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1 de marzo de 2015

"Aquel campo de concentración tan bonito" (de Rosa Montero)


Fuente de la imagen

He hablado más de una vez de Rosa Montero en el saloncito. Es cierto que, a veces, la he criticado. Considero que, sin ánimo de ofender, tiene que tener más cuidado con su forma de escribir en las redes sociales y ahora me estoy refiriendo únicamente al cuidado del lenguaje; de su ortografía, su gramática... 
También tengo otra consideración menos importante o tan importante, según se mire; Rosa Montero debe pensar más las opiniones compartidas, debe profundizar más.
La naturalidad es bonita pero no los errores, aunque sean humanos. La boca de un escritor debe estar más cuidada si cabe. Mucho más.

¿Por qué digo todo esto? Porque Rosa no es una persona cualquiera que pasea por FB, Tuiter y demás redes, sino una escritora española conocida que debe comportarse de mejor manera que un zutanito de tal. Porque ella es una referencia y se debe a sus lectores.

Por cierto, a mí me gustan muchas otras cosas de Rosa Montero; su sencillez y sus pensamientos. A veces, maravillosos.

Te animo, Rosa, a tomarte esto como una crítica totalmente constructiva. Espero sepas apreciarla pero es que no puedo evitar entristecerme cuando veo la excesiva naturalidad mal entendida. Nuestro mundo merece un mejor análisis y nuestro castellano un mimo que últimamente se pierde con tantas "prisas".

Dejo ahora aquí su columna sobre la muerte. Buen punto de vista.



Aquel campo de concentración tan bonito

A Kafka la vida le angustiaba, pero intentaba por todos sus obsesivos medios prolongarla

De joven, uno habla mucho de la muerte. Por ejemplo, en mi generación de rockeros hippiosos todos solíamos decir que moriríamos temprano y que no seguiríamos en este mundo más allá de los 40 años de edad. Estas baladronadas nos salían con naturalidad y muy fácilmente porque siendo veinteañero uno considera que los 40 están tan lejos como el fin del mundo, o que incluso es una edad un poco fabulosa que jamás se alcanza. De joven tu muerte no existe, y por eso puedes coquetear con ella como si fuera una aventura más de la vida. Pero enseguida el tiempo empieza a caer sobre tus hombros con efecto de alud, quiero decir que cada vez pesa más, cada vez es más denso, más copioso, una dura, crecedera y congelada bola de tiempo que se precipita sobre ti y te empuja y te aplasta, y antes de que puedas darte cuenta has pasado por la frontera de los 40 años como una exhalación y vas camino del espacio exterior a toda prisa.


Pues bien, desde el momento en que la muerte entra de verdad en escena, desde el instante en que te sabes mortal, nos entran a todos unas ganas de vivir enternecedoras. O a casi todos: a veces el dolor físico o psíquico es tal que sólo ansías desaparecer y descansar. Pero hoy no vamos a hablar de esos casos, que son en cualquier caso muy minoritarios. Lo que me maravilla, lo que me asombra, es el hambre de vida que los humanos tenemos. Aunque nuestra existencia sea gris, penosa, aburrida, difícil, todos queremos continuar un día más en este mundo. Lo expresó formidablemente el escritor húngaro Imre Kertész, premio Nobel de Literatura, que fue internado a los 15 años en el campo de exterminio de Auschwitz y que, por lo tanto, tuvo conciencia real de la muerte a una edad mucho más temprana que la media. Recordando su adolescencia cruel, escribió: “Pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente insensato y sin embargo tan obstinado: yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración”. Qué frase tan estremecedora y tan veraz: para nuestra ansiedad de seguir siendo, Auschwitz era más dulce que la muerte.


Me he puesto a pensar en todo esto leyendo un pequeño libro que es una joya, un diamante diminuto y exquisito: Kafka con sombrero, de Jesús Marchamalo, con dibujos de Antonio Santos (Nórdica Libros). En apenas 30 pequeñas páginas, incluyendo las formidables ilustraciones, Marchamalo se las arregla, no sé cómo, para hacer un hondo, conmovedor y sugerente retrato de Kafka. Ya es difícil ser capaz de añadir una mirada original sobre este autor tan biografiado, pero es que además, tras leer esta obrita, te da la sensación de que de alguna manera has llegado a conocer un poco al escritor. Un delicado aliento de intimidad atraviesa el texto.


