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17 de abril de 2013

Una serie de retratos y una canción...















 


Para olvidarnos de realidades que no merecen la pena.
Todos me han llamado la atención por algo.
He aquí la fuente de las fotografías. Y sobre la canción...pinchad aquí.
¿Con qué retrato os quedáis?....

8 de marzo de 2013

Los fotógrafos que he conocido (IX): La mirada ausente y Cristal rasgado de Ñoco...


Creo que uno de mis primeros contactos blogueros con el Camino vino de Ñoco. Justo antes de comenzar a andar. Ahora siempre lo asocio a esta aventura que, si uno quiere, no tiene fin...el fin lo ponemos nosotros, como de tantas otras cosas que no debieran acabarse nunca e injustamente relegamos...






La mirada de Ñoco es realmente especial. Me habría traído todos sus blogs al mío pero no tiene sentido, por lo que os invito a dar un paseo por esos saloncitos cargados de buen trabajo, de buen placer...




Yo suelo decir que sus fotografías son mágicas porque me transportan casi siempre a otros lugares que parece he pisado alguna vez. Me recuerdan muchas veces a mi infancia, al aroma de aquellos rincones frescos tras la tormenta, tras la calma, a esa naturaleza que tantas veces añoro...




Y los retratos....¿qué se puede decir de los retratos y sus detalles?...mejor verlos, admirarlos...


ACLARACIÓN: Me indica Ñoco que esta fotografía no es suya, sino que pertenece a una bloguera que colaboró con él en esta entrada. Se llama Esmeralda. Mis felicitaciones desde aquí también para ella. Gracias, Ñoco.








CRISTAL RASGADO

LA MIRADA AUSENTE

3 de marzo de 2013

Virxilio Viéitez y su retrato de Galicia...








El fotógrafo que nació en Galicia, que está en Madrid ahora en forma de "su obra". No os podéis perder su trabajo si os gusta la vida y sus escenas, sus escenarios, y Galicia...

Dice Carlos Osorio en su blog "Caminando por Madrid":

Si Virxilio Vieitez hubiera vivido en Arkansas, sería un mito de la fotografía, pero como era de Pontevedra, pues su obra tendrá que recorrer un largo camino para ser reconocida.

Saber más sobre esta exposición.

Y más...

La mirada fotográfica

12 de diciembre de 2012

Lo vi en Madrid



Entré en el Museo y me miró con una sonrisa tan simpática que no pude evitar fotografiarlo. No me gusta la moda pero sí me llamó la atención esta exposición a la que no habría asistido si no estuviese la de retratos al lado. 

A veces una se sorprende.

Feliz tarde, navegantes.

P.D.: Os dejo de regalo dos de los retratos que tuve la oportunidad de ver...Más adelante, pondré más. Apunté los que me gustaron especialmente...


La marroquí, de John Currin (2001)

Chaïm Soutine, El botones, [1925] © Centre Pompidou

9 de octubre de 2012

Pues entonces...sigo con las fotografías...











Fuente


Me pierdo con los retratos con fuerza...
Vaya si me pierdo.
Y es que no soporto esta actualidad que nos rodea.
No la soporto.
Enriquecen tantas cosas.
Que me quedo con éstas.
Abrid los ojos.
Dejad que os lleven a lo más profundo...
Eso es la vida.
Nada más.
Nada menos.

7 de octubre de 2012

Creo que sigo con la testosterona...









Y es que, tal y como están las cosas, apetece olvidar tantos sucesos que ocurren alrededor, que aburren soberanamente, que huelen a chamusquina.

Prefiero escuchar música y seguir disfrutando del Arte.



4 de julio de 2012

De retratos...

 Esta vez no hablaré de retratados ni retratistas de la farándula que nos maneja con más o menos torpeza. Simplemente, dejo aquí unos retratos que me parecen diferentes. A ver si os gustan...o no...
Ojalá fuesen míos pero se trata de un fotógrafo ruso. Abajo cito la fuente.
Quizá algún día lo consiga. Mientras tanto, disfrutando de tantas buenas fotografías...












Fuente de las fotografías

10 de abril de 2011

Ya no se habla de humos...

Fuente de la fotografía

O por lo menos de esos humos que frenaban la visión en los pubs nocturnos, que nos escondían la supuesta belleza de los que teníamos enfrente...

