Frase leída en la presentación de un libro de tapas blandas de José Saramago que encontré, curiosamente, en una gran superficie entre pañales y televisores. Desde allí gritaba en silencio sus verdades (me repatea, por cierto, eso de mi verdad, tu verdad y la verdad del vecino)...
Dice también así:
"Un mundo en rápido proceso de extinción, otro que crece y se multiplica como un juego de espejos donde no parece haber límites para la ilusión engañosa"...
Es cierto: No cambiaremos de vida si no cambiamos la vida.
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10 de noviembre de 2011
25 de mayo de 2011
Un artículo de José Saramago muy de actualidad: Este mundo de la injusticia globalizada
Creo que merece la pena leer este artículo.
Sobre todo, AHORA (en los días que corren, me refiero...)
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| Fuente de la imagen |
TRIBUNA: JOSÉ SARAMAGO
Este mundo de la injusticia globalizada
JOSÉ SARAMAGO 06/02/2002
Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían.cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.
Fuente: EL PAÍS
22 de octubre de 2010
La caverna, de Saramago.
Hoy me he comprado este libro. Quería conocer más de un hombre que tenía algo que decir y lo demostró a lo largo de su vida en muchos pensamientos esparcidos.
Dicen que La caverna habla de un modo de vivir que cada vez va siendo menos el nuestro y se mencionan, entre tantas cosas desaparecidas, los sentimientos que se tornan en sus contrarios en los días que respiramos. Quizá hoy también lo desaparecido o a punto de desaparecer tuviese y tenga sentido, y lo que no lo tiene es que haya sido sustituido en muchas ocasiones por algo que nos aporta menos, por algo que no nos aporta nada o por algo que, simplemente y tristemente, nos hace peores.
Pues sí. Campurriana es una nostálgica.
19 de octubre de 2010
La despedida que no le hice...
Saramago se fue este año y no le dediqué una entrada especial. Lo despedí, creo recordar, en algunas líneas de alguna entrada realizada en momentos "liados". Debo reconocer que no he leído ninguna de sus obras; no así algún artículo y escuchado alguna entrevista, algunas palabras inteligentes que sonaban fuertes en el vacío de las conversaciones que llenan el mundo, que lo deterioran sin remedio...
He querido hacerle este pequeño homenaje con unas palabras que en su día dedicó a Don Gonzalo Torrente Ballester. Juntos los imagino como un torrente de conversaciones interesantes. ¡Me gustaría tanto haber estado allí, agazapada tras los sofás de palacio!...
EL SONIDO DEL SOL AL CAER EL MAR
Entré en la obra de Gonzalo Torrente Ballester por su puerta mayor: La saga/fuga de J. B. Mi primera reacción al leerlo, sólo comparable a la que me había causado el Quixote, fue que un libro así no podía existir. A su lado todo me pareció pequeño, insignificante, innecesario, hasta el punto de llegar a decir más tarde que de buena gana daría dos o tres novelas mías a cambio de ser el autor de una obra que considero genial desde cualquier punto de vista que se analice. Cuando en los años ochenta, en Lisboa, pude conocer personalmente a Torrente Ballester esperaba encontrar a un titán, un atlante, una especie de San Sebastián capaz de llevar sobre los hombros el mundo entero. Era todo eso, pero no estaba a la vista. Tenía frente a mí a un hombre precozmente envejecido, medio ciego, bajo, con el cuerpo ladeado, una figura desconcertante que inmediatamente se reveló como el más agudo de los conversadores, sarcástico, brillante, de réplica instantánea como sucedió una noche en Faro ante un auditorio tan numeroso como fascinado. A uno de los presentes, supongo que español, se le ocurrió preguntar: “Don Gonzalo, ¿usted cree en Dios?”. La respuesta fue fulminante: “¿Y a usted qué le importa?”