La tuberculosis a Kafka torturó a lo largo de siete años hasta matarlo. Tuvo tres enamoradas pero no acabó de comprometerse en sus relaciones.
Vista desde fuera, la vida de Kafka parece áspera, pobre y atormentada. Falleció con 40 años, pasó 15 trabajando como un obsesivo y meticuloso administrativo en una aburridísima empresa de seguros, convivió con sus padres durante mucho tiempo y con sus neuras durante toda su existencia, la tuberculosis le torturó a lo largo de siete años hasta matarlo, tuvo tres enamoradas pero no acabó de comprometerse en sus relaciones y consideraba, según propia declaración, que había algo sucio en el sexo, o, al menos, en su manera de acercarse al sexo; su amigo Brod decía de él que estaba atormentado por sus deseos carnales y que era un asiduo de los burdeles (recientemente algunos estudiosos han sugerido que era un homosexual reprimido, lo mismo que se ha dicho de Fernando Pessoa, con quien Kafka comparte curiosas coincidencias vitales). Pero el caso es que con 25 años, viviendo con sus padres, desasosegado por las mujeres y pasando todo el día en su tedioso empleo, Kafka, que se había hecho vegetariano, era ya un completo maniático de la salud. Pese a su aspecto de tirillas, nadaba muchísimo, remaba en el Moldava, hacía gimnasia a diario desnudo frente a la ventana abierta (en la heladora Praga), frecuentaba balnearios y casas de salud y, por último, se hizo seguidor del fletcherismo, “una moda nutricionista que, entre otras cosas, exigía masticar cada bocado 32 veces exactas, ni una más ni una menos”.


Lo de masticar cada bocado 32 veces es lo que me parece más enternecedor; la vida le angustiaba, pero intentaba por todos sus obsesivos medios prolongarla. Veo a mi Kafka en la imaginación como esforzado rumiante y me conmuevo; algunos sostienen que quizá se contagiara de la tuberculosis por su costumbre de beber ingentes cantidades de leche sin hervir, otra de sus manías saludables. Si esto fue así, sólo demuestra una vez más que, por mucho que corramos, la muerte siempre nos termina atrapando. Pero mientras tanto, y aunque la vida apriete y nos escueza, qué emocionantes ganas de seguir, a pesar de todo.



Fuente 

P.D.: Debo añadir una cosa y es que, en todo momento, Rosa Montero ha respondido con humildad a sus lectores.

11 de septiembre de 2013

Una lanza por Ana Botella


Ahora me doy paseos de vez en cuando por este lugar tan extraño denominado Twitter. Hace unos días puse el tuit expuesto arriba porque realmente me estaba molestando el comportamiento general de la gente respecto a este tema "tan gracioso". Todos contra ella y sólo contra ella. Por supuesto, intereses varios detrás y mucha ignorancia también.

Yo siempre he valorado ese atrevimiento que yo no tengo (me cuesta un mundo) para hablar en público en inglés; se haga bien, regular o incluso mal...hablarlo simplemente...Quizá se pueda tachar de osada a Ana Botella pero creo que también hay que pararse a pensar que al menos esta mujer se ha lanzado a aprender, a hablar, a hacerse entender por los demás (y seguro que la entendieron, no lo dudéis). Otros, con puestos más importantes y más cercanos a eso que se denomina "ámbito internacional", siguen agazapados por si las moscas sin intentarlo; sin tener la mínima intención de hacerlo y con errores que han pasado, curiosamente, más desapercibidos.

Hoy me ha llegado al correo el enlace a un blog que sigo relacionado con este asunto, que creo debiera pensarse al menos:

Pues eso. Una lanza desde el saloncito por Ana Botella.


7 de enero de 2013

Un día me lo enviaron por correo...

