Sigo teniendo ese nudo en el estómago, en la garganta. Es un nudo que me ata a un pasado ya disuelto del que recuerdo tanto lo bueno como lo malo. Os aseguro que tengo presentes AMBAS caras de la moneda y aparecen, tanto la nostalgia como la ternura, y también la profunda tristeza que no se termina de marchar. No es que quiera regresar a este pasado pero sí que siento que algo hemos perdido y estamos perdiendo en esta evolución del ser humano.
Me pregunto hacia dónde camina esta sociedad en la que no me veo acomodada. Todo se ha vuelto tóxico si causa un mínimo fastidio. Ya no tenemos ni debemos soportar nada. Surge la duda, incluso, del sentido de la pareja, origen de todos los que vendrán detrás. Somos uno, uno más uno, uno más uno más uno.
Ningún peso a nuestras espaldas que provoquen los otros y mucha soledad vestida de diversos trajes, incluso de fiesta. Esta soledad última, la disimulada, es la más asfixiante de todas. Asfixiados pero felices. Las relaciones no llegarán a ser nunca duraderas. Las familias serán de quita y pon. El mundo líquido en el que nadamos, se agota enseguida de una adicción para pasar inmediatamente a la siguiente. ¿Para qué esperar si lo podemos obtener YA?
No existe el plato cocinado a fuego lento y con grumos. No hay calma, no hay reposo, no hay sosiego.
Esta entrada es una oda a los sinceros. A los sinceros a pesar de todo y de todos. Últimamente, nos movemos en una sociedad tan buena, tan buena, que realmente pone los pelos de punta por lo contrario.
A todos nos importan todos. Somos generosos, tenemos una conciencia social que no podemos con ella, vamos a gritar contra las injusticias de este mundo como si las sufriésemos todas en carne propia.
Que no. Que no me lo creo. Que no cuela. Que no todos somos tan buenos ni tan generosos.
Es fácil salir a gritar pero no es fácil actuar de verdad para evitar injusticias.
No es fácil tocarse el bolsillo por los demás; tocarse el bolsillo y las comodidades. Tampoco es fácil salir de esas intenciones políticas decoradas con colores varios o lacitos de diferentes tonos. No es fácil creer a muchos que se consideran injustamente tratados, y nada más lejos de la realidad.
No me gusta lo que veo. No me gusta esa hipocresía que se vuelve intolerante ante otras visiones menos amables de lo que nos rodea. Menos amables pero mucho más fundamentadas.
He necesitado escribir esto en el saloncito porque últimamente me siento un tanto decepcionada con lo que percibo en este sentido y, en cierto modo, me libera soltarlo por esta boquita.
Nunca me podría enamorar de un hombre políticamente correcto.
No está toda la sociedad aquí pero sí la que más grita. La más silenciosa también. La que sólo disfruta de la belleza de los despertares, de los atardeceres, de las viejas glorias, de la añoranzas de un tiempo mejor que pudo o aún puede existir.
Y es que me fascina Twitter. Me ha atrapado dulcemente, como bella y melosa telaraña, cubierta por las gotas de una fuerte tormenta que viene y se va mientras dura el mundo.
Me he escapado de esta red ya una vez, pero he vuelto a caer. Como la inocente mariposa que abre las alas frente a ella. Para luchar por esa verdad que considera universal y, sin embargo, no pertenece a todas las miradas que la observan.
Escribo esto mientras escucho la voz seductora de un hombre, que acaba de desaparecer entre halagos de este mundo efímero. Baila conmigo hasta el final del amor... Baila. Mi querido Leonard Cohen, que me dio a conocer mi tío cuando era una niña... ¡Qué mágicos recuerdos con su música de fondo!...
Hoy, en cambio, esas florecillas tuiteras de ayer por la muerte de uno que habitaba entre nosotros desde "siempre", se han convertido en verdaderas máscaras terroríficas con el fallecimiento de Rita Barberá. Y me da igual que se llame Rita Barberá o X. Me da igual si milita o ha militado en este partido o en el de más allá. Puedo aceptar la indiferencia ante una muerte, incluso algún cabreo interior por los actos supuestamente cometidos por tanto y tanto caradura. Puedo aceptar un sentimiento humano hasta cierto punto.