Con dificultad para respirar bebíamos con la ilusión de olvidar los males de la semana, los vacíos de la vida que fluye sin cesar. Con dificultad para respirar movíamos nuestros cuerpos al son de una música que ya no conocíamos, que ya no deseábamos conocer. 

Allí se encontraban los otros humos también en forma de diálogos, de monólogos incluso, por el escaso interés que suscitaban entre las sombras de la vieja sala de música que ya vio a varias generaciones pisar su suelo de madera crujiente.

Hubo un momento en el que me pareció verle tras el cristal. Pasó tan rápido que la visión que ha permanecido en mi mente desde entonces ha sido la de su retrato pintado. Quizá no fuese él. Quizá nunca lo fue.

17 de septiembre de 2010

Y otro concurso campurriano (de arte)...

 

Casi sin buscarla aparece y me estoy refiriendo ahora a la belleza. El retrato pintado es una de las temáticas más atrevidas por la dificultad que entraña. Se pueden ver tantas cosas en sus ojos que parecen tan reales como los que pasean fuera. Observo ahora la expresión de la muchacha, el colorido del cuadro, la composición armoniosa tan dulce, tan delicada. Me ha encantado y lo comparto con vosotros.


¿Qué os parece?...
¿Conocéis al artista?...
¿Alguien se atreve?...

25 de agosto de 2010

Velázquez, Rembrandt, Frans Hals y Pieter Codde...



La ronda de noche
Rembrandt

1642


De estas tres obras, me falta por ver La ronda de noche y espero poder tenerla enfrente muy pronto. Ahora, con esto de las exposiciones itinerantes, nunca se sabe qué es lo que se va a encontrar uno en los museos elegidos. De hecho, acercar el arte a todos los públicos es sin duda un gran adelanto digno de aplauso. De muchos aplausos. El segundo cuadro, de Frans Hals y Pieter Codde, lo pude ver en el Prado por ser una de las "obras invitadas".

Dejo aquí un artículo que me ha parecido interesante.