. Tuve todas las razones para ser amigo de Torrente y creo que él fue mi amigo, aunque a la manera un poco distraída con la que pautaba sus contactos con los demás y que creo es también una característica de los gallegos en general. Un día, estando en Lisboa, recibo una carta de una editorial francesa, Actes Sud, en la que se me invitaba a escribir un prefacio para la Saga/fuga. Aún hoy no sé por qué pensaron en mi persona para tan delicado trabajo. No tenía ninguna relación con el editor, ni personal ni profesional, pero la carta no dejaba dudas, venía dirigida a mí y me pedía que escribiese sobre Torrente Ballester. Tal vez nunca, hasta ese momento, había sentido con tanta intensidad lo que significa la responsabilidad de escribir. Me atreví a dejar de lado los habituales tópicos valorativos (falsamente valorativos, diría yo) y me lancé en los brazos de la imaginación. Imaginé, al contrario de lo que parece haberse señalado hasta la consumación de los siglos, que Alonso Quijano no enloqueció, antes dio lugar al otro que él también era, imaginé que la multiplicación de identidades que encontramos en la obra de Pessoa por la construcción de los heterónimos tiene una correspondencia clara en el equilibrio compensatorio establecido entre José Bastida y los semipersonajes que son el elegantísimo inglés Mister J. Bastid, el romántico portugués José Barbosa Bastideira, el bien parecido francés Monsieur Joseph Bastide y, finalmente, el imponente Joseph Petrovich Bastidoff, ruso y anarquista. Acabé el prefacio sentando a Gonzalo Torrente Ballester en un lugar al lado de Cervantes. Y el texto allá se fue para Actes Sud. Curiosamente, Gonzalo y yo nunca hablamos del asunto. Tiempo después, en un congreso en Santiago, leí lo que había escrito y me pareció, por los pequeños movimientos afirmativos de la cabeza, que a Torrente le estaba gustando lo que oía. A partir de ese momento nos volvimos más cercanos. Les visitamos, a él y a su incomparable Fernanda, en La Romana, después fueron ellos a Lisboa, a nuestra casa, y, un recuerdo que nada podrá apagar, estuvimos con ellos, Pilar y yo, en Roma, en la entrega del Premio Unión Latina, fue el extraordinario discurso en el que Torrente habló de los soldados romanos que cada tarde iban a Finisterre para oír cómo el sol caía en el mar. Podía haber sido el principio de la internacionalización de la obra de Torrente Ballester, pero el peso del pasado, esa supuesta y nunca suficientemente aclarada adhesión al franquismo, habrán dificultado la penetración de sus libros en la arena internacional. Otro encuentro inolvidable ocurrió en Santiago con Salman Rushdie y Jorge Amado. Acababan de estar Gonzalo y Fernanda en Lanzarote, que a uno y a otro les deslumbró, los encuentros con amigos nuestros de aquí, las cenas, las comidas, las largas conversaciones, la perra Greta, que se prendó de amor de Gonzalo. Después vino la enfermedad, las preocupaciones de todos nosotros por su estado de salud, que se fue agravando poco a poco, hasta el desenlace. Acompañamos el cortejo fúnebre a pie, como toda la gente, hasta el cementerio de Ferrol, donde la música de Negra sombra hizo la guardia de honor al descenso de Torrente Ballester a la tumba. Se había apagado la luminosa sombra de Gonzalo, había comenzado la sombra melancólica de la memoria. Hasta hoy y para siempre.
He leído alguna entrevista y dejo aquí una de sus respuestas; la respuesta que habla de un mundo pésimo, de un mundo que no le gustaba...
P. Se estrecha la cultura y se ensanchan las desigualdades.
R. No sólo las desigualdades entre ricos y pobres, sino entre los que saben mucho y los que saben poco, y cada vez saben menos. La ignorancia se está expandiendo en el mundo de una forma aterradora. Hay una minoría que lo sabe todo y lo controla todo y una mayoría que sabe poco y cada vez sabe peor lo que cree saber. La educación, desde la escuela hasta la Universidad, es un desastre, es una fábrica de producir ignorantes. En el fondo es un problema de redistribución de la riqueza.
Pues sí...
25 de junio de 2010
Resacas de San Juan
Fuente de la fotografíaLo cierto es que estos días me he evadido casi por completo de este mundo que se convierte en cenizas después de las monumentales orgías. Cuando hago un viaje lo disfruto antes, durante y después, por lo que sigo en ese estado de trance que me permiten estos dulces de la vida tan exquisitos, tan enriquecedores.
No por ello quiero dejar de despedirme de Saramago, sentirme consternada por la reciente tragedia del tren, saltar las cacharelas santiaguesas, disfrutar de las sardinas a la brasa sobre pan de maíz, avergonzarme de las imágenes de la playa de mi ciudad después de San Juan...
Me da pena el pensar que la gente sigue olvidándose de lo más importante. Observando la resaca de esta playa me vienen a la mente tantas y tantas cosas...
¡Qué triste!
30 de marzo de 2010
Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester en Ferrol
Lunes a sábados, de 12:00 h. a 14:00 h. y de 18:00 h. a 21:00 h.Domingos y festivos, de 12:00 h. a 14:00 h.
