible problema demográfico. En esas comarcas castigadas por el abandono no entienden que se invoquen ahora trabas medioambientales para expulsar a empresas que dan trabajo cuando en los días del espejismo inmobiliario se consintieron todo tipo de aberraciones paisajísticas.
La gente habla, y mucho, de los gastos superfluos de la Administración, agudizados en España por la escasa responsabilidad contable de 17 administraciones autonómicas, que parecen incapaces de cooperar con lealtad y coordinación. En las colas de los parados gallegos resulta imposible entender que unos ayuntamientos que se declaran al borde de la quiebra dilapiden su dinero en festejos de verano en plena crisis. Galicia no está hoy para fiestas. Mientras todas las empresas, incluida la mía, se ven obligadas a encarar medidas drásticas de ahorro, a veces impopulares, la Administración gallega mantiene sus flotas de chóferes para trasladar a unos cargos que no quieren vivir en la ciudad donde voluntariamente han elegido trabajar. La Xunta conserva un palacete en Madrid a modo de embajada; el desfile de tarjetas, dietas y comidas oficiales continúa; la oscura administración paralela permanece en pie. En las conversaciones privadas no se entiende que se dilapide el dinero público en cambios semánticos, como los del Sergas y las escuelas. Si son escuelas infantiles, bastaba simplemente con llamarlas así.
En los hogares de Galicia viven personas que están sufriendo retrasos intolerables para pruebas clínicas y quirúrgicas. En las universidades gallegas se comenta con enojo la falta de fondos para buscar la excelencia en la educación, único futuro de Galicia. Mientras China y Estados Unidos, en su pugna por la hegemonía mundial, comparan cada año el número de titulados de élite que se gradúan en cada país, aquí nos enredamos en cuestiones nominales, o en debates idiomáticos, olvidando que las lenguas son puentes de palabras que nos deben unir, y no senderos hacia el muro de la incomunicación.
En una Galicia donde la educación y la sanidad están todavía muy lejos de lo óptimo, donde todas las empresas atraviesan coyunturas durísimas, es de todo punto incomprensible que tres presidentes de Galicia hayan perseverado en la construcción de una obra faraónica y sin utilidad conocida. Lo que se decía en la oposición se olvida rápido al llegar al poder, y sé bien de qué hablo. A veces el dispendio alcanza incluso la categoría de ofensa, como cuando se importan para esa obra materiales como la piedra, que ha sido secularmente seña de identidad de Galicia. En la calle, donde gobierna el sentido común, se pide llanamente que se detenga de inmediato un gasto insensato en un complejo sin sentido.
En las charlas de los cafés se dialoga, con preocupación y enojo, sobre la radical incapacidad de los partidos para ponerse de acuerdo en asuntos elementales para el bienestar de todos. El primer partido negocia con el tercero para darle más presencia en el Parlamento de la que le corresponde según las normas, solo por un afán de perjudicar a la segunda fuerza. A su vez, el segundo partido continúa sin aportar sus soluciones alternativas ante los problemas que nos atenazan y ni siquiera clarifica ante los ciudadanos cuál será su política de alianzas si recupera el poder. Mientras, políticos que intentaron ejercer una presidencia paralela, y a los que los gallegos retiraron de la vida pública en las últimas elecciones mediante su voto libre, disfrutan del boato de coches, despachos y secretarias, y maniobran para volver pese a ser reiteradamente rechazados por los votantes. Al tiempo, el ex presidente, que al menos supo leer el resultado de las urnas y retirarse con elegancia, recibe frialdad y encono en sus propias filas.
Los gallegos hablan de economía, sí, y cada vez más. Conversan sobre la grave inhibición de los poderes públicos y el abuso de los piquetes durante una huelga brutal en los astilleros, que ahora comienza a pasar su previsible factura en forma de caída de los pedidos. Los depositantes de las cajas de ahorros, millones de gallegos, critican la pretensión del poder partidista de dirigir dos entidades que no son suyas, sino de todos sus impositores. Tampoco se entiende que en nombre del localismo más estéril, una de las grandes rémoras de Galicia, se pretenda ignorar las realidades del mercado, pues una caja casi dobla a la otra en tamaño.
Yo escucho y también me hago mis preguntas. ¿Alguien está pensando en cómo va a superar Galicia el inminente fin de los fondos europeos? ¿Cuál es el programa para ello de PP, PSOE y BNG? O lo que es más grave: ¿Qué proyectos de futuro tienen los tres partidos para Galicia, uno de los países más envejecidos del mundo, desfondado además en los tres últimos años por la deslocalización de varias de sus mayores empresas?
¿Por qué se presenta como un éxito que el AVE gallego incumpla finalmente todos los plazos y llegue, si es así, 23 años más tarde que el de Sevilla? ¿Cómo es posible que se estén reprogramando en Galicia operaciones para pacientes con cáncer, tal y como ha sucedido en mi entorno más próximo? ¿A qué esperamos para acometer la reforma de instituciones obsoletas, como el Senado, las diputaciones o las cámaras de comercio? ¿Por qué la Xunta sigue sin ser una administración transparente en lo que hace a sus gastos, como prueba una y otra vez el proceso del Gaiás, con el caso paradigmático de las compras de libros?
¿Cómo es que el celo con que Hacienda controla a los contribuyentes de rentas bajas y medias se convierte en laxitud y tolerancia cuando se trata de clubes de fútbol? ¿Es tolerable que personas que ocupan cargos públicos, que deben ser ejemplo de respeto a la ley, llamen a la insumisión contra las normas que nos hemos dado todos, como está ocurriendo ante la posible sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña? ¿Por qué tenemos que resignarnos a que Galicia y España, por la incompetencia de sus políticas económicas, salgan de la crisis años después que otros países de nuestro entorno? ¿Dónde está el primer partido de la oposición en un momento en que el Gobierno de España solo toma medidas ineficientes y caprichosas, que nos garantizan una pesadísima carga para muchos años? ¿Dirá algún día basta la sociedad civil y obligará a sus representantes a que escuchen lo que dicta su sentido común?
Mañana cumpliré 71 años. Llevo cincuenta años en la nómina de La Voz de Galicia. He contribuido, en la medida de mis fuerzas, a la restitución de las libertades y la democracia, en cuya defensa me encontrarán siempre. Mano a mano con el mejor galleguismo de nuestra historia he trabajado para que Galicia viese reconocidos sus derechos. Esas nobles causas me arrostraron multas, incomprensión, presiones inenarrables. Pero ganamos aquel envite y se abrió un nuevo marco de esperanza. Por eso me resulta especialmente descorazonador ver que hemos arribado a un tiempo donde el dinero solapa a la ética, donde la zancadilla cortoplacista prima sobre los grandes consensos en favor del bien general, donde los intereses partidistas o personales se anteponen a los de Galicia. Por eso vuelvo a reiterar que si queremos evitar una tragedia debe reaparecer la sociedad civil y se debe fraguar una acción concertada que sume los esfuerzos de todos, sea cuál sea su color, en favor del proyecto de Galicia. Entre tanto, no puedo, ni debo, ni quiero, tirar la toalla. Seguiré haciendo lo mismo que llevo haciendo toda mi vida, tratar de elaborar hoy el mejor periódico que jamás he hecho, pero sabiendo que mañana intentaré superarlo.

Un saludo a todos los navegantes.