¡OJO! NOTICIA DEL 5 DE OCTUBRE DE 2008

Rembrandt, el cronista del pincel

Fue un maestro en el uso de la luz y el color. Una exposición en el Museo del Prado repasa ahora una faceta peculiar del pintor: la de narrador de historias y estados de ánimo. Casi acción cinematográfica.
Rembrandt van Rijn, uno de los grandes genios de la pintura, tuvo entre sus muchos dones uno que marcó su vida: la oportunidad del nacimiento. Cuando el noveno de los diez hijos de un acomodado molinero vio la luz en Leiden, el 15 de julio de 1606, la ciudad se reponía de una dura guerra y acababa de unirse a las Siete Provincias Unidas, la nueva república que se sacudió el dominio de España. La ciudad medieval se había convertido en la meta de los refugiados valones y flamencos del sur, atraídos por la prosperidad calvinista y el comercio de la lana, y aún recordaba con trauma el sitio al que la sometieron los españoles en 1573. Hoy, cada 3 de octubre se recuerda con pan y arenques la comida de los resistentes, el final de aquel asedio.
Fue también la suerte la que condujo a Rembrandt hasta Pieter Lastman, el mejor pintor de temas históricos en Amsterdam. Pero el golpe decisivo que le proporcionó el azar fue conocer a Constantin Huygens, uno de los secretarios al servicio del príncipe de Orange -entre sus ocupaciones figuraba descifrar los mensajes interceptados a los tercios españoles en Flandes-. Huygens, hombre cultivado, acariciaba la idea de descubrir pintores para la nueva corte tal como había visto en Italia, París y Londres. Su deseo era encontrar a alguien parecido a Rubens, el gran pintor que para los nuevos regidores holandeses sólo tenía un defecto, estar al servicio de los católicos Austrias. El secretario buscaba un artista que convirtiera a los príncipes en dioses y las batallas en gestas heroicas. El destino quiso que ese hombre fuera Rembrandt, el hijo del molinero de Leiden, el Shakespeare de la pintura holandesa, el mago de la luz y el color.
'Rembrandt, pintor de historias' inaugura la temporada de exposiciones temporales en el Museo del Prado. Alejandro Vergara, historiador del arte, jefe de conservación de pintura flamenca y escuelas del norte del museo y comisario de la muestra, comenta el reto que representa mostrar la obra de un pintor del que se conoce casi todo: "Quiero transmitir la idea de una mirada peculiar de un artista. Rembrandt utiliza la historia en sus cuadros para dar su visión de la vida. No es ortodoxo. Aunque cuente historias normales, su mirada sobre los seres humanos es peculiar, y cuando pinta historia, lo que hace es pintar estados de ánimo. Esta faceta es una forma de vincularle con toda la tradición de pintura histórica que atesora el Prado". Serán 40 obras, de distintos museos, las que mostrarán los mejores momentos del arte narrativo de un pintor de producción limitada -315 cuadros en 63 años de vida.
Un hombre ataviado con turbante con pluma y capa de corte oriental. Así se introduce al espectador en la exposición. Es una de las muchas caras de Rembrandt, un artista obsesionado consigo mismo, aficionado a ver a los hombres como actores. A lo largo de su vida se retrató como mendigo, bufón, gentilhombre... los mil rostros del artista aparecen en sus autorretratos y en los personajes de sus figuras históricas. Adorable de joven, con el lado derecho de la cara en sombra y un peinado de rizos profundamente estudiados. Inquietante de anciano, con las mejillas hundidas y arrugadas. Siempre con una barbilla prominente y nariz chata que con los años se fue convirtiendo en rechoncha.
Contra lo que su vida y su aspecto de los últimos años pudieran hacer pensar, Rembrandt no fue un patán. Las Escrituras, la Biblia, eran la palabra de Dios en la República de Holanda en el siglo XVII, y el artista conocía bien aquellos textos. Fue educado con esmero, y posiblemente en la Universidad de Leiden, donde coincidió con su paisano Jan Lievens, el otro gran pintor de la época, se despertó su curiosidad literaria. Allí quedó registrado como "Rembrandus Hermanni Leydensis", y así firmaría sus primeras obras. Allí, Huygens fue el hombre clave para ambos en su pretensión de hacer de ellos los Van Dyck y Rubens protestantes: "Rembrandt es superior a Lievens en su pincelada firme y en la vivacidad de sus emociones; Lievens le supera en la sublimidad de sus conceptos y en el realce de los temas y formas", escribió. En su tarea de mecenas, Huygens les propuso a ambos viajar para completar su formación. Lievens aceptó y se fue a Italia; Rembrandt, en cambio, se mudó a Amsterdam, la ciudad a orillas del Amstel, plagada de comerciantes y dinero.
Rembrandt buscaba la textura física de la pintura, una obsesión durante toda su vida. Quería reflejar el lenguaje del cuerpo, las pasiones, los movimientos de las figuras, las expresiones de los rostros, los gestos. La acción en sus cuadros transcurre como en una película. Contemplar cualquiera de ellos es asistir al momento culminante de la acción aunque tuviera que elegir motivos brutales, como en El sacrificio de Isaac, e introducir elementos de suspense como el ángel que sujeta el brazo levantado de Abraham con el que pretende matar a su hijo. Un maestro de los recursos escénicos.
Otras veces refuerza la acción e introduce en la pintura escenas con diálogo, los gestos que acompañan a una conversación le proporcionan el movimiento que él quiere para sus historias. En ocasiones, una única figura cuenta la historia del cuadro con sus manos. Son ellas las que hablan al espectador.