El autor de Los gozos y las sombras, en el centenario de su nacimiento, vuelve a la actualidad con la exposición “Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester”, que recorre la trayectoria vital y literaria del escritor a través de más de 200 piezas (muchas de ellas inéditas) entre manuscritos, libros, artículos de prensa, cartas, fotografías, cuadros, dibujos y diversos documentos y objetos que nos acercan a su iconografía personal. Descubre su auténtica personalidad e inquietudes en la Sede Fundación Caixa Galicia de Ferrol, hasta el 25 de abril.
"Ferrol me fecit [me hizo]", solía decir en latín. El particular universo de realismo y magia de Gonzalo Torrente Ballester (Ferrol, 1910-Salamanca, 1999) regresó ayer a su ciudad natal, en forma de exposición multidisciplinar que repasa los aspectos más desconocidos de su vida a través de objetos personales, fotos y manuscritos inéditos, cartas, grabaciones y discos que el novelista atesoró a lo largo de sus 90 años. Más de 200 piezas componen Los mundos de Gonzalo Torrente Ballester, que ayer abrió sus puertas en la sede de la Fundación Caixa Galicia de Ferrol, cuando se cumple el centenario del nacimiento del polifacético y prolífico escritor.
Profesor vocacional, ensayista concienzudo, crítico mordaz, guionista de cine, articulista precoz y eterno enamorado de Cervantes, Gonzalo Torrente Ballester fue, también, el padre de 11 hijos, esposo de dos mujeres y un leal amigo amante de los chistes y las habaneras que acostumbraba a silbar por los pasillos.
Reunir e interpretar su legado fue una tarea ardua en la que se implicaron durante todo un año el Ministerio de Cultura -a través de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales- y la Fundación Gonzalo Torrente, con la colaboración de la Xunta y el ayuntamiento ferrolano.
Esta muestra itinerante se estrenó el mes pasado en Salamanca, la ciudad que vio morir al escritor. En Ferrol, donde nació, comienza su periplo gallego hacia Santiago y Pontevedra, otras dos localidades que marcaron la biografía del "Señor de las palabras". A Torrente la fama de Los gozos y las sombras lo sorprendió pasados los 50, después de una vida dedicada a la enseñanza, oculto tras sus gruesas gafas de miope. Antes de coleccionar premios, don Gonzalo impartió clases de lengua y literatura en las mismas estancias donde ahora se exhiben sus teteras, maquetas de barcos y primeras ediciones de todas sus obras. La sede que Caixa Galicia transformó en su templo cultural en Ferrol fue antaño una cárcel y un colegio en el que Torrente enseñó "el arte de la lengua y el secreto de la literatura".
El Torrente más desconocido trazó su autorretrato sobre un papel, adoraba los fados de Amalia Rodrigues y las baladas de Yves Montand. Fotografiaba plazas y balcones con su vieja Minolta y dibujaba los escenarios que inspiraban sus novelas, como Santa Eulalia de Barallobre, por la que hacía correr a los personajes de La saga/fuga de J.B. Tachaba y corregía hasta la saciedad sus manuscritos, se pasó a la máquina de escribir y la cambió por el Macintosh de Apple en los 80.
"Soy un ilustrado, salvado o limitado por su creencia en las brujas", se definió el novelista, que se apartó de las modas y lamentaba no haber escrito en gallego. Carmen Becerra, de la Fundación Torrente Ballester, opina que esta frase resume la esencia de una obra que navega entre la superstición de la aldea gallega y el racionalismo militar de una ciudad cuadriculada y clasista. Torrente se crió en Serantes, una parroquia del extrarradio, y estudiaba en Ferrol. "Ese kilómetro de distancia eran siglos en realidad", explica Becerra. "Su obra, aparentemente fantástica, es absolutamente realista si se lee bien". Esta profesora universitaria, estudiosa de la obra de Torrente, lo conoció en el ocaso de su vida y lo recuerda como un "hombre simpático y miedoso, un humanista con toda una enciclopedia cultural en la cabeza que se reivindicaba como profesor sobre todas las cosas".
Al jubilarse, sus alumnos le regalaron una versión del Quijote escrita e ilustrada por ellos mismos que puede verse en la muestra, junto a la carta que Torrente envió a Manuel Fraga en 1968 para pedirle al entonces Ministro de Información de Franco que intercediese para frenar la censura contra su obra Off-side.
"Torrente tiene algo de prisma", explica Miguel Fernández-Cid, comisario de la muestra. "Hicimos un esfuerzo adicional por acercarnos a las diferentes facetas de un hombre leído casi exclusivamente como novelista", resume. La exposición repasa una vida "compleja, completa, rica y profunda". Está compartimentada desde el Torrente novelista hasta el guionista o melómano. Exhibe fotos inéditas de un Torrente interesado en las formas de la arquitectura gallega.
