Me siento tan alejada de estos tiempos de amor de pantalla, que me colocaría en una de esas vitrinas de los años ochenta decoradas con figuritas de porcelana que se juntan para besarse, con morretes mucho más naturales que los de las celebrities que rondan ahora por las fotografías compartidas. Recuerdo cuando era pequeña. Me gustaba colocarlas del revés o besando a otras figuritas de la estantería... Sus labios no se unían con tanta perfección pero a mí me hacían gracia esos juegos un tanto crueles. El desamor, por lo visto, se piensa desde bien joven. Se tiene presente de alguna manera, incluso aunque no se haya sufrido como mandan los cánones. Sin la fuerza del desamor, el amor, tal y como lo conocemos, no sería posible.
¡Y qué hermosa esa madurez del amor! Cuando no necesitas demostrar nada a nadie por orgullo o dinero. Cuando no te importan los juicios ajenos. Cuando puedes despertarte junto a la persona amada con un grano en la punta de la nariz y reírte con ella de esa pequeña desgracia cotidiana.
Esa madurez del amor que convierte al otro en FAMILIA. Esa madurez que sólo se consigue superando baches, agujeros negros en ocasiones, momentos íntimos compartidos de toda índole.
El tiempo...ese gran amigo y ese gran enemigo de las relaciones a dos. La clave está en saber gestionarlo y en quererse. Quererse mucho.
¿Y si no tienes pareja? me preguntan...
Si no tienes pareja, quedan tantas cosas también...
¿Y si no tienes pareja? me preguntan...
Si no tienes pareja, quedan tantas cosas también...
