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28 de junio de 2017
Necesitamos al Rey más que nunca
Mi total apoyo a los Reyes de España. Los necesitamos más que nunca, viendo el panorama que nos rodea. Siempre he apoyado a esta Institución que ofrece estabilidad al país: un referente, si el referente es bueno. Y a mí me gusta este Rey, la verdad. Por su moderación, por su saber estar a pesar de todas las dificultades, buscadas o no por él. Por su imagen, tanto fuera como dentro de España. Por su educación y respeto.
Soy consciente de que las redes sociales no son fiel reflejo de la realidad, aunque alguna pincelada nos ofrezcan, a Dios gracias.
Siempre han sido, los autocalificados de izquierdas, los que más han gritado en estos parques virtuales; los abanderados de los colectivos masacrados, de las causas justas, de los desfavorecidos en general por culpa de ese poder que tanto critican y que, a su vez, tanto les gusta. ¿Qué tendrá el poder para atraer de este modo a aquél que anda cerca?
Me convencen aún más (de mi convicción) todos los argumentos que escucho en contra de la Monarquía; de nuestra Monarquía. Se les llena la boca de Democracia y se quieren cargar la nuestra con desvíos de atención y espectáculos baratos. Algunos dan pena. Otros, vergüenza. Y, unos pocos, verdadero pavor.
Mi total apoyo a España como país unido. Y mi repulsa hacia aquéllos que quieren cargarse algo MUY importante. No se equivoquen de objetivo. No se vayan a equivocar porque puede salirnos muy caro.
Mi total apoyo a los Reyes de España. Por si no ha quedado claro.
30 de junio de 2014
De "El de la coleta": Pablo Iglesias y Podemos
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No había leído nada sobre Podemos y uno de sus representantes, que es Pablo Iglesias. Tampoco le había escuchado aunque sabía que ya era un asiduo a los debates políticos televisivos y que se sabía defender muy bien, dada la dificultad de algunas plazas.
Se les ve como una prolongación de Sol por aquello de las asambleas y el poder otorgado a los ciudadanos, a la democracia limpia sin castas por medio. Creo que no hace falta definir casta a estas alturas y supongo entrarán aquí los que se enriquecen de manera injusta a costa del pueblo, que ya son unos cuantos en un país cada vez más desigual.
Me ha parecido Pablo Iglesias una persona valiente y con ciertos argumentos aunque sin una base sólida. No comulgo con él en muchas cosas porque me genera muchas dudas e, incluso, miedos. Pero no hay que negarle un cierto agradecimiento por su trabajo, por su labor casi imposible en medio de estas telarañas tan bien tejidas por los que viven algunos escalones más arriba de los ciudadanos de a pie que, desgraciadamente y paradójicamente, son los que supuestamente tienen que gobernar a favor de los mismos y que cada vez están más alejados de sus problemáticas cotidianas, de las problemáticas cotidianas en general.
No sé cuál es la solución a todos estos desaguisados que nos rodean. Realmente no tengo ni idea. Está claro que hay que romper con muchas cosas que parecen amarradas a la sociedad cual garrapata a la piel de un perro.
En el caso de Podemos, me parece bien que se aplique seriamente un Plan Anticorrupción, se reconsidere la Ley Hipotecaria y se tengan en cuenta las opiniones de los ciudadanos y esos derechos humanos que no sé para qué han valido a nivel mundial a día de hoy, pero que está bien tenerlos en cuenta a la hora de tomar medidas en todos los sentidos.
Por otro lado, hay que tener en cuenta también que existen muchas personas actualmente que luchan contra el sistema pero deseando beneficiarse de él, o beneficiándose ya, a costa del trabajo de los demás (y que conste que no hablo de Pablo Iglesias precisamente, sino de muchos que tenemos cerca y puede que ni lleven corbata siquiera). Es fácil luchar contra el sistema de este modo y, por cierto, a éstos también los meto yo en la cesta de la casta, por si al representante de Podemos se le había olvidado mencionarlos en alguna de sus definiciones, que lo desconozco realmente.
Además, me da miedo de su discurso el concepto que tiene de los nacionalismos, de la problemática de la inmigración, del consumo como medio para generar la riqueza de un país...¿qué tipo de consumo?. No sé...demasiadas dudas...
