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23 de octubre de 2011

Los sapos. De Manuel Vicent.

Si el terror de ETA ha cesado definitivamente, en adelante el problema van a ser las palabras, a veces mucho más mortíferas que las pistolas, según cómo se pronuncien, según hacia donde se disparen. Quién será el dueño de las nuevas palabras con que se escribirá esta historia, he aquí la cuestión. En Euskadi habrá que bajar a luchar por ellas en la calle, en la barra de los bares, en las aulas de la universidad, en las ikastolas, en los parques, en las gradas del estadio, en las fiestas de los pueblos, en las sacristías, en las discotecas, en los restaurantes, en el mercado. Aunque haya que desayunarse con un sapo cada día, ese será el diálogo verdadero que deberán establecer mutuamente los ciudadanos vascos, con la certeza de que la democracia es más fuerte que las bombas, como se ha demostrado. Si la paz llega a ser una costumbre consolidada en Euskadi, el quehacer de la vida cotidiana acabará por llevarse río abajo el odio político enquistado durante cuarenta años. Ante el anuncio de que ETA abandona las armas unos están eufóricos, emocionados; otros se muestran cautos, desconfiados, incluso cabreados. Unos exigen que los terroristas se pongan de rodillas y pidan perdón a las víctimas, otros los dan todo por bueno con tal de que ya no hay ningún muerto más. Puede que cada preso etarra sea recibido como un héroe en su pueblo al salir de la cárcel y salude desde el balcón del ayuntamiento. En cambio sería un escándalo que, en contrapartida, un miembro del GAL recibiera un homenaje público por parte del bando contrario y sin duda se tomaría por una provocación intolerable si alguien se paseara con una bandera española por el casco viejo de San Sebastián. No pasa nada. Tal vez estos sapos nos sepan a ancas de rana cuando el viento haya limpiado a las palabras de su carga maldita y la paz en el País Vasco el tiempo la consolide como la gran victoria de la democracia. La ETA no va a pedir perdón ni se va a disolver en un acto oficial, pero si no mata, la banda terrorista ya no es nada, se habrá disuelto en el puro flato de palabras huecas, consabidas. Un día les levantarás la boina, les quitarás la servilleta de la cara y dentro ya no habrá sino unos simples palitroques como los de algunos santos cuyo único prestigio solo estaba en la peana.

Fuente

De Gadafi, apenas nada...Antes agasajado casi lujuriosamente por unos y por otros y ahora, cual monigote, circulando la fotografía de su cadáver por todos los medios. No sé si reír o llorar...
Os prometo que no lo sé.

15 de julio de 2011

CÁMARAS, de Manuel Vicent



La realidad creada...

Éste es otro pensamiento de Vicent que comparto. Y es que como ya no sale en los medios la indignación, pues parece que no estamos indignados... Debo confesar que la realidad creada al antojo de unos pocos me da mucho miedo. Como transmite Forges en sus viñetas: "pero no te olvides de Haití"...porque Haití sigue existiendo, sigue sufriendo aunque ya no sea protagonista de las noticias de actualidad...

Sin enrollarme más, os dejo las palabras de Vicent al que últimamente, como podéis observar, releo o leo por primera vez...