Pero no puedo aceptar la risotada, la alegría por la muerte de alguien que ni ha llegado a ser condenado por la Justicia. Todas esas imágenes terribles con el cuerpo aún caliente... Da miedo pensar que detrás de esas máscaras terroríficas se encuentran personas que caminan por la calle a tu lado, que entran en tu panadería, que compran en el mismo supermercado que tú y sonríen a la cajera... Da pavor y muchísima tristeza. Pavor, en realidad.
Mañana, Leonard seguirá cantando hasta el fin suavizando nuestros entornos tan limitados... Rita, de una u otra manera, seguirá siendo nuestra. De todos.
Y este baile, en el saloncito, les ha tocado bailarlo juntos. Curiosos caprichos virtuales y temporales. Muy curiosos...
Es verdad también; si me atrae Twitter, es por esa falta de censura que a veces criticamos o cuestionamos todos y cada uno de nosotros. La censura recortaría toda nuestra libertad y, con ella, una de las escasas maneras con la que aún nos permiten, no sin motivo, campar "a nuestras anchas" soltando opiniones, arrebatos, sentimientos sin fin...
Precisamente por ello, no deja de ser un escaparate de nuestras miserias más profundas. Miserias que conforman el estado de ánimo de un país grande que no se merece esto. Que no merece tales divisiones, tanta mala hostia retenida y sólo expuesta en estas grandes riadas infinitas.
Me sigue gustando Twitter, a pesar de todo. Por lo que he comentado. Por mucho más. Porque nuestras máscaras, con el pajarito azul, caen por su propio peso.
Desnudos, es cierto... no nos atreveríamos a decirlo tan abiertamente. No nos dejarían, quizá.
Yo, en cambio, sin la máscara campurriana, sigo apostando por expresar lo que siento. A costa de que me den el café y dos yoyas. Alguna vez ya me he buscado problemas sin pantallas por medio. Es inevitable cuando una se remueve por dentro si escucha algo que crispa, que duele.
Descanse en paz todo aquel que muera con la conciencia tranquila o sin ella.
Los castigos, estoy segura, los reciben en sus alcobas cada noche oscura que nos regala Dios.
Una columna de opinión que me ha parecido interesante. A ver qué os parece.
¿Por qué hoy no es posible la revolución?
Para descifrar la alta estabilidad del sistema de dominación liberal hay que entender cómo funcionan los actuales mecanismos de poder. El comunismo como mercancía es el fin de la revolución
Cuando hace un año debatí con Antonio Negri en el Berliner
Schaubühne, tuvo lugar un enfrentamiento entre dos críticas del
capitalismo. Negri estaba entusiasmado con la idea de la resistencia
global al empire, al sistema de dominación neoliberal. Se
presentó como revolucionario comunista y se denominaba a sí mismo
profesor escéptico. Con énfasis conjuraba a la multitud, la masa
interconectada de protesta y revolución, a la que confiaba la tarea de
derrocar al empire.La posición del comunista revolucionario me
pareció muy ingenua y alejada de la realidad. Por ello intenté
explicarle a Negri por qué las revoluciones ya no son posibles.
¿Por qué el régimen de dominación neoliberal es tan estable? ¿Por qué
hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan
rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente
abismo entre ricos y pobres? Para explicar esto es necesario una
comprensión adecuada de cómo funcionan hoy el poder y la dominación.
Quien pretenda establecer un sistema de dominación debe eliminar
resistencias. Esto es cierto también para el sistema de dominación
neoliberal. La instauración de un nuevo sistema requiere un poder que se
impone con frecuencia a través de la violencia. Pero este poder no es
idéntico al que estabiliza el sistema por dentro. Es sabido que Margaret
Thatcher trataba a los sindicatos como “el enemigo interior” y les
combatía de forma agresiva. La intervención violenta para imponer la
agenda neoliberal no tiene nada que ver con el poder estabilizador del
sistema.
El poder estabilizador de la sociedad disciplinaria e industrial era
represivo. Los propietarios de las fábricas explotaban de forma brutal a
los trabajadores industriales, lo que daba lugar a protestas y
resistencias. En ese sistema represivo son visibles tanto la opresión
como los opresores. Hay un oponente concreto, un enemigo visible frente
al que tiene sentido la resistencia.
