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12 de febrero de 2016

Entre placa y placa, Cunqueiro.



Seguimos queriendo destruir y no construir. ¿Por qué este empeño en removerlo todo con fines dudosamente útiles? ¿Por qué este empeño en manipular la Historia al antojo de unos y de otros? ¿Cuánta verdad hay en ello y cuánto interés hay en ello?

Me duele esta forma de hacer política. Me duele porque sólo veo ganas de joder, de eliminar lo que ya no puede ser eliminado. No hay cambio de placas que mitigue estos dolores y, es más, estos dolores deben fijarse a este mundo como estacas en todos nuestros corazones blandos y atolondrados. Esas placas también están ahí para recordar lo que pasó...si alguien está interesado, puede indagar más...¿Por qué ocurre lo que ocurre? ¿Por qué ocurrió lo que ocurrió? ¿Por qué los personajes históricos se comportaron como se comportaron y no de otra manera? ¿Es tan fácil adivinarlo sólo con conocer un hecho concreto de sus vidas? ¿De verdad es tan fácil?

Todo, absolutamente todo, tiene un motivo, una razón de ser. Y tanto lo bueno como lo malo deben permanecer ahí siempre...para aprender, para seguir aprendiendo...para no caer en errores anteriores o, al menos, para tener más información y, a partir de ella, conseguir obtener unas conclusiones válidas para nuestras vidas, para las vidas venideras... Información por parte de todos y no de algunos que sólo se dedican a NO hacer política entre placa y placa. 

Así no se gobierna. Esto no es lo que necesitamos de nuestros gobernantes. ESTO NO.

Os dejo una columna de Umbral a propósito de la última de Carmena. También, un documental.

Y dedico esta entrada a todos aquéllos que pasan gran parte del día poniendo y quitando placas al son de la música y el discurso aplaudido sin más. 

Para Cunqueiro, la tristeza era un lujo. Siempre es ésta más fructífera que la alegría pero ¿a qué precio?




Álvaro Cunqueiro

Los Alucinados

FRANCISCO UMBRAL | Publicado el 03/05/2000         

Álvaro Cunqueiro es inagotable de leer y lo que hoy le da más sentido a su prosa es un humorismo tácito, una gracia oculta de romano ilustre que se retira a su quinta con más libros que conejos


Se firmó Cunqueiro o Conqueiro, según los vientos políticos. Era cardenal cismático de Mondoñedo, era director de periódicos, era un gran prosista en castellano y en gallego, era falangista, como todos ellos, era grande, gordo, cordialísimo, facundo y recatado, decidor y recoleto, artista.

Nunca quiso salir de sus círculos concéntricos de prosa y verso, de pueblo y villa, de modo que venía a Madrid como un padre remoto de las letras, como un genio raro, y su libro más famoso es Crónicas del sochantre, donde la prosa lírica e imaginativa llega a peligrosos perfiles de inverosimilitud y gracia. Cuando pasaba por aquí me invitaba a almorzar en los buenos restaurantes secretos que él se sabía, y yo, que comía de pensión pobre todo el año, me indigestaba de langostada.

-¿Y para cuándo tu libro sobre los ángeles, Álvaro?

-No puedo terminarlo porque hay un ángel que no acaba de aparecérseme. Lo espero todas las noches, pero nada.

Hablaba de los ángeles con la misma naturalidad que de los vecinos de su pueblo. Ganó el premio Nadal con Un hombre que se parecía a Orestes, bellísima novela donde juega su juego favorito: el anacronismo, el salto de los griegos a Galicia y vuelta, la confusión de los dioses clásicos con la guardia civil.

Cogía hongos y setas en su bosque animado, que no era el del otro, tenía amores rústicos y hacía de señor feudal, a poder ser eclesiástico, por los paisajes natales. Su gastronomía también es lírica, pero una planta le mataría mordiéndole en un pie.

Cunqueiro, como toda aquella generación, no parecía muy conforme con la vieja Victoria que nunca acababa, y todo en él eran refugios, huídas, desapariciones. Se hizo una mitología con las cosas de su tierra, con las nieblas y las lecturas, en pura huída del presente franquista, como queriendo estar y no estar.

Fueron una generación marcada por el fracaso y el error históricos y por la calidad del verso y la prosa. Ridruejo se va a derrotar al ruso, como hemos contado aquí, Ruano biografía a Baudelaire, Cunqueiro a Orestes. Qué alejamiento literario de la cultura militar del Jefe.Grandes españoles de todas las Españas, cada villano en su rincón, porque ya vuelve el español donde solía, los muertos enterrando a sus muertos. Cunqueiro no tiene la medida de fama y prestigio que le corresponde, ni entre el público ni entre los críticos (los más jóvenes le ignoran). Cunqueiro, siendo muy lobo, se equivocó en su juego de espejos, se escondió tanto que ahora no se encuentra a sí mismo.