En la primera sala de la exposición del Prado, algunas obras en las que se reflejan de forma admirable los sentimientos humanos: La lapidación de san Esteban o Cristo con los mercaderes en el templo, que, en palabras de Vergara, "son los cuadros de un pintor tratando de aprender a pintar emociones muy intensas. La lapidación... es el primer cuadro firmado de Rembrandt (1625), y ves a los personajes poniendo caras como si estuvieran delante de un espejo, que es lo que hace el artista cuando se autorretrata. Su obsesión es ser un narrador, pero ¿cómo cuenta un pintor?", se pregunta Vergara, "replanteándose las cosas, intentando aprenderlas para hacerlas de nuevo. Las caras son diferentes, los estilos también, incluso el tratamiento del color". Todos estos matices los observó Huygens el día en que pudo contemplar en el estudio del artista Judas devuelve los treinta denarios. Fue tanta su emoción que escribió: "Rembrandt concentra toda su deliciosa atención en los cuadros pequeños, pero en este pequeño formato se las arregla para alcanzar lo que en vano podría buscarse en las obras mayores de otros". El pintor de pinceladas gruesas supo también plasmar lo delicado, lo sutil, la luz. "Rembrandt, el pensador", exclamó Goethe al ver uno de sus grabados.
Cuando Rembrandt aún está aprendiendo a pintar, Rubens, "el príncipe de los pintores y el pintor de los príncipes", es el artista más famoso de Europa. Posee fama, dinero, honores. Es el espejo en el que todos se miran. "Hasta 1640, la meta de Rembrandt es alcanzar su forma propia de pintar aunque hay una especie de eco, Rubens, que está siempre presente en su obra". Para rastrear influencias y diferencias en la obra del artista, en la exposición del Prado colgarán telas de Rubens, Velázquez, Tiziano y Veronés, con la idea "de enseñar al espectador lo que vincula a este pintor con la gran tradición de la pintura europea". Sansón y Dalila (1636), posiblemente la estrella de la muestra, cierra la primera etapa de la carrera de Rembrandt. Es la apoteosis del barroco, "todo movimiento, energía, con líneas redondas y figuras en movimiento".
Amsterdam, entre 1635 y 1636, vivía la maldición de la peste. Mientras los ciudadanos cuidaban a los enfermos y enterraban a sus muertos, Rembrandt apenas salía de su estudio, pintaba compulsivamente, transformaba la historia sagrada en historias humanas. Susana y los viejos (1636), Bellona (1633), El rapto de Europa (1632), El banquete de Baltasar (1636-1638), Daniel y el rey Ciro ante el ídolo Bal (1633) evidencian el apogeo del artista como narrador. En aquellos negros años, su taller bullía. Houbraken, uno de sus discípulos, llegó a describirle como un hombre maniático, excéntrico, riguroso e inflexible, sometido a las maldades de los alumnos, que se mofaban de él y pintaban monedas en el suelo para que el maestro se agachara a recogerlas.
Unos años antes, un joven pintor de la corte española, Diego Velázquez, mostró ante el rey Felipe IV su gran cuadro de Las lanzas con la heroica defensa de Breda y la capitulación del holandés Justino de Nassau ante el español Spínola. En 1642, Rembrandt ha entregado su gran obra La ronda de noche, una composición espectacular cargada de figuras. Antes ha tenido que enfrentarse a otra tarea. Huygens le había encargado seis escenas de la Pasión para el estatúder (el hombre que controlaba el Gobierno de los Países Bajos). Rembrandt se empleó a fondo. Deseaba lograr algo distinto al Descendimiento de Rubens para la catedral de Amberes. Lo logró con su Ecce Homo vencido por el dolor, lejos del hombre triunfante del Renacimiento.
El pintor holandés humaniza las historias. Pone vehemencia, se embala narrando, retorciendo cuerpos; logra una acción cinematográfica. Los encargos de retratos se suceden. También los elogios a su obra. Saskia Uylenburgh aparece en su vida. Procede de una rica familia de la región de Frisia, es joven, con ojos candorosos. Él la corteja, la dibuja con dulzura. Se convierte en la Flora de sus cuadros. Son años de matrimonio plácido. Dibuja niños para paliar el dolor de la pérdida de los suyos, que se morían al poco de nacer, hasta que finalmente llegó Titus.
En 1942, la desgracia llama a la puerta de la casa de contraventanas rojas de Amsterdam. Saskia se consume por la tuberculosis y muere en junio de ese año. El dolor es inmenso, pero Rembrandt lo apacigua pronto metiendo en su cama al aya de su hijo Titus, Geertje Dircx, viuda a su vez de un corneta de Edam. La biografía de Rembrandt le muestra en esta etapa de su vida malévolo, amoral, inconstante. Cuando se cansó de Geertje, la llevó a los tribunales y consiguió internarla en una institución para mujeres desequilibradas. La joven ama de llaves, Hendrickje Stoffels, sustituyó al aya y le dio una hija, Cornelia, llamada así en recuerdo de la madre del pintor. A partir de ahí, la vida se le tuerce al ya famoso artista y la ruina se instala en su hogar. La segunda parte de la vida de Rembrandt ha comenzado.
A principios de 1640, Rembrandt se aparta del estilo colorista de las escenas históricas barrocas. Intenta centrarse en lo que quiere transmitir. Pinta poco, se recrea en la forma para transmitir el conflicto interior de sus personajes. Se dedica al grabado y estampa escenas sublimes, como Ecce Homo y Cristo crucificado entre los dos ladrones. Para Alejandro Vergara, el pintor está en su mejor momento: "Al final de su vida hay quietud y pintura, y poca cosa más. A partir de 1645 deja de mirar hacia atrás, hacia sus referentes. Es profundamente original. Va contra corriente porque en la pintura holandesa de ese momento está de moda el preciosismo tipo Vermeer. El resto de la exposición se centra en contar ese proceso, en cómo va deshaciéndose de lo accesorio. Rembrandt es un pintor de contenidos que al final se hace consciente de su lenguaje, se da cuenta de que trata de pintar más que de contar. Se para y reflexiona, comprende que en la pintura se va posando el pensamiento. Piensa en pintura".
Al final de su vida -morirá en 1669- busca la grandeza de espíritu. Trabaja en un cuadro monumental, La negación de Pedro (1660). En sus últimos años, todo lo que refleja en sus obras es sombrío. Su hijo Titus ha muerto y está lleno de deudas. Sus pinceladas se vuelven más bastas, la factura es descuidada, pero a la vez transmite más fuerza que nunca. Paradójicamente, en uno de sus últimos autorretratos se pinta muerto de risa con un aire de maldad en su rostro. Dicen que quiso emular a Zeuxis -el pintor griego tan realista que cuando pintaba uvas los pájaros se acercaban a picotearlas-, muerto de risa pintando. ¿Adivinanza o burla a la historia? La respuesta se la llevó a la tumba el gran Rembrandt.
Fuente: El País