El carácter estabilizador del sistema ya no es represor, sino seductor; es decir, cautivador.
El sistema de dominación neoliberal está estructurado de una forma
totalmente distinta. El poder estabilizador del sistema ya no es
represor, sino seductor, es decir, cautivador. Ya no es tan visible como
en el régimen disciplinario. No hay un oponente, un enemigo que oprime
la libertad ante el que fuera posible la resistencia. El neoliberalismo
convierte al trabajador oprimido en empresario, en empleador de sí
mismo. Hoy cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su
propia empresa. Cada uno es amo y esclavo en una persona. También la
lucha de clases se convierte en una lucha interna consigo mismo: el que
fracasa se culpa a sí mismo y se avergüenza. Uno se cuestiona a sí
mismo, no a la sociedad.
Es ineficiente el poder disciplinario que con gran esfuerzo encorseta
a los hombres de forma violenta con sus preceptos y prohibiciones. Es
esencialmente más eficiente la técnica de poder que se preocupa de que
los hombres por sí mismos se sometan al entramado de dominación. Su
particular eficiencia reside en que no funciona a través de la
prohibición y la sustracción, sino a través del deleite y la
realización. En lugar de generar hombres obedientes, pretende hacerlos
dependientes. Esta lógica de la eficiencia es válida también para la
vigilancia. En los años ochenta, se protestó de forma muy enérgica
contra el censo demográfico. Incluso los estudiantes salieron a la
calle. Desde la perspectiva actual, los datos necesarios como oficio,
diploma escolar o distancia del puesto de trabajo suenan ridículos. Era
una época en la que se creía tener enfrente al Estado como instancia de
dominación que arrebataba información a los ciudadanos en contra de su
voluntad. Hace tiempo que esta época quedó atrás. Hoy nos desnudamos de
forma voluntaria. Es precisamente este sentimiento de libertad el que
hace imposible cualquier protesta. La libre iluminación y el libre
desnudamiento propios siguen la misma lógica de la eficiencia que la
libre autoexplotación. ¿Contra qué protestar? ¿Contra uno mismo?
Es importante distinguir entre el poder que impone y el que estabiliza. El poder estabilizador adquiere hoy una forma amable, smart,
y así se hace invisible e inatacable. El sujeto sometido no es ni
siquiera consciente de su sometimiento. Se cree libre. Esta técnica de
dominación neutraliza la resistencia de una forma muy efectiva. La
dominación que somete y ataca la libertad no es estable. Por ello el
régimen neoliberal es tan estable, se inmuniza contra toda resistencia
porque hace uso de la libertad, en lugar de someterla. La opresión de la
libertad genera de inmediato resistencia. En cambio, no sucede así con
la explotación con la libertad. Después de la crisis asiática, Corea del
Sur estaba paralizada. Entonces llegó el FMI y concedió crédito a los
coreanos. Para ello, el Gobierno tuvo que imponer la agenda liberal con
violencia contra las protestas. Hoy apenas hay resistencia en Corea del
Sur. Al contrario, predomina un gran conformismo y consenso con
depresiones y síndrome de Burnout. Hoy Corea del Sur tiene la tasa de
suicidio más alta del mundo. Uno emplea violencia contra sí mismo, en
lugar de querer cambiar la sociedad. La agresión hacia el exterior que
tendría como resultado una revolución cede ante la autoagresión.
Cada uno es amo y esclavo. La lucha de clases se convierte en una lucha interna, consigo mismo
Hoy no hay ninguna multitud cooperante, interconectada, capaz de
convertirse en una masa protestante y revolucionaria global. Por el
contrario, la soledad del autoempleado aislado, separado, constituye el
modo de producción presente. Antes, los empresarios competían entre sí.
Sin embargo, dentro de la empresa era posible una solidaridad. Hoy
compiten todos contra todos, también dentro de la empresa. La
competencia total conlleva un enorme aumento de la productividad, pero
destruye la solidaridad y el sentido de comunidad. No se forma una masa
revolucionaria con individuos agotados, depresivos, aislados.