No interesó su novelística, en los cuarenta/cincuenta, porque no era realista, o mejor socialrealista. Pero luego vino García Márquez arrasando con algo muy cercano a Cunqueiro. Y Borges. Es decir, la fantasía literaria, la invención de un mundo otro, el milagro de la prosa y los beneficios de la imaginación. La justicia literaria es injusta y al escritor se le sitúa más por lo que fue o es que por lo que escribe. Y no hablo sólo de política. La localización epocal, la focalización social determinan un éxito de hoy o un fracaso de mañana. Es la literatura como traje de soirée.

Si los criterios fueran solamente políticos, Borges no sobreviviría, y en cambio es universal. Los criterios son peor que políticos . Son caprichos de modisto sarasate. Y a eso le llaman el canon. En la angosta España de la posguerra Cunqueiro era un escritor falangista que practicaba el escapismo por olvidar su militancia, porque le olvidasen y por olvidarse. Pero ocurre que ese escapismo era deslumbrante, la estrategia de un gran escritor. Aquí unos no se atrevían a decirlo y otros no entendían a Cunqueiro.

Su pasión eran los griegos, los mares fríos y las mujeres gordas. Entra y sale de la muerte con naturalidad. Yo le hablaba de venirse a Madrid, pero él no quería vivir a la sombra del yugo y las flechas, que se expresaban a gran tamaño, con ominosidad, en la calle de Alcalá. Aquello era una especie de cuartel para civiles. Cunqueiro pasaba cuatro días en Madrid, como un provinciano que viene a resolver asuntos, pero le llamaban de noche las sirenas célticas y no había manera de que se le apareciese un ángel en el armario del hotel.

Siempre se olvidan de él en la cultura nominalista de las historias literarias. Pero Cunqueiro es inagotable de leer y lo que hoy le da más sentido a su prosa es un humorismo tácito, una ironía tierna que no quiere profundizar más en la llaga, una gracia culta de romano ilustre que se retira a su quinta con más libros que conejos, aunque también coma muchos conejos. Y digo conejos porque los libros se le multiplican entre sí, siendo Cunqueiro un príncipe de las ediciones príncipe.

Nos tememos que Álvaro Cunqueiro o Conqueiro no volverá. Yo espero que se me aparezca un día en el café, como él esperaba a aquel ángel que tardó en aparecérsele. Pero el fanatismo de la novedad y la superstición del consumo están borrando a muchos clásicos vivos y muertos. Así es como una literatura se empobrece y nadie vuelve la cara a los maestros recién enterrados que todavía tienen mucho que recitar, como Cunqueiro. Hasta los chicos quieren que vuelvan las Humanidades. Bien, pues en Cunqueiro están las humanidades clásicas pasadas por el arte del anacronismo poético. Son cosas que nos perdemos mientras esperamos el último bestseller americano sobre sexo, droga y rock and roll.

2 de junio de 2015

Una historia de Arte y una historia de Historia

Hace algún tiempo, os dije que en el saloncito regresaríamos al Arte porque la política no daba más de sí. Claro que da más de sí pero, es cierto, llega a saturar aunque leamos poco la prensa desinformativa, aunque escuchemos lo básico de las conversaciones de café. 

Hace algún tiempo, me sumergí en el Arte para seguir viviendo, para seguir aprendiendo. Los ojos, si los tenemos abiertos de verdad, no dejan de aprender, de desaprender también...según se "mire".

Pero la Historia que se esconde tras los cuadros me parece encantadora, mágica, reveladora. Tras ellos, una cantidad de letras, de palabras atropelladas sobre una sola imagen. Solamente, hay que dejar volar nuestros conocimientos, nuestras impresiones, nuestras sensaciones...

Las historias pequeñas que componen la gran Historia del mundo, están ahí pegando gritos y deseando salir de las entrañas de las obras. Los autores las crearon por algo.




Me han gustado estos dos cuadros de Abraham Solomon, titulados First Class- The Meeting (Primera clase-La reunión). 
La primera versión data del año 1854.
La segunda es una versión revisada de la primera (realizada en 1855). La sociedad de la época victoriana no vio bien el atrevimiento de los dos jovencitos con su flirteo furtivo mientras el padre, la autoridad, dormía. La sonrisa pícara de ella, la mirada de él, los colores sonrosados de las mejillas de ambos, la luz cálida que lleva los ojos del que observa la escena hacia esos colores, el juego amoroso de dos viajeros de un vagón de primera clase en una época en la que existían tantas desigualdades sociales y tanto respeto por la etiqueta, L'étiquette.