Algo que también me preocupa es que el problema de conceder demasiado poder
al pueblo es precisamente el peligro de la manipulación social que, a
pesar de que no queda políticamente correcto decirlo, es muy fácil de
aplicar por el desconocimiento existente alrededor de tantos y tantos temas. Lo estoy viendo con ciertos movimientos que me han dado pavor últimamente
porque veo que no tienen marcada una meta clara y limpia
sino demasiados vacíos, demasiadas incongruencias, demasiadas lagunas que pueden beneficiar a los que, precisamente, sí saben de lo que están hablando.
Me encantaría conocer vuestras opiniones.
27 de enero de 2014
¿Algo se está moviendo?
¿Qué os parece?
Y, por favor, no os quedéis solamente en citar la palabra "utopía".
utopía o utopia.
1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados
Nota: esta entrada requiere su tiempo, su análisis, su voluntad. Yo también me comprometo a ello.
16 de junio de 2011
Sigo siendo una indignada
Me voy a permitir el lujo de utilizar una fotografía que desde el principio de este movimiento me pareció simbólica. La fuente de la imagen se encuentra en el blog Instantes de Sebas Navarrete; siempre tan interesante, tan respetuoso, tan sencillamente complejo o complejamente sencillo...
Últimamente estoy escuchando a muchas personas comentar, que a raíz de tantas polémicas, tantas noticias "interesadas", se desvinculan de este movimiento, de esta indignación que se respira en las calles, en las plazas y, no lo olvidemos, en las casas (si es que hay casa)...
Lo cierto es que me duele escuchar voces tan sumamente intransigentes, tan sumamente partidarias. Los indignados somos casi todos, me atrevería a decir...
Puede que no estemos frente a los "centros de decisión" porque aún conservamos el trabajo y tenemos que ir a la oficina, puede que pensemos que nuestros hijos podrían estar ahí mañana porque no lo tienen y por eso apoyamos la manifestación coherente, la lucha por derechos justos, cualquier defensa de las personas trabajadoras; las que están dispuestas a levantarse cada mañana para aportar (elimino entonces aquí a aquéllos que quieren vivir del cuento).
Sigo siendo una indignada a pesar de lo que diga Losantos. No soy de ninguna organización pro-terrorismo ni tengo pulgas. Y lo de tener pulgas no sería lo peor, claro...
¿Utopía?. Puede ser...pero lo que me indigna más a mí no es la indignación precisamente, sino la falta de ella en estos tiempos que corren.
6 de junio de 2011
Más indignados...
Me voy a permitir el lujo de "robar" al blog del Mendiguiño esta entrada. He elegido, entre la serie, esta preciosa fotografía del movimiento que da esperanza a las calles antes solitarias. De nuevo se han abierto las plazas y aún quedan personas que hablan de sus ilusiones, y que escuchan...
Y como hoy Campu no quiere "trabajar", se ha dedicado a leer blogs amigos. En este caso el de Ángel, que nos ha llevado a una columna interesante en su esencia. Bajo una manta de letras transmite lo que ya hemos escuchado pero necesitamos escuchar una y mil veces más.
Os dejo esa Hora de despertar de Antonio Muñoz Molina.
He pensado desde hace muchos años, y lo he escrito de vez en cuando, que España vivía en un estado de irrealidad parcial, incluso de delirio, sobre todo en la esfera pública, pero no solo en ella. Un delirio inducido por la clase política, alimentado por los medios, consentido por la ciudadanía, que aceptaba sin mucha dificultad la irrelevancia a cambio del halago, casi siempre de tipo identitario o festivo, o una mezcla de los dos. La broma empezó en los ochenta, cuando de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡ El que no esté colocao que se coloque, y al loro!” Tierno Galván, que miró sonriente para otro lado, siendo alcalde, cuando un concejal le trajo pruebas de los primeros indicios de la infección que no ha dejado de agravarse con los años, la corrupción municipal que volvía cómplices a empresarios y a políticos.