No es posible explicar el neoliberalismo de un modo marxista. En el
neoliberalismo no tiene lugar ni siquiera la “enajenación” respecto del
trabajo. Hoy nos volcamos con euforia en el trabajo hasta el síndrome de
Burnout [fatiga crónica, ineficacia]. El primer nivel del síndrome es
la euforia. Síndrome de Burnout y revolución se excluyen mutuamente.
Así, es un error pensar que la multitud derroca al empire parasitario e instaura la sociedad comunista.
¿Y qué pasa hoy con el comunismo? Constantemente se evocan el sharing (compartir) y la comunidad. La economía del sharing ha de suceder a la economía de la propiedad y la posesión. Sharing is caring, [compartir es cuidar], dice la máxima de la empresa Circler en la nueva novela de Dave Eggers, The Circle.
Los adoquines que conforman el camino hacia la central de la empresa
Circler contienen máximas como “buscad la comunidad” o “involucraos”.
Cuidar es matar, debería decir la máxima de Circler. Es un error pensar
que la economía del compartir, como afirma Jeremy Rifkin en su libro más
reciente La sociedad del coste marginal nulo, anuncia el fin
del capitalismo, una sociedad global, con orientación comunitaria, en la
que compartir tiene más valor que poseer. Todo lo contrario: la
economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización
total de la vida.
El cambio, celebrado por Rifkin, que va de la posesión al “acceso” no
nos libera del capitalismo. Quien no posee dinero, tampoco tiene acceso
al sharing. También en la época del acceso seguimos viviendo en el Bannoptikum,
un dispositivo de exclusión, en el que los que no tienen dinero quedan
excluidos. Airbnb, el mercado comunitario que convierte cada casa en
hotel, rentabiliza incluso la hospitalidad. La ideología de la comunidad
o de lo común realizado en colaboración lleva a la capitalización total
de la comunidad. Ya no es posible la amabilidad desinteresada. En una
sociedad de recíproca valoración también se comercializa la amabilidad.
Uno se hace amable para recibir mejores valoraciones. También en la
economía basada en la colaboración predomina la dura lógica del
capitalismo. De forma paradójica, en este bello “compartir” nadie da
nada voluntariamente. El capitalismo llega a su plenitud en el momento
en que el comunismo se vende como mercancía. El comunismo como
mercancía: esto es el fin de la revolución.
Lo digo en serio. ¿En qué se diferencian?
¿En qué se diferencia la ignorancia de los que nos "dirigen" de la ignorancia de los que se desnudan frente a la pantalla para ganar pasta "fácil"?
No. No voy a poner verde a Letizia. No se trata de eso...
Pensaba en esta mañana de sábado que ésta es una sociedad en la que, tanto te convierten en un ejemplo a seguir por todos (veáse María de Villota) como te convierten en todo lo contrario. Imagino, por ejemplo, a María en su habitación pensando en lo ridículo que es este mundo al que últimamente le interesan más las brillantes portadas llamativas que lo que realmente se cuece en el interior del ser humano; con sus frustraciones y también sus pequeñas felicidades, sus serenidades, sus decepciones.
No sé. Es una visión tan a corto plazo que hasta lo más importante deja de tener importancia, al menos desde un punto de vista básico. Porque ¿quién fija la importancia de las cosas? ¿quién determina el ritmo de nuestras conversaciones diarias, de nuestros cabreos, esperanzas y demás "pensaciones"?...
Hoy, por ejemplo, se habla más del vestido de Letizia que de lo que podría significar la palabra "España", que esconde detrás un país herido. Es cierto que mi opinión acerca de la Princesa de Asturias no es positiva. Al menos, de cara a nuestro destino. Ella no es la mujer. Felipe no fue inteligente al elegirla. Y, parece mentira, pero una esposa adecuada podría hacer mucho por nosotros. Más de lo que imaginamos. Así lo pienso y así lo seguiré pensando.
Mientras tanto, la vida continúa. Los que se van, los que llegan. Al final, nos iremos todos. Deberíamos tenerlo presente.
Observaba con atención sus enfados continuos. Se recriminaba por la infelicidad del chaval. Como si constantemente el pequeño desease que su vida fuera un infierno.
Finalmente, se dio cuenta de que no era su hijo sino una sociedad que se empeñaba en poner piedras en el camino.