¿De qué se ríe Rembrandt?

6 de julio de 2010

Miradas de mujer...

No olvidaré este retrato de una mirada. A ver si podéis contarme más cosas sobre la misteriosa mujer...

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Añado a día de hoy (7 de julio de 2010) una columna que menciona esta obra de 1883, titulada "Una desconocida", de Iván Kramskoi (1837-1887). Sin duda, atrae e intriga por esa expresión en el rostro con tanta fuerza....arrogancia, desprecio, incluso soledad...Creo que esta imagen ha sido protagonista de unas cajas de bombones rusos pero no estoy segura. Si encontrase estos dulces, los compraría para compensar tan duro sentimiento. He aquí una muestra de esa aparición de la mujer de paso firme que ya no se conforma con segundos o terceros planos.

Os dejo el artículo que he encontrado:

Encuentro sorpresivo con Ana Karenina

por Hugo Hiriart

Nueva York es cosa viva. Como todo lo vivo, muda. Como todo lo que muda, destruye y crea (que en esto consiste cambiar, algo viejo se destruye y algo nuevo se crea en su lugar). Así, cada vez que me ausento y regreso a la ciudad, me dispongo, a veces con cierta aprehensión, a levantar las actas de defunción. Esta vez cayeron muchos; los cierres que más me duelen, de cerca de mi casa, son el lugar que vendía revistas internacionales, la librería Applause, consagrada a teatro y cine, y la miscelánea Verdi, donde trabajaban mis amigos los Juanitos, buenas personas, indocumentados ambos, que hablaban entre ellos en náhuatl y cuyo paradero ignoro ahora por completo.

Las actividades siguen, sin embargo: en teatro, una divertida farsa con tres mimos ingleses (muy serios, como deben desempeñarse los payasos), o la película en la que un brillante Philip Seymour Hoffman representa a Truman Capote, despiadado y amoral, con un guión francamente deficiente. Esto entre otras muchas cosas, una de ellas, la exposición de arte ruso en el Guggenheim. De esta última quiero decir algunas cosas.

No puedo juzgar que fuera una mala exposición. Sólo por la redonda maravilla de los viejos iconos, uno de ellos, no el mejor, del célebre Andréi Rublev, valía la pena hacer el viaje. Los iconos, al mismo tiempo familiares y misteriosos, traspasados de inasible fervor.

O también figuraba en ella un cuadro realista de Surikov y otro del inmenso Ilya Repin, ese justamente célebre donde los boteros del Volga arrastran desde la orilla un barco y que ha venido a ser emblema del dolor del trabajo como opresión inhumana, casi como esclavitud.