Más información, aquí.

Por cierto, a quien disfrute del Arte, recomendada la película National Gallery. Si la veis, ya me contaréis. Aunque nunca me contáis... ;)

8 de julio de 2012

Tremendas historias...Alfonso Graña.


Debo reconocer que la acabo de conocer. Al menos conscientemente no la recordaba aunque, ahora que lo pienso, puede que sí la hubiese escuchado en algún momento de mi vida...

Se trata de la historia de Alfonso Graña. En El Faro del fin del mundo, un blog mágico y especial que tengo enlazado al saloncito desde que lo visité por primera vez, he sabido de ella y me he adentrado más a través de este documental que recomiendo ver con calma, con tranquilidad. Por ejemplo, con la tranquilidad de una tarde de domingo...

A veces la televisión puede resultar muy interesante. Todo depende de las intenciones con la que se haga. Como todo en esta vida, ¿verdad?.

Abrazos meigos para todos.
Aprovechad los momentos. Nunca regresan.

13 de junio de 2012

Un documental que merece la pena ver: "Rusia a dos revoluciones"

Una petición estimulante

El pasado septiembre, la dirección de informativos de TVE me encargó un reportaje para En Portada. Se trataba de continuar el trabajo que la también antigua corresponsal de TVE en la URSS, Llúcia Oliva, había realizado hace diez años. La petición era estimulante, hacer ahora un nuevo reportaje con una serie de personas que habíamos entrevistado en 1991 y en 2001. A través de ellos, explicaríamos los cambios en Rusia desde el 25 de diciembre de 1991 cuando desapareció la Unión Soviética.
La tarea más laboriosa consistió en rescatar a los personajes. Diez años después alguno había muerto y otros se habían hecho muy mayores o simplemente no querían participar en el programa. Pero la verdad es que la mayoría acogieron con entusiasmo nuestra propuesta.

Rusia, veinte años después

Después de veinte años, sí que he constatado un cambio en la actitud de la gente. Hoy son muy amables, casi no he escuchado aquella habitual expresión del “príncipie, niet” (de entrada, no) tan típica cuando pedías alguna cosa al final de la era soviética. Es algo que el visitante agradece.
He regresado de Rusia contento y preocupado. Es evidente que se vive mejor, pero también lo es que hay un regreso al pasado. La gente vuelve a desconfiar de las instituciones del estado, la corrupción domina la administración pública, los medios de comunicación están amordazados y la política está dominada por la antigua policía política soviética. Todos saben quién será el próximo presidente o primer ministro. El futuro político y económico está diseñado y a la mayoría de rusos les parece perfecto, de momento.
En estos veinte años, la vida ha mejorado, pero la democracia ha empeorado. En Rusia, hoy, la herencia de la Unión Soviética está presente.

20 de abril de 2010

La Duquesa de Alba


A raíz de la serie de Telecinco "La Duquesa" (debo reconocer), he aprovechado para leer algo más sobre esta familia que ha dado tanto que hablar a lo largo de la historia. Un inmenso patrimonio artístico, amoríos, extravagancias, matrimonios sin amor... Mitos y realidades que se mezclan para crear un entorno que parece recién salido de un cuento de niños para los que no son tan niños ya; un cuento de duquesas envenenadas, reinas malvadas, pintores enamorados, guerras, huidas, arte y más arte, chismorreos, bailes tradicionales, vida social, lucha por mantener grandes colecciones...

A veces pienso que es una desgracia tener tanto. Parece que se relaciona, en muchas ocasiones, con no tener lo más importante.


Si hoy día la aristocracia ocupa las portadas de las revistas el corazón, en el siglo XVIII los denominados "Grandes de España" copaban el protagonismo de los retratos. Un elemento común a las gentes de recio abolengo es que, tanto hoy como entonces, centraban gran parte de las habladurías del pueblo.