En Santiago llueve sin parar. Las piedras parecen incluso más tristes con la lluvia, con la oscuridad que trae de nuevo un septiembre cargado de emociones.
Continúa muy presente el caso de Asunta y se siguen escuchando miles y miles de explicaciones basadas en noticias que se contradicen, rumores de vecinos, críticas de quién de lejos escucha campanas...todos estos murmullos vagando por las conversaciones de cualquier rincón de una ciudad que, lógicamente, se siente de nuevo herida con este suceso tan triste, tan dramático ocurra lo que ocurra, ocurriese lo que ocurriese.
Después llegan también los insultos, los espectáculos callejeros que no distan apenas nada de las persecuciones de los cristianos durante el Imperio Romano, las confirmaciones rotundas de quienes no forman parte de este caso ni de lejos, el circo que se alimenta de las desgracias ajenas de una forma insaciable.
Vemos como los medios están obstaculizando claramente la Justicia y eso es lo que más duele. El dinero, de nuevo, puede con todo e, incomprensiblemente, cualquier periódico o cualquier programa de televisión o radio pueden publicar o emitir lo que deseen sobre un suceso aunque sea mentira, tenga un contenido impreciso o no estén contrastadas las informaciones. No pasa nada. Hay que sacar chicha más rápido que el vecino. No les ocurre absolutamente nada. Todo lo contrario. Si son multados, se reirán, por los beneficios conseguidos, de este pequeño cachete impuesto por un sistema que se deja pudrir gustosamente y asquerosamente en manos del poderoso caballero.
Soy la primera a la que no se le olvida la imagen de esta niña pero hay que dejar a los profesionales trabajar con calma, con serenidad. Nosotros no necesitamos esta información realmente; al menos, hasta que haya un análisis serio realizado de todos los datos e informaciones reales del caso.
El hombre un lobo para el hombre, un componente claro de una masa fácilmente dirigible y, por ende, muy peligrosa. Nunca había pensado tanto en esta fragilidad que nos rodea, y que nosotros mismos hemos creado, con todo este mundo virtual que crece a pasos agigantados y que se mueve como caballo desbocado. Cualquiera puede ser víctima o verdugo en cuestión de segundos y, a veces, sin comerlo ni beberlo.
A Asunta no le gustaría esto. A los que la quieren y querían tampoco.
Entre el suceso del Códice, el accidente de tren y, ahora, el caso de la niña Asunta Basterra, la ciudad de piedra y lluvia no gana para sustos. Es difícil realmente abstraerse de todo lo que nos rodea y, sobre todo, palpitando tan cerca.
Lo cierto es que, a pesar de que este caso de la niña está en plena investigación actualmente, los ingredientes son dignos de una realidad que supera, y con creces, la ficción más elaborada. A ver cuánto tardan los guionistas en "inspirarse" para próxima película.
Más allá del morbo generado, que es muchísimo, la muerte de Asunta abre de nuevo el debate sobre la tremenda complejidad de la mente humana; la gran desconocida.
Analizando todo esto, uno confirma que somos totalmente vulnerables; más aún si cabe.
¿Puede ocurrirle a cualquiera? ¿podemos asumir todo lo que nos depara la vida, por muy duro que sea para nosotros? ¿asumimos igual en un momento que en otro, en una circunstancia que en otra? ¿se pueden tener celos de un hijo? ¿es tanta la avaricia como para poder llegar a cometer un crimen con premeditación?...
Miles de preguntas ahora sin responder. Quizá nunca se respondan de la manera correcta. De hecho, tantas cosas se nos escapan cada día, tantas dejamos escapar...
Probando, probando...no critiques a los corruptos si tú "haces lo que puedes"... Acabo de ligar FB con TW o viceversa...
— Campurriana Campu (@Campurriana_C) 11 de junio de 2013
Por lo que he visto hasta ahora son otro tipo de sitios aunque, básicamente, con las mismas finalidades que tienen los saloncitos.
Más dinámicos, eso sí; sobre todo Twitter, donde las intervenciones de los que por allí pululan corren que vuelan...tan rápido como la rapidez con la que se pudren las noticias en el transcurso del día, de las horas, minutos, segundos...
Si alguien desea aportar algo sobre FB o TW, que hable ahora o calle para siempre.