Además, hay un apartado audiovisual en el que pueden escuchase las reflexiones que él mismo grabó en su viejo magnetofón dando rienda suelta "a su vicio de toda la vida: hablar solo" y un documental de 36 minutos, GTBxGTB, que firma su hijo Luis con fragmentos de entrevistas e imágenes que repasan una vida tan larga como prolija.
Al centenario de Torrente también se suman otras voces cercanas al escritor como la del Nobel portugués José Saramago, su íntimo amigo, que lo sentó "a la derecha de Cervantes"; el presidente de la RAE, Víctor García de la Concha; el cineasta Imanol Uribe, que adaptó su rey pasmado; o la novelista Ana María Matute, entre otros. La muestra estará en Ferrol hasta el 25 de abril.
Espero ir a ver la exposición para acercarme a esos mundos de los que se habla también en esta isla. Os recomiendo su lectura por la sensibilidad con la que se tocan. De momento, deseo que me pique la curiosidad al salir de las salas para leer más sobre este hombre y de este hombre con inquietudes, llamado Gonzalo Torrente Ballester.
Ya os contaré...
De momento, y para ir adentrándome en la mente de este escritor-entre-otras-cosas, he querido conocerle un poco más a través de sus palabras..Interesante lo que comenta aquí Torrente Ballester sobre lo que es real, sobre lo que es verdad...
25 de marzo de 2010
"¿Saben por qué está de mal humor? Porque se mira al espejo"
Así reza el título de un artículo de hoy de El País, en el que se escribe lo siguiente, para que se hagan una idea los que no han leído la noticia, sin mucha importancia, lo sé, pero aun así la coloco en este país de las últimas cosas en el que caben todo tipo de personajes, personajillos, personas y bichos de todas las categorías:En esta ocasión, Berlusconi ha atacado a Mercedes Bresso, candidata de izquierdas en las próximas elecciones regionales. "¿Saben por qué la señora Bresso está siempre de mal humor? Porque cuando se levanta y se mira al espejo para maquillarse puede verse a sí misma, lo que le amarga la jornada", dijo Berlusconi en un mitin en Turín.
Si lo desean ustedes y no tienen otra cosa mejor que hacer, pueden seguir leyendo...
Buceando entre Berdusconis (como le llama una amiga mía) y Berlusconis, he encontrado esta columna escrita por José Saramago allá por el 6 de junio de 2009. La dejo aquí por si interesa a alguno de los navegantes...
LA COSA BERLUSCONI
No veo qué otro nombre le podría dar. Una cosa peligrosamente parecida a un ser humano, una cosa que da fiestas, organiza orgías y manda en un país llamado Italia. Esta cosa, esta enfermedad, este virus amenaza con ser la causa de la muerte moral del país de Verdi si un vómito profundo no consigue arrancarlo de la conciencia de los italianos antes de que el veneno acabe corroyéndole las venas y destrozando el corazón de una de las más ricas culturas europeas.
Los valores básicos de la convivencia humana son pisoteados todos los días por las patas viscosas de la cosa Berlusconi que, entre sus múltiples talentos, tiene una habilidad funambulesca para abusar de las palabras, pervirtiéndoles la intención y el sentido, como en el caso del Polo de la Libertad, que así se llama el partido con que asaltó el poder. Le llamé delincuente a esta cosa y no me arrepiento. Por razones de naturaleza semántica y social que otros podrán explicar mejor que yo, el término delincuente tiene en Italia una carga negativa mucho más fuerte que en cualquier otro idioma hablado en Europa.
Para traducir de forma clara y contundente lo que pienso de la cosa Berlusconi utilizo el término en la acepción que la lengua de Dante le viene dando habitualmente, aunque sea más que dudoso que Dante lo haya usado alguna vez. Delincuencia, en mi portugués, significa, de acuerdo con los diccionarios y la práctica corriente de la comunicación, "acto de cometer delitos, desobedecer leyes o padrones morales". La definición asienta en la cosa Berlusconi sin una arruga, sin una tirantez, hasta el punto de parecerse más a una segunda piel que la ropa que se pone encima.
Desde hace años la cosa Berlusconi viene cometiendo delitos de variable aunque siempre demostrada gravedad. Para colmo, no es que desobedezca leyes sino, peor todavía, las manda fabricar para salvaguarda de sus intereses públicos y privados, de político, empresario y acompañante de menores, y en cuanto a los patrones morales, ni merece la pena hablar, no hay quien no sepa en Italia y en el mundo que la cosa Berlusconi hace mucho tiempo que cayó en la más completa abyección.