Donde no hay cámaras no existe la historia, pero sucede a veces que las cámaras muerden y mastican más historia de la que pueden tragar, son incapaces de digerir dos grandes tragedias simultáneas. Le pasa también al cuerpo humano: nunca duelen dos cosas a la vez. En el cerebro se concentra el dolor principal, que anula todos los demás. Estos días las cámaras se están volviendo locas a la hora de elegir entre el maremoto de Japón y la insurrección de Libia. Mientras devoraban primero la tragedia nuclear de Fukushima, donde el rabo ardiente de Satanás comenzó a liberar ponzoña radiactiva, el tirano Gadafi bombardeaba a su pueblo impunemente a mansalva sin testigos. Las cámaras se hallan indecisas todavía. La revuelta de los países árabes tiene una estética de botellón. Es la revolución de Internet. Por primera vez la información, que a lo largo de la historia había sido manipulada siempre desde arriba por el poder, es generada hoy desde el fondo de la sociedad cohesionada a través del móvil. Con solo agitar un dedo sobre un ínfimo teclado en tres segundos se puede mandar para consumo de todo el planeta la imagen de un niño destripado por un misil amigo o enemigo, y bastará ese mensaje para que los internautas, los nuevos protagonistas de la historia, convocados a una plaza para beber litronas y bailar el rock sean invitados a levantarse en armas contra los tiranos, pero su cólera puede disolverse como una llamarada en el vacío y quedar en nada. En cambio, de la tragedia de Japón serán ya perennes, tal vez, dos imágenes que podrían constituirse en un símbolo de nuestro destino. En una de ellas se ve al emperador de rodillas, frente a las víctimas del desastre nuclear, sentado sobre sus propios talones, las manos juntas en una mutua plegaria taoísta; en otra aparece un japonés anónimo en el tejado de su casa derruida, solo en medio de una destrucción insondable que se pierde en el horizonte. Parece que este hombre es el último habitante que ha quedado vivo en la tierra. Está sumido en una honda meditación. Firme, asombrado, fatalista, su espíritu indomable está aislado de la catástrofe que le rodea. Sabe que la salvación depende solo de su conciencia convertida en eje de acero de todo su cuerpo. Este japonés solo en el tejado es todo el universo.

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19 de diciembre de 2007

Poderoso caballero...

Tres cuestiones ante Gadafi

La primera pregunta es: si Libia no tuviera petróleo, ¿Gadafi habría recibido tantos honores en España? Y por cierto: ¿los habría recibido también antes en Francia? Como el interrogante es puramente especulativo, porque Libia tiene petróleo y otros recursos naturales, dejémoslo en una duda con la siguiente pista: otro sátrapa africano, el de Zimbabue, acaba de ser objeto de menosprecio por parte de los demócratas europeos. Parece evidente que hay alguna diferencia de trato entre los dictadores ricos que vienen con inversiones bajo el brazo y los que no tienen nada que ofrecernos.

La segunda pregunta es: si el Partido Popular se irritaba tanto por las buenas relaciones del Gobierno de Zapatero con Hugo Chávez y su régimen, ¿por qué no ha protestado absolutamente nada por los agasajos que se ofrecieron al libio? ¿Es que hay dictadores que merecen simpatía y otros no? ¿Por qué Chávez irrita a la derecha, a pesar de ser de nuestro ámbito histórico y cultural, y Gadafi es bien visto en ese sector ideológico? Ay, amigos: porque Gadafi es muy listo y tuvo la agudeza de invitar a cenar en su jaima a José María Aznar. Y claro: no está bien que Aznar sea el convidado excepcional y su partido se ponga a zurrar a su anfitrión. La política es así de vulgar.

Y la tercera pregunta es más complicada: ¿hizo bien el Gobierno español en cumplimentar a Gadafi como lo hizo, con escándalo de parte de los demócratas de este país? En eso no valen principios ni ideologías. Lo que cuenta es el interés económico y estratégico. Podemos rasgarnos las vestiduras por los honores rendidos. Pero la diplomacia, para estos casos, tiene una solución muy ensayada: se negocia lo que haya que negociar y después, en los brindis y discursos oficiales, se hace una invocación a la libertad y a los derechos humanos, y se deja la conciencia muy tranquila. Incluso el orador demócrata, rey o jefe de Gobierno, recibirá elogios de la prensa por su valentía. No sirve para nada, pero se ha quedado bien. De eso se trata.

Así que, ante Gadafi, lo importante era salvar la relación de vecindad, y se ha salvado. Se trataba de dar aire a un dirigente que hace 35 años que no convoca elecciones, ni parece que tenga intención de hacerlo, pero se está abriendo a Occidente y, tal como está el patio en el mundo musulmán, es todo un avance. Y se trataba de aprovechar las oportunidades de negocio que ofrece un país que quiere modernizar sus estructuras, y se han aprovechado: se habla de inversiones de 11.500 millones de euros.

Y al final, despreciamos al ideólogo y sus manías, pero le damos tratamiento de terrorista arrepentido. Y con petróleo. El refrán podría ser este: «Más tira un barril que 38 años de pasado vil».

Autor:
Fernando Ónega
Fuente:
LA VOZ DE GALICIA