El fotógrafo que nació en Galicia, que está en Madrid ahora en forma de "su obra". No os podéis perder su trabajo si os gusta la vida y sus escenas, sus escenarios, y Galicia...
Si Virxilio Vieitez hubiera vivido en Arkansas, sería un mito de la
fotografía, pero como era de Pontevedra, pues su obra tendrá que
recorrer un largo camino para ser reconocida.
Decálogo del Progre de Pro: manual de la "hipogresía" de alfombra roja
Punto uno: el progre siempre tiene razón. Punto dos: en caso de que no
la tenga, se aplicará el punto uno. Y como insistas en lo contrario, te
partirá el Goya en la cabeza.
Lo hemos visto nuevamente. Hacía tiempo, la verdad. Pero han vuelto. A los
revolucionarios de alfombra roja, me refiero. A los parias de la tierra
enfundados en Dior, Gucci o Elie Saab. A los defensores del obrero que se
enriquecen con las subvenciones que salen del sueldo del obrero. A los mitineros
de tarima engalanada y megáfono dorado. Para mí que lo echaban de menos, lo del
PP en el Gobierno, digo; me da que a estos y a estas el
silencio les sienta muy mal (aunque, paradójicamente, la clara vencedora este
año haya sido una película muda).
Les cuesta estar callados delante de un
micro; es normal, supongo. Son actores. Lo suyo es actuar; esto es, simular.
Vivir otras vidas que no son las suyas, durante un rato; disfrazarse de gente de
la calle, de ciudadano común y vulgar, interpretar el papel de pobres con
problemas de pobres. Sólo así se entiende que Maribel Verdú,
por ejemplo, culpe a "un sistema quebrado, obsoleto, injusto que permite robar a
los pobres para dárselo a los ricos" de todas las desgracias que acontecen
diariamente en este valle de lágrimas y suicidios en el que se ha convertido
España; y que lo diga sin sonrojarse, después de haber protagonizado Uci, la
Hipoteca Feliz, película hipotecaria del Banco Santander, o el taquillazo
Las Rebajas de El Corte Inglés, empresa que, por cierto, no permite los
sindicatos.
Sólo así se entiende que Candela Peña saque
al ruedo la muerte de su propio padre para criticar torticeramente la sanidad
pública del PP, cuando su padre murió hace tres años, con
ZP. Sólo así se entiende la ristra de ingeniosas
bofetadas al pepero Wert en esta gala y tanta caricia
silenciosa en galas anteriores, cuando los ministros eran de la cuerda. Es lo
que tiene la hipogresía, que da igual lo que sueltes –sea mentira o no; venga a
cuento o no- si es contra la derecha; eso lo justifica todo. Todo. Libertad de
expresión, lo llama el PSOE. Hipogresía, sólo eso y nada más,
diría Poe.
Y ya que estamos, por qué no aprovechar la cosa para hacer un
repaso a esto de la hipogresía. Unas simples claves que definen a los progres en
general y a los progres de la "cultura" en particular. Una especie de Decálogo
del Progre de Pro.
1. El progre siempre está en posesión de la verdad
absoluta. Si no piensas como él, no eres de los suyos. Y eso significa que eres
un reaccionario, un facha, un ultraderechista, un fascista, un esbirro del
imperialismo yanqui, un agente de la autarquía vaticano-sionista, un tonto de
los cojones, un asesino y un cerdo capitalista, aunque no llegues ni a mediados
de mes. Ya lo avisó Borges: "Hay comunistas que sostienen que
ser anticomunista es ser fascista. Esto es tan incomprensible como decir que no
ser católico es ser mormón."
2. El progre odia el capitalismo, pero ama
el dinero. Persigue el dinero hasta la extenuación y se niega a reconocerlo
también hasta la extenuación. Y si se lo haces notar te llamará cerdo
capitalista, facha, etcétera hasta la extenuación. Ya lo dijo Víctor
Manuel, cuando le mentaron la bicha ($): "Yo soy comunista, no
gilipollas".
3. El progre padece una afección psicológica bipolar
relativista-absolutista: por un lado el relativismo moral, intelectual y ético y
por otro el absolutismo político. Esto es, sólo el progre tiene legitimidad para
gobernar y, por tanto, justificación total para utilizar cualquier arma o método
–cualquiera- que le lleve al gobierno o le perpetúe en él.
