El año 2017 tiene una oportunidad muy buena para mejorar al pasado 2016, que algún que otro disgusto nos ha dado a nivel país, a nivel sociedad.
Las despedidas no lo son tanto si nos arrejuntamos todos un poquito, si nos damos calor, si nos dedicamos tiempo para comprendernos, para escucharnos con la calma de la ausencia de pantallas brillantes e interferencias inútiles que dejan que el valioso momento se difumine.
Yo ya tengo mis propósitos para el año nuevo y no son nada fáciles. ¿Cuál es el problema? Pues eso. Que no son nada fáciles porque Campurriana tiene una mente que baila entre deseos contrapuestos. No sé si me explico. No sé si es posible explicarme a mí misma de alguna manera.
Os echo de menos. Echo de menos este rinconcito que tengo un tanto abandonado. Se debe también a mis nuevos hábitos de vida, a mi alejamiento del pc casero y a mi acercamiento al móvil. Un mundo en mis manos que se desmorona cuando el tiempo se escapa entre los dedos con una rapidez casi insultante... Cuando dejo de leer historias de Manhattan por leer a la Barbijaputa, por poner un ejemplo gráfico. Cuando dejo de leer a mi amigo Ojeda por leer al marido de La Pedroche o a la mujer del cocinero más famoso del mundo en las redes sociales.
Y sí. Estoy ahí por algo. También quiero estar. Quiero estar en tantos lugares que hago la vida aún más veloz y me asusta mucho la velocidad.
Por eso, navegantes del saloncito, he decidido escapar al monte siempre que puedo. Es lo único que me detiene un poco, que me tranquiliza, que me calma. Esos senderos que se dirigen a la serenidad tan deseada.
Y esa serenidad es la que os deseo este año 2017. A todos los que pasáis por aquí. A los que habéis pasado y pasaréis.
Y un recuerdo especial a Ripley.