Por un azar de la vida me encontré en la Expo de Sevilla en 1992 la noche de su clausura: en una terraza de no sé qué pabellón, entre una multitud de políticos y prebostes de diversa índole que comían gratis jamón de pata negra mientras estallaban en el horizonte los fuegos artificiales de la clausura. Era un símbolo tan demasiado evidente que ni siquiera servía para hacer literatura. Era la época de los grandes acontecimientos y no de los pequeños logros diarios, del despliegue obsceno de lujo y no de administración austera y rigurosa, de entusiasmo obligatorio. Llevar la contraria te convertía en algo peor que un reaccionario: en un malasombra. En esos años yo escribía una columna semanal en El País de Andalucía, cuando lo dirigía mi querida Soledad Gallego, a quien tuve la alegría grande de encontrar en Buenos Aires la semana pasada. Escribía denunciando el folklorismo obligatorio, el narcisismo de la identidad, el abandono de la enseñanza pública, el disparate de un televisión pagada con el dinero de todos en la que aparecían con frecuencia adivinos y brujas, la manía de los grandes gestos, las inauguraciones, las conmemoraciones, el despilfarro en lo superfluo y la mezquindad en lo necesario. Recuerdo un artículo en el que ironizaba sobre un curso de espíritu rociero para maestros que organizó ese año la Junta de Andalucía: hubo quien escribió al periódico llamándome traidor a mi tierra; hubo una carta colectiva de no sé cuantos ofendidos por mi artículo, entre ellos, por cierto, un obispo. Recuerdo un concejal que me acusaba de “criminalizar a los jóvenes” por sugerir que tal vez el fomento del alcoholismo colectivo no debiera estar entre las prioridades de una institución pública, después de una fiesta de la Cruz en Granada que duró más de una semana y que dejó media ciudad anegada en basuras.
El orgullo vacuo del ser ha dejado en segundo plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma, cuando lo importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre todo, que no se era: que no se era judío, o morisco, o hereje. Que esa obcecación en la pureza de sangre convertida en identidad colectiva haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España. Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas, ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena, ser machote, ser joven. La omipresencia del ser cortocircuita de antemano cualquier debate: me critiacan no porque soy corrupto, sino porque soy valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos, sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora,o de donde sea; si te parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico es que eres un rojo; si te escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España es que tiene nostalgia de la educación franquista.
He visto a alcaldes y a autoridades autonómicas españolas de todos los colores tirar cantidades inmensas de dinero público viniendo a Nueva York en presuntos viajes promocionales que solo tienen eco en los informativos de sus comarcas, municipios o comunidades respectivas, ya que en el séquito suelen o solían venir periodistas, jefes de prensa, hasta sindicalistas. Los he visto alquilar uno de los salones más caros del Waldorf Astoria para “presentar” un premio de poesía. Presentar no se sabe a quién, porque entre el público solo estaban ellos, sus familiares más próximos y unos cuantos españoles de los que viven aquí. Cuando era director del Cervantes el jefe de protocolo de un jerarca autonómico me llamó para exigirme que saliera a recibir a su señoría a la puerta del edificio cuando él llegara en el coche oficial. Preferí esperarlo en el patio, que se estaba más fresco. Entró rodeado por un séquito que atascaba los pasillos del centro y cuando yo empezaba a explicarle algo tuvo a bien ponerse a hablar por el móvil y dejarnos a todos, al séquito y a mí, esperando durante varios minutos. “Era Plácido”, dijo, “que viene a sumarse a nuestro proyecto”. El proyecto en cuestión calculo que tardará un siglo en terminar de pagarse.
Lo que yo me preguntaba, y lo que preguntaba cada vez que veía a un economista, era cómo un país de mediana importancia podía permitirse tantos lujos. Y me preguntaba y me pregunto por qué la ciudadanía ha aceptado con tanta indiferencia tantos abusos, durante tanto tiempo. Por eso creo que el despertar forzoso al que parece que al fin estamos llegando ha de tener una parte de rebeldía práctica y otra de autocrítica. Rebeldía práctica para ponernos de acuerdo en hacer juntos un cierto número de cosas y no solo para enfatizar lo que ya somos, o lo que nos han dicho o imaginamos que somos: que haya listas abiertas y limitación de mandatos, que la administración sea austera, profesional y transparente, que se prescinda de lo superfluo para salvar lo imprescindible en los tiempos que vienen, que se debata con claridad el modelo educativo y el modelo productivo que nuestro país necesita para ser viable y para ser justo, que las mejoras graduales y en profundidad surgidas del consenso democrático estén siempre por encima de los gestos enfáticos, de los centenarios y los monumentos firmados por vedettes internacionales de la arquitectura.