4. Todo vale
en nombre del Progreso, santa palabra. Aunque el progreso vaya hacia atrás. Si
el progre mata, roba, destruye, miente, insulta, manipula, corrompe, prohíbe o
castiga es siempre por una buena causa: la suya. Bienaventurados los progres
porque todo les será perdonado.
5. Atracción total por el totalitarismo.
De izquierdas, claro. O islamista. O sea, las dictaduras comunistas y las
teocracias fundamentalistas. En definitiva, cualquier sistema de gobierno que
destruya la sociedad occidental… en la que ellos viven. Y muy bien, por cierto.
6. El progre lo politiza todo. Todo. Una ideologización permanente y
generalizada que infecta cuanto toca: el deporte, el cine, la ciencia, la
cultura, la información, el ocio, la moda, la solidaridad, la tecnología, las
creencias, la justicia, las costumbres, la educación, la biología, la
naturaleza, la comida, el tabaco. Es su arma favorita para llevar cada aspecto
de nuestras vidas a su terreno y apropiarse de la razón absoluta a base de
demagogia a discreción. Y funciona.
7. El progre es paternalista por
naturaleza. O sea, le mueve un crónico complejo de superioridad que le empuja a
dirigir las vidas de los demás en todos los ámbitos. Se otorga el derecho a
decidir qué es lo mejor para nosotros. Y encima se cree que nos hace un favor. Y
lo peor, él no se considera obligado a ejercer lo que proclama: se guía
invariablemente por la máxima "Haz lo que yo digo, no lo que yo hago", que tan
buen resultado ha dado a progres internacionales como Chomsky,
Moore o Gore, auténticos héroes de nuestros
progres patrios.
8. El progre es filántropo… con el dinero de los demás.
O sea, que se gasta los bienes ajenos para ayudar a las causas en las que el
progre cree, las oenegés afines. Ignora, claro, que el altruismo sólo es posible
con el dinero propio. Lo suyo no es altruismo, es hipogresismo.
9. El
progre es ecologista, pacifista, feminista, jovencista, antiglobalista,
protercermundista, gaysista, minoriísta y todo lo que haya en la lista. Es
paritario, solidario, dialogante, demócrata de toda la vida, cultísimo, moderno
y tiene un gusto impecable. Lucha por la paz universal, la fraternidad
planetaria y el mejoramiento social de los humildes. Es alegre y simpático,
carismático y romántico. En una palabra, es guay.
10. En definitiva,
todas estas ideas se pueden resumir en dos puntos. Punto uno: el progre siempre
tiene razón. Punto dos: en caso de que no la tenga, se aplicará el punto uno.
Y como insistas en lo contrario, te partirá el Goya en la cabeza.
PS. Y menos mal que no estaba invitada la efímera
Talegón. Una auténtica estrella... fugaz. ¡Pobre! Digo...
¡Progre!
Pero no sólo ésta. Podemos seguir leyendo "noticias" surrealistas, morbosas, "espectaculares"...
Por otro lado, me llama especialmente la atención la alegre publicación de algunos de los correos electrónicos del Caso Urdangarín, que supongo no debería estar permitido publicarlos por motivos obvios (en plural) y, en caso de ser publicados, debiera, digo yo, imponerse el castigo oportuno a quien proceda dada la gravedad de los hechos. No sé...hablo simplemente desde el sentido común y agradecería alguien ducho en estos temas me lo explicase mejor.
Se confunde libertad con libertinaje. Se confunde todo en estos tiempos revueltos y fructíferos sólo para los más mezquinos...
Mañana, incluso, te puede tocar a ti si prometes ríos de sangre con o sin fundamento. Y ojo: sin fundamento también y el daño ya estará hecho para siempre.
¿Dónde demonios está la Justicia? ¿dónde estaba antes, hace años...?
Al final la realidad nos da en las narices sin remedio. Supongo que necesitamos "admirables" para seguir viviendo, aunque a veces tengamos que edulcorar historias y ponerles una pizca de imaginación inocente. Da igual. Es lícito auto-engañarnos si el fin es tan necesario, tan humano quizá.
Lo que me produce náuseas y profunda tristeza es ese disfrute con la caída ajena.