He vuelto al cine de butacas. Al gran cine de sonidos que llegan y atormentan desde un lado y otro de la gran sala, y desde ambos a la vez. Crujir de hojas y de sentimientos. Frío. Hielo. Mucho calor a veces. He regresado a ese mundo que antes de la pandemia me encantaba y casi llego a olvidarme de él con todos estos meses que nos han pasado por encima. ¡Con lo que me gustaba a mí el buen plan de una buena película antes de retomar el camino de vuelta con las meditaciones planteadas!
Y he regresado por la puerta grande. Otros salen por la puerta grande pero yo, en cambio, he entrado. A ver una buena película. Una historia que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en los lugares más pequeños y grandes de nuestro rural. Del rural de todos y de nadie. El cruel rural como la cruel naturaleza que araña poco a poco hasta hacernos desaparecer. A todos. A los que están ya desde hace generaciones y generaciones. Y a los que llegan con una idea bajo el brazo.
No me pongo en el lugar de ninguno. Aquí, como en las diferentes guerras de la vida, no hay ni buenos ni malos. Sólo hay circunstancias.