Pero también estaba esperando por ahí, hermosa y vivaz, la gran Ana Karenina. Pueden verla en la ilustración, el cuadro de 1883 del pintor Iván Kramskoy. Este cuadro le trajo incontables problemas a Kramskoy, empezando porque el dueño de la galería donde él habitualmente exponía, que era algo así como su representante, juzgó que la mujer retratada, no identificada —el cuadro se titula "Mujer desconocida"— por el descaro de la mirada y el gesto, no podía ser una mujer decente, y era por tanto una prostituta, y se negó, por miedo a un escándalo, a exhibirlo. Y como reaccionó él, con esa gazmoñería, reaccionaron todos los demás burgueses. Parece mentira que una obra, de apariencia para nosotros tan inocente, haya sido objeto de estas apreciaciones adversas y condenatorias.

Sucede que por aquel tiempo Kramskoy había recibido la comisión de pintar un retrato del oso León Tolstoi. El conde estaba feliz, le había cobrado aprecio al pintor y conversaba largamente con él, mientras posaba o paseando por el parque de Yásnaia Poliana. Por aquellos días, Tolstoi batallaba escribiendo Ana Karenina, y en sus conversaciones le hablaba de la novela a Kramskoy. De suerte que el pintor, que trabajaba en el cuadro de la muchacha al mismo tiempo que en retrato de Tolstoi, insensiblemente fue poniendo en la muchacha del cuadro el atribulado encanto que muestra Ana en la novela. Y resultó esa maravilla de vivacidad que es el cuadro de la muchacha en el carruaje.

Tolstoi, por su parte, también retrató a Kramskoy: es un personaje de la novela, el pintor Mijailov.

En el cuadro, es notable la habilidad con que el pintor hace más claros los tonos de sepia del fondo que los del primer plano. El rostro de la muchacha nos parece a los espectadores del siglo XXI, más que descarado, arrogante. Ya nadie se atreve de pedir a una mujer una reserva modesta, un neutro segundo o tercer plano desde el cual atender las demandas del varón, y por tanto, ya no advertimos su descaro, pero sí la actitud retadora de alguien que se proclama, como esta muchacha en su gesto, difícil de contentar.

Fuente: Letras Libres

25 de mayo de 2010

20 de abril de 2010

La Duquesa de Alba


A raíz de la serie de Telecinco "La Duquesa" (debo reconocer), he aprovechado para leer algo más sobre esta familia que ha dado tanto que hablar a lo largo de la historia. Un inmenso patrimonio artístico, amoríos, extravagancias, matrimonios sin amor... Mitos y realidades que se mezclan para crear un entorno que parece recién salido de un cuento de niños para los que no son tan niños ya; un cuento de duquesas envenenadas, reinas malvadas, pintores enamorados, guerras, huidas, arte y más arte, chismorreos, bailes tradicionales, vida social, lucha por mantener grandes colecciones...

A veces pienso que es una desgracia tener tanto. Parece que se relaciona, en muchas ocasiones, con no tener lo más importante.


Si hoy día la aristocracia ocupa las portadas de las revistas el corazón, en el siglo XVIII los denominados "Grandes de España" copaban el protagonismo de los retratos. Un elemento común a las gentes de recio abolengo es que, tanto hoy como entonces, centraban gran parte de las habladurías del pueblo.