AYER
HOY
Somos ciento y la madre
Overbooking
Ir a descansar a un balneario
Ir al Spa
Engañabobos
Demo
Don José, ¿me manda al niño con el pedido?
Delivery
Trabajar bajo cuerda
Contrato en Prácticas
Gilipollez
Expresión sacada de contexto
Tarao
Transgresor
la tienda de saldos
Outlet
Ninguna tía me hace caso
No encuentro mi target
Vestirse con cualquier trapito
Ser fashion
Hacer la vida imposible en el trabajo
Mobbing
Comprar compulsivamente
Shopping victim 
Peluquero
Estilista
Barrita de pan 
Baguette
Estar traspuesto del viaje
Tener jet-lag
Vendedor
Ejecutivo de cuentas
Colgao
Diferente
Servilleta escrita
Blackberry
Robo indiscriminado de los políticos
Déficit público
Curandero / a
Mentalista
Tocarse las pelotas en el curro
Estar en una teleconferencia
Entre bambalinas
Backstage
2+2 para ti = 3, para mí = 5
Sinergia
Profe de gimnasia
Personal trainer
Caminar entre pedruscos, arbustos y matojos
Trekking
Nunca le gustó trabajar
Meterse a político
Me voy al bar a ver si ligo algo
Me voy a chatear
Reunión de cantamañanas
Talk-show
La calentura es mutua
Funciona la química
Viajar a cualquier lado como sea
Turismo de aventura
Franja de máxima audiencia
Prime time
Manipular a la opinión pública
Fenómeno mediático
No entiendo un pijo
Hay que leer entre líneas
Bragas y sostenes
Lingerie
Dame el mando de la tele
Hacer zapping
No ponen nada en la tele
Telebasura
Poner accesorios al coche

Tunear
Tercer Mundo

Países Emergentes
Cuantos más seamos menos pagaremos
Joint Venture
Despidos masivos
Reestructuración

Joderle la vida a los demás
Libertad de expresión

31 de julio de 2011

Para criticar el diccionario de la RAE: unidrae@rae.es


La noticia

La página de la RAE

Me ha gustado siempre abrir sus páginas aunque fuese de una forma virtual, que es lo que hago últimamente para ver la información lo más actualizada posible. Consulto alguna palabra y a veces también discrepo de sus definiciones. Soy consciente de que es complicado seguir el ritmo actual de cambios en el lenguaje, en la forma de expresarse tan mínima que corre hoy en día por casi todos los medios de comunicación...

Hay personas que piensan que lo correcto sería simplificar  para  hacer más sencilla la comunicación y llegar a conseguir la finalidad última del lenguaje, que no es otra que decir lo que pretendemos decir sin rodeos ni ornamentaciones varias... pero yo soy más nostálgica y, es más; creo que se perderían  detalles demasiado valiosos...aquéllos que parecen irrelevantes y que, sin embargo, tienen una importancia tremenda desde mi punto de vista...No me gustaría que se perdiese (o se empobreciese, más bien) un idioma tan rico como el nuestro entre abreviaturas, supresión de tildes necesarias, creación de palabras que eliminan anteriores que ya existen y podrían utilizarse...etc. No me gustaría nada, la verdad. Creo que la lengua española es una joya que debemos conservar porque, entre otros, constituye un vínculo con nuestros antepasados, con la historia, con el significado de tantas cosas...

Adaptarse sí pero con cabeza, con corazón...

21 de enero de 2010

Supostamente...

Amio Cajander ha escrito una entrada que me parece muy interesante. Creo que debo compartirla con vosotros y, si lo deseáis, podéis hacer alguna aportación para enriquecerla aun más, si cabe.

Un saludo a todos,
Campu.

19 de mayo de 2009

El gallego no se merecía esto...


Así rezaba el titular de El Correo Gallego...

No entiendo estas formas. No entiendo tampoco el empeño por mezclar la política con todo, por mostrar lo que no es. Al menos yo, que vivo en Galicia, no lo veo...

14 de febrero de 2009

¿Quién habló de Libertad?...





Artículo 5 del Estatuto de Autonomía de Galicia:

  1. La lengua propia de Galicia es el gallego.
  2. Los idiomas gallego y castellano son oficiales en Galicia y todos tienen el derecho de conocerlos y usarlos.
  3. Los poderes públicos de Galicia garantizarán el uso normal y oficial de los dos idiomas y potenciarán la utilización del gallego en todos los órdenes de la vida pública, cultural e informativa, y dispondrán los medios necesarios para facilitar su conocimiento.
  4. Nadie podrá ser discriminado por razón de la lengua.