Este es el primer ministro italiano, esta es la cosa que el pueblo italiano dos veces ha elegido para que le sirva de modelo, este es el camino de la ruina al que, por arrastramiento, están siendo llevados los valores de libertad y dignidad que impregnaron la música de Verdi y la acción política de Garibaldi, esos que hicieron de la Italia del siglo XIX, durante la lucha por la unificación, una guía espiritual de Europa y de los europeos. Es esto lo que la cosa Berlusconi quiere lanzar al cubo de la basura de la Historia. ¿Lo acabarán permitiendo los italianos?.
Algunos son irremediablemente incorregibles. Pero la mafia es la mafia...
Los valores básicos de la convivencia humana son pisoteados todos los días por las patas viscosas de la cosa Berlusconi que, entre sus múltiples talentos, tiene una habilidad funambulesca para abusar de las palabras, pervirtiéndoles la intención y el sentido, como en el caso del Polo de la Libertad, que así se llama el partido con que asaltó el poder. Le llamé delincuente a esta cosa y no me arrepiento. Por razones de naturaleza semántica y social que otros podrán explicar mejor que yo, el término delincuente tiene en Italia una carga negativa mucho más fuerte que en cualquier otro idioma hablado en Europa.
Para traducir de forma clara y contundente lo que pienso de la cosa Berlusconi utilizo el término en la acepción que la lengua de Dante le viene dando habitualmente, aunque sea más que dudoso que Dante lo haya usado alguna vez. Delincuencia, en mi portugués, significa, de acuerdo con los diccionarios y la práctica corriente de la comunicación, "acto de cometer delitos, desobedecer leyes o padrones morales". La definición asienta en la cosa Berlusconi sin una arruga, sin una tirantez, hasta el punto de parecerse más a una segunda piel que la ropa que se pone encima.
Desde hace años la cosa Berlusconi viene cometiendo delitos de variable aunque siempre demostrada gravedad. Para colmo, no es que desobedezca leyes sino, peor todavía, las manda fabricar para salvaguarda de sus intereses públicos y privados, de político, empresario y acompañante de menores, y en cuanto a los patrones morales, ni merece la pena hablar, no hay quien no sepa en Italia y en el mundo que la cosa Berlusconi hace mucho tiempo que cayó en la más completa abyección.
Este es el primer ministro italiano, esta es la cosa que el pueblo italiano dos veces ha elegido para que le sirva de modelo, este es el camino de la ruina al que, por arrastramiento, están siendo llevados los valores de libertad y dignidad que impregnaron la música de Verdi y la acción política de Garibaldi, esos que hicieron de la Italia del siglo XIX, durante la lucha por la unificación, una guía espiritual de Europa y de los europeos. Es esto lo que la cosa Berlusconi quiere lanzar al cubo de la basura de la Historia. ¿Lo acabarán permitiendo los italianos?.
Algunos son irremediablemente incorregibles. Pero la mafia es la mafia...
14 de junio de 2009
Desencanto
"Todos os dias desaparecem espécies animais e vegetais, idiomas, ofícios. Os ricos são cada vez mais ricos e os pobres cada vez mais pobres. Cada dia há uma minoria que sabe mais e uma minoria que sabe menos. A ignorância expande-se de forma aterradora. Temos um gravíssimo problema na redistribuição da riqueza. A exploração chegou a requintes diabólicos. As multinacionais dominam o mundo. Não sei se são as sombras ou as imagens que nos ocultam a realidade. Podemos discutir sobre o tema infinitamente, o certo é que perdemos capacidade crítica para analisar o que se passa no mundo. Daí que pareça que estamos encerrados na caverna de Platão. Abandonamos a nossa responsabilidade de pensar, de actuar. Convertemo-nos em seres inertes sem a capacidade de indignação, de inconformismo e de protesto que nos caracterizou durante muitos anos. Estamos a chegar ao fim de uma civilização e não gosto da que se anuncia. O neo-liberalismo, em minha opinião, é um novo totalitarismo disfarçado de democracia, da qual não mantém mais que as aparências. O centro comercial é o símbolo desse novo mundo. Mas há outro pequeno mundo que desaparece, o das pequenas indústrias e do artesanato. Está claro que tudo tem de morrer, mas há gente que, enquanto vive, tem a construir a sua própria felicidade, e esses são eliminados. Perdem a batalha pela sobrevivência, não suportaram viver segundo as regras do sistema. Vão-se como vencidos, mas com a dignidade intacta, simplesmente dizendo que se retiram porque não querem este mundo."
José Saramago
Leído en La mirada del mendigo
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