María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo es el interminable nombre de la protagonista de este lienzo. Esta mujer, hija de destacados personajes de alta alcurnia, heredó por derecho propio, tras la muerte de su marido, el Ducado de Alba y que precede en cinco generaciones a la actual Duquesa. Considerada la primera dama española tras la Reina, Francisco de Goya la retrató al poco tiempo de haber sido elegido Director de la Academia de Pintura de Madrid. En este primer cuadro —en 1797, dos años más tarde volvería a pintarla— quiso representarla como correspondía a su destacada posición social.
Posando sobre un fondo difuso, con un perrito faldero a sus pies y un inmaculado vestido blanco, la figura de la duquesa centra toda la atención del observador. Unos pendientes de oro, la banda de seda roja ciñendo la cintura, un brazalete con las iniciales S y T (Silva y Toledo, sus apellidos) y el collar de doble coral son los lujosos pero discretos detalles que completan su atuendo. Tan sólo un gesto distrae la mirada de quien contempla esta obra y es la mano derecha de la protagonista, que señala directamente al suelo de arena donde se puede ver la firma con el nombre del artista y la fecha de realización. Una tímida señal que ha dado lugar a lo largo de la Historia a innumerables habladurías acerca de la relación entre el pintor y la aristócrata. Y que fue alimentada cuando dos años después volvió a retratarla en una postura similar, esta vez vestida de negro, a la manera goyesca, y señalando el mismo suelo en el que añadió la expresión "Siempre Goya".
Lo cierto es que el retrato lo ideó Goya para ser expuesto en pareja junto al que también realizó al Duque de Alba, esposo de Teresa Cayetana y que moriría un año después. Se calcula que pudo pagar por él unos 15.000 reales ya que ésta era la cantidad que solía recibir el que fuera pintor de la Corte por sus encargos, que suponían su principal fuente de ingresos. El lienzo pasó desde entonces a formar parte de la colección de arte particular del Ducado de Alba —la segunda más importante tras la de los Reyes de España— y cuelga actualmente de las paredes del Palacio de Liria, una de las residencias de esta familia en Madrid. Por comparación, se puede afirmar que en la actualidad la Duquesa de Alba tiene un valor de 25 millones de euros, cantidad que el Estado desembolsó en el año 2000 por el cuadro de la Condesa de Chinchón, también de Goya y propiedad de los Alba.
Pero quizá lo más valioso de esta tela es algo tan inmaterial, y difícil de tasar, como los secretos y leyendas que se han ido forjando en torno a la relación entre la imponente dama y el pintor aragonés. Tras la muerte del Duque de Alba los rumores y las malas lenguas se desataron. Al parecer, y como mandaba la tradición española, la reciente viuda se retiró a su residencia estival de Sanlúcar de Barrameda donde el artista pasó con ella algunas semanas.
Lo que se puede denominar coqueteo había comenzado unos años antes, en concreto a principios de la década de 1790, cuando ambos fueron presentados por la Duquesa de Osuna. Ilustrativa es una de las cartas que Goya escribe a su amigo Martín Zapater, funcionario local y la primera persona que coleccionó con desmesurado interés sus obras. Al parecer, la Duquesa se colaba en el estudio del pintor para que éste, en vez de pintarla sobre un lienzo, le maquillara la cara: "Por cierto —relataba al respecto de esta curiosa afición un Goya fascinado— que me gusta más esto que pintar en lienzos".
No es de extrañar que el ya por entonces cincuentón artista se sintiera atraído por esta mujer. De ella se han escrito ríos de tinta. Sobre su personalidad, adelantada para la época, su interés por la cultura como protectora y mecenas de artistas, sus extravagantes maneras y, sobre todo, se ha hablado de su belleza. Diversos testimonios de la época lo avalan. En primer lugar las palabras de la viajera inglesa Lady Holland demuestran la buena reputación popular de la dama. De ella comentó al volver a su Inglaterra natal que "poseía belleza, popularidad, gracia, riqueza y nobleza". Más explícito es el testimonio de Fleuriot de Langle, en este caso francés y que tras visitar nuestro país dejó escrito sobre la joven duquesa: "No tiene en la cabeza un cabello que no despierte el deseo".
Por el contrario, sus constantes devaneos con caballeros y sus extrañas manías también dieron lugar a una corriente de opinión opuesta a su figura. La reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, encabezaba esta cruzada, se dice que ambas competían por los favores del apuesto Juan Pignatelli. En una misiva al primer ministro Godoy la soberana española se refería a ella como "la Alba, tan loca como en sus verdores primeros".
Con buen o mal recuerdo, el asunto es que la mujer que posó para esta tela no dejó indiferente a ninguno de sus contemporáneos. El mito siguió alimentándose con el paso del tiempo y todavía se publican numerosos libros sobre su biografía amorosa, su castigada personalidad por el hecho de ser estéril e incluso sobre su muerte (historiadores quedan que aseguran que fue envenenada a raíz de una conspiración de la reina). Duquesa, amante, mecenas o madre frustrada, Francisco de Goya vio en ella todas esas facetas y muchas otras que nacieron del sentimiento de admiración, convertido a veces en idolatría, que tenía por ella.
Fuente: MAGAZINE DE "EL MUNDO"