8 de febrero de 2009

Yo protesto

Inmersos de lleno en la crisis -cuyos zarpazos, con ser graves, no son sólo económicos- la parte más vital de la sociedad gallega asiste atónita al baile de confusiones y a la inoperancia que se ha instalado en nuestra vida pública, mientras se encienden cada día más luces rojas de alarma. Resulta difícil mirar para otro lado o dejarse llevar confiando en que las cosas se irán arreglando por sí solas. Por eso es necesario levantar la voz y llamar la atención de los corazones nobles, como hemos hecho siempre en momentos cumbre, desde grandes medios de comunicación, aquellos que tenemos como norma cumplir con nuestra responsabilidad. Y eso ha de hacerse por encima de cualquier posición cómoda, aun a riesgo de ganarse las incomprensiones de unos y las declaradas hostilidades de otros.

No es nada nuevo. Quienes hace ya dos años vimos aproximarse, con bastante antelación, toda la crudeza de la depresión económica, fuimos tachados entonces de agoreros del pesimismo, de alentadores del desánimo e incluso de antipatriotas. Los hechos, tan inapelables, han venido a demostrar lo que hoy ya son dos evidencias: una, que no era la querencia por lo negativo, sino un ejercicio de ciudadanía, avisar entonces de lo que se nos venía encima; y dos -lo que resulta mucho más grave-, que no se aprovechó aquel tiempo precioso para reaccionar. Ni siquiera ahora se toman medidas resolutivas para enderezar un rumbo meridianamente equivocado. Por eso yo protesto.

Yo protesto contra el cortoplacismo miope de los agentes políticos, enfrascados hoy en satisfacer sus ansias electorales escondiendo el polvo debajo de las alfombras, aun a sabiendas de que el viento que soplará después de marzo lo esparcirá todo hasta dejar la estancia inhabitable. No de otra forma se pueden entender, por ejemplo, las ayudas al sector de la automoción, inoperantes si tienen como objeto ocultar los dramáticos efectos de la crisis hasta después de la batalla electoral.

Yo protesto también porque pequeñas y medianas empresas, que son parte esencial de nuestro tejido productivo y han creado tanto empleo, se ven abocadas al cierre sin que nadie se digne reparar en su drama. Y al mismo tiempo, grandes empresas y grandes empresarios que han demostrado con hechos y sin retórica su amor por Galicia son prácticamente expulsados y casi obligados a llevar su capacidad de iniciativa a otros lugares.

Es difícil encontrar en nuestro entorno despropósitos más grandes que los que aquí se cometen, mientras se despilfarra sin tino en operaciones de imagen que tienen como objeto enmascarar con fulgores de escaparate lo que en realidad no se posee. No de otro modo se pueden entender las moles vacías del Gaiás; los gastos desproporcionados en decoración o transporte; las maquilladas y exasperantes listas de espera en la sanidad pública, y, sobre todo, la decepcionante promesa -por incumplida- de la atención a las personas dependientes. No contentos con maquinar continuas campañas de imagen, o de intentar domesticar a la prensa, no faltan incluso políticos que deciden crear sus propios medios de comunicación para garantizarse al precio que sea la foto más favorecedora.

Se ha dicho alguna vez que la política es la profesión más noble cuando su objetivo es el interés general, y la más mezquina cuando se hace por interés propio. Por eso es obligado protestar contra el populismo, el clientelismo y el favoritismo.

Fueron los auténticos padres del galleguismo los que más se manifestaron a lo largo de la historia reciente contra las prácticas caciquiles. Pero ahora ha surgido un nuevo caciquismo que se disfraza de falsa modernidad y opera con desparpajo en todo cuanto se pone a su alcance, desde las concesiones eólicas a las plazas de empleo público.

Flaco favor hacen a la historia. De los grandes galleguistas heredó Galicia un noble concepto de país, armónicamente integrado en España y en Europa, que destacaba sus valores y los relacionaba sin antagonismos con el mundo. Así pensamos siempre los que, como yo, tuvimos la feliz experiencia de compartir trabajo y proyectos ilusionantes con Ramón Piñeiro, Domingo García Sabell, Francisco Fernández del Riego, Valentín Paz Andrade, Marino Dónega o Carlos Casares; todos ellos colaboradores en las páginas de La Voz de Galicia, que siempre ha estado abierta a los sueños que pugnan por el engrandecimiento de nuestra tierra.