Y autocrítica, insisto, para no ceder más al halago, para reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer en su propio ámbito y quizás no hace con el empeño con que debiera: el profesor enseñar, el estudiante estudiar haciéndose responsable del privilegio que es la educación pública, el tan solo un poco enfermo no presentarse en urgencias, el periodista comprobando un dato o un nombre por segunda vez antes de escribirlos, el padre o la madre responsabilizándose de los buenos modales de su hijo, cada uno a lo suyo, en lo suyo, por fin ciudadanos y adultos, no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja, miembros de una comunidad política sólida y abierta y no de una tribu ancestral: ciudadanos justos y benéficos, como decía tan cándidamente, tan conmovedoramente, la Constitución de 1812, trabajadores de todas clases, como decía la de 1931.
Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto.
5 de junio de 2011
Los indignados y sus indignaciones
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Se siguen haciendo debates sobre el 15M. Se seguirán haciendo.
Mientras Libertad Digital fabrica las noticias en su planta de producción, otros charlan en las plazas. Cada uno tiene su opinión sobre el movimiento y todas deberían ser tratadas con respeto siempre que exista respeto en las disertaciones.
Yo sigo pensando que el movimiento en sí es positivo, incluso si no puede realizarse un cambio efectivo. El movimiento en sí es ya un azote al sistema, un azote a una sociedad hasta ahora dormida.
Gracias a La acequia por mostrar otros puntos de vista.
25 de mayo de 2011
Un artículo de José Saramago muy de actualidad: Este mundo de la injusticia globalizada
Creo que merece la pena leer este artículo.
Sobre todo, AHORA (en los días que corren, me refiero...)
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TRIBUNA: JOSÉ SARAMAGO
Este mundo de la injusticia globalizada
JOSÉ SARAMAGO 06/02/2002
Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían.cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.
Fuente: EL PAÍS
21 de mayo de 2011
Mal tiempo para votar...
Así comienza Ensayo sobre la lucidez de Saramago. Se debía esta frase, sin embargo, al mal tiempo de aquellos días; a la lluvia me refiero. Después viene todo lo demás...
He de reconocer que cuando recibí la primera noticia sobre este movimiento social que llena las calles de nuestras ciudades actualmente, volví a pensar en todos los de la ceja, en los interesados que sacan tajada de estas revueltas porque no tienen cosa mejor que hacer, en los vicios de las organizaciones, de las mentes de muchas personas que no saben ver más allá o que no quieren porque no les interesa...
Después me invitaron a leer un listado de gente, de personas anónimas con o sin trabajo, pensionistas, indignados en general. Continué pensando en el 15M con cierto resquemor por todo lo que he visto alrededor de movimientos que en un principio buscan el bienestar de la población, y nada más lejos de la realidad si se rasca un poco sobre la superficie de olas y olas que surgen en las calles...
Me he interesado un poco más porque sí que veo Realidad en esta indignación generalizada; la que rodea a una sociedad cansada, harta, cabreada, resignada tantas veces...
Es cierto que se cuelan en estas manifestaciones personas de todo tipo con las que estaremos de acuerdo o con las que no estaremos de acuerdo, pero lo que tengo claro es que el sentir lo tengo; ese sentir que han provocado tantos y tantos gobiernos con minúscula que sólo se han preocupado por beneficiar a los suyos tantos y tantos años. Y no, no creo que nos diferenciemos demasiado de nuestros vecinos de Egipto. Me refiero al fondo mismo de la cuestión porque en cierto modo esto es una dictadura; elegimos a nuestros dictadores por X tiempo y después vendrán otros...¿qué demonios deciden los ciudadanos?...NADA.
Pues sí. Estoy muy enfadada. Ayer estuve viendo cómo se trataba el tema en los canales de diferentes ideologías de nuestra maravillosa e "imparcial" televisión. Me daba vergüenza ajena, y hasta cierto temor, escuchar tales barbaridades de unos y de otros. Tiraban a un lado o al contrario según intereses partidistas de una forma tan poco inteligente que chirríaban sus palabras en los oídos de cualquier ciudadano que sólo quiere que las cosas funcionen en su país, independientemente de las banderas.
Estaremos de acuerdo con cada una de las propuestas o no lo estaremos. Algunas, por lo que he observado, tienen doble lectura y siempre hay que estudiar las consecuencias porque la utopía está muy bien hasta que se cae por los suelos. Pero yo me uno también a estos movimientos (y eso que ya no soy una "chavala").
Me han convencido los anónimos que levantan sus manos para pedir honradez, trabajo, esfuerzo. Que se queden en casa personajes que buscan otro tipo de metas, que se han casado ya tantas veces que aburren, que indignan de verdad a los que de verdad están ahí por un motivo honesto. Yo a ésos no los quiero ver porque ensucian el objetivo claro de este movimiento; tan lícito que en absoluto puede cuestionarse.
Tanto ZP y los suyos como Rajoy, la mujer que provoca un bostezo cada vez que abre la boca y todos los demás son iguales. Duele pensar que tengan que gobernar ahora los segundos porque les toca y, no digo nada, que repitan los primeros...Parece que unos y otros también quieren sacar tajada de todo esto y hemos tenido que escuchar palabras en sus discursos que avergüenzan a una sociedad a la que siguen tratando como a un rebaño de borregos teledirigidos. Como vi en una viñeta ayer..."creo que no se han enterado de nada"...(no han querido enterarse, obviamente).
¿Qué opción nos queda? ¿servirán de algo estas indignaciones?
12 de febrero de 2011
No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es...
El otro día tuve la oportunidad de leer un pequeño debate sobre el Islam (de diciembre de 2007) en el blog de Cornelivs:
¿Es el Islam compatible con la Democracia?
¿Es el Islam compatible con la Democracia?
Dejo aquí un fragmento y, si os interesa, podéis seguir leyendo...
El mundo musulmán comprende hoy a mil cuatrocientos millones de personas. El 81 por ciento vive en 57 países que tienen mayoría musulmana. Sólo cinco de ellos están clasificados como países “libres” por la Freedom House. Esos cinco países son: Benín, Guyana, Malí, Senegal y Surinam. Ninguno de los países árabes se considera libre o democrático. En el mundo musulmán, el poder de consumo per cápita es, aproximadamente, de 3,700 dólares, comparado con los 28,000 dólares del mundo desarrollado. La suma combinada del producto interno bruto de estos 57 países musulmanes es menor que el producto interno bruto de Francia. El producto interno bruto de todo el mundo árabe es inferior al de España. Cuarenta y siete por ciento de los musulmanes son analfabetos, no pueden leer ni escribir, nunca han asistido a la escuela. Hay, por lo tanto, una crisis de conocimiento en el mundo musulmán. El árabe es el idioma de casi trescientos millones de personas, pero anualmente se publican más libros en griego, idioma que sólo hablan quince millones de personas. Sólo hay quinientas universidades en el mundo musulmán, comparadas con las cinco mil que hay en Estados Unidos y las ocho mil que hay en la India. Ahora, ¿se encuentra el mundo musulmán en medio de una crisis material, política, social, sociológica, tecnológica? ¡Desde luego!
En cuanto a Egipto, he leído en El País las siguientes palabras:
Ni en la oposición ni en el sector oficial he visto todavía un ingrediente vital para que salga bien: unos interlocutores organizados y creíbles para negociar la transición. Es cierto que en la plaza de Tahrir ha surgido un embrión de organización. Con Ghonim, los manifestantes tienen a un personaje que es un símbolo y podría llegar a ser un líder. Pero da la impresión de que todavía falta mucho para una alianza de las fuerzas opositoras capaz de canalizar la presión popular hacia la mesa de negociación. En el bando oficial, habría que dejar paso a un gobierno provisional encabezado por alguien que sea aceptable para todos (o al menos casi todos) los bandos, alguien como el viejo y astuto Amr Moussa, secretario general de la Liga Árabe. Solo cuando coincidan esos dos elementos podremos empezar a confiar en que la revolución egipcia está en el buen camino.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
2 de enero de 2011
Del discurso de Vargas Llosa...
He leído el discurso de Vargas Llosa, ahora que he tenido tiempo, y dejo aquí algunos fragmentos del mismo...
Aprendí a leer a los cinco años...es la cosa más importante que me ha pasado en la vida...
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad...
Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida...
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad...
La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan...
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias.....Nada de eso ha ocurrido....
Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder...
Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad...
Continuará...
Actualización a día 2 de enero de 2011:
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban mi país, América Latina, y el resto del Tercer Mundo.
De niño soñaba con llegar algún día a París...Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo...
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte...
Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar)...
Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra...
Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz....no hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad....
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca os dará...
Fuente: Fundación Nobel 2010
16 de junio de 2007
Democracia
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