Ahora, aquel hermoso ideario de los grandes galleguistas parece usurpado en manos de intolerantes que lo emplean como arma arrojadiza entre gallegos. Muchos callan ante esto. Pero yo, que fui multado precisamente por impulsar que se publicase en gallego en este periódico, hoy protesto. Protesto porque el idioma que antes fue negado ahora se quiere imponer sin contemplaciones ni concesiones al sentido común. Y la lengua se parece en esto al amor. Si nadie por la fuerza pudo retirarla, nadie por la fuerza podrá tampoco imponerla.

Al cabo, este intento de imposición es solo un síntoma más de la preocupante deriva que, a causa de las confrontaciones partidarias, se viene dando en el actual Estado de las Autonomías. Los estados federales que son ejemplo en el mundo han establecido mejores pautas de relación y cohesión interna que las que se están dando en España en asuntos tan enloquecidos y carentes de lógica como la financiación autonómica, la educación, la ruptura de la unidad de mercado o el gravemente deteriorado principio de la igualdad entre ciudadanos.

Ni quienes en las instancias ejecutivas tienen la obligación de ordenar la vida pública, ni quienes han sido facultados por el pueblo para ejercer la oposición están cumpliendo con sus obligaciones.

En el ámbito político, todo se traduce en guerras partidarias (incluso dentro del mismo gobierno), en espionajes (incluso dentro del mismo partido), en delaciones y en intereses personales.

En el campo económico, asistimos a una crisis mundial causada por la avaricia de empresarios y dirigentes sin escrúpulos, cuyas malas prácticas han sido consentidas por los supuestos encargados de controlarlas e impedirlas.

Mientras, grandes pilares básicos de la vida en común se desmoronan ante la inacción de la sociedad. Los rectores de las universidades gallegas claman en el desierto por la falta de recursos que las ponen a la cola de Europa en un momento en el que se reformula el futuro de los estudios universitarios. Los jueces, divididos como nunca, añaden problemas e incongruencias al más ineficiente de los poderes que rigen la vida de los ciudadanos. Las entidades financieras ignoran sus obligaciones mientras crece el rosario de empresas ahogadas por la falta de recursos. Las listas del paro se agrandan y se llenan de dramas permanentes, hasta hacer entrever las calamidades de la desolación y la revuelta social. Hacienda, que somos todos, muestra una infamante doble cara: mantiene su exigencia ineludible al autónomo que en un revés pierde a sus clientes, mientras envuelve en mullidos cojines a sociedades anónimas que, como las deportivas, eluden sus obligaciones con el Estado (con todos nosotros) y acumulan deudas más que obscenas.

Por todo eso yo protesto. Y por la falta de compromiso que nos está haciendo perder de nuevo el tren de la historia en cuestiones tan fundamentales para el futuro de esta comunidad como las infraestructuras, la energía y el desarrollo tecnológico. La lentitud y la ineficacia en estos campos solo vienen a confirmar que Galicia no ha reaccionado todavía con presteza ni a sus propios desequilibrios internos ni a la amenaza de una península hemipléjica, donde todos los motores económicos y sociales se concentran en la mitad oriental y toda la rémora y la falta de perspectivas se quedan en el abandonado paraíso del Finisterre.

Si digo todo esto, si protesto incluso por tener que protestar, no es porque me embarguen sentimientos derrotistas. Justo al contrario. Solo los indolentes callan. Los batalladores saben que el primer paso para afrontar con arrojo la solución de los problemas es dándoles la cara; poniéndose frente a ellos; citándolos.

Ese ánimo positivo me llevó a decir públicamente en noviembre del año pasado que es tiempo de fraguar un gran acuerdo. Y lo reitero ahora: nada se alcanzará sin una acción concertada, que sume esfuerzos para aprovechar las oportunidades. Un gran acuerdo social, no solo entre políticos, que cuaje en un gran proyecto de Galicia en el que todos puedan sentirse cómodos y confiados.

Por todo esto, hace falta más que nunca que regrese la desaparecida sociedad civil. Que se restablezca de la postración, que conozca, que pida cuentas, que juzgue, que actúe. Porque dicen los manuales que después de la depresión económica viene siempre la depresión social. Pero esa es una tragedia que Galicia no se debe volver a permitir. Y, desde luego, no se puede permitir hoy.

Santiago Rey Fernández-Latorre
La Voz de Galicia
7 de febrero de 2009