María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo es el interminable nombre de la protagonista de este lienzo. Esta mujer, hija de destacados personajes de alta alcurnia, heredó por derecho propio, tras la muerte de su marido, el Ducado de Alba y que precede en cinco generaciones a la actual Duquesa. Considerada la primera dama española tras la Reina, Francisco de Goya la retrató al poco tiempo de haber sido elegido Director de la Academia de Pintura de Madrid. En este primer cuadro —en 1797, dos años más tarde volvería a pintarla— quiso representarla como correspondía a su destacada posición social.
Posando sobre un fondo difuso, con un perrito faldero a sus pies y un inmaculado vestido blanco, la figura de la duquesa centra toda la atención del observador. Unos pendientes de oro, la banda de seda roja ciñendo la cintura, un brazalete con las iniciales S y T (Silva y Toledo, sus apellidos) y el collar de doble coral son los lujosos pero discretos detalles que completan su atuendo. Tan sólo un gesto distrae la mirada de quien contempla esta obra y es la mano derecha de la protagonista, que señala directamente al suelo de arena donde se puede ver la firma con el nombre del artista y la fecha de realización. Una tímida señal que ha dado lugar a lo largo de la Historia a innumerables habladurías acerca de la relación entre el pintor y la aristócrata. Y que fue alimentada cuando dos años después volvió a retratarla en una postura similar, esta vez vestida de negro, a la manera goyesca, y señalando el mismo suelo en el que añadió la expresión "Siempre Goya".
Lo cierto es que el retrato lo ideó Goya para ser expuesto en pareja junto al que también realizó al Duque de Alba, esposo de Teresa Cayetana y que moriría un año después. Se calcula que pudo pagar por él unos 15.000 reales ya que ésta era la cantidad que solía recibir el que fuera pintor de la Corte por sus encargos, que suponían su principal fuente de ingresos. El lienzo pasó desde entonces a formar parte de la colección de arte particular del Ducado de Alba —la segunda más importante tras la de los Reyes de España— y cuelga actualmente de las paredes del Palacio de Liria, una de las residencias de esta familia en Madrid. Por comparación, se puede afirmar que en la actualidad la Duquesa de Alba tiene un valor de 25 millones de euros, cantidad que el Estado desembolsó en el año 2000 por el cuadro de la Condesa de Chinchón, también de Goya y propiedad de los Alba.
Pero quizá lo más valioso de esta tela es algo tan inmaterial, y difícil de tasar, como los secretos y leyendas que se han ido forjando en torno a la relación entre la imponente dama y el pintor aragonés. Tras la muerte del Duque de Alba los rumores y las malas lenguas se desataron. Al parecer, y como mandaba la tradición española, la reciente viuda se retiró a su residencia estival de Sanlúcar de Barrameda donde el artista pasó con ella algunas semanas.
Lo que se puede denominar coqueteo había comenzado unos años antes, en concreto a principios de la década de 1790, cuando ambos fueron presentados por la Duquesa de Osuna. Ilustrativa es una de las cartas que Goya escribe a su amigo Martín Zapater, funcionario local y la primera persona que coleccionó con desmesurado interés sus obras. Al parecer, la Duquesa se colaba en el estudio del pintor para que éste, en vez de pintarla sobre un lienzo, le maquillara la cara: "Por cierto —relataba al respecto de esta curiosa afición un Goya fascinado— que me gusta más esto que pintar en lienzos".
No es de extrañar que el ya por entonces cincuentón artista se sintiera atraído por esta mujer. De ella se han escrito ríos de tinta. Sobre su personalidad, adelantada para la época, su interés por la cultura como protectora y mecenas de artistas, sus extravagantes maneras y, sobre todo, se ha hablado de su belleza. Diversos testimonios de la época lo avalan. En primer lugar las palabras de la viajera inglesa Lady Holland demuestran la buena reputación popular de la dama. De ella comentó al volver a su Inglaterra natal que "poseía belleza, popularidad, gracia, riqueza y nobleza". Más explícito es el testimonio de Fleuriot de Langle, en este caso francés y que tras visitar nuestro país dejó escrito sobre la joven duquesa: "No tiene en la cabeza un cabello que no despierte el deseo".
Por el contrario, sus constantes devaneos con caballeros y sus extrañas manías también dieron lugar a una corriente de opinión opuesta a su figura. La reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, encabezaba esta cruzada, se dice que ambas competían por los favores del apuesto Juan Pignatelli. En una misiva al primer ministro Godoy la soberana española se refería a ella como "la Alba, tan loca como en sus verdores primeros".
Con buen o mal recuerdo, el asunto es que la mujer que posó para esta tela no dejó indiferente a ninguno de sus contemporáneos. El mito siguió alimentándose con el paso del tiempo y todavía se publican numerosos libros sobre su biografía amorosa, su castigada personalidad por el hecho de ser estéril e incluso sobre su muerte (historiadores quedan que aseguran que fue envenenada a raíz de una conspiración de la reina). Duquesa, amante, mecenas o madre frustrada, Francisco de Goya vio en ella todas esas facetas y muchas otras que nacieron del sentimiento de admiración, convertido a veces en idolatría, que tenía por ella.
Fuente: MAGAZINE DE "EL MUNDO"

23 de febrero de 2010

La Coruña de otra manera...

I Catálogo da colección de postais do arquivo do Concello da Coruña

I Catálogo da colección de postais do arquivo do Concello da Coruña

Y he regresado al blog de A vella e nobre Brigantium para disfrutar de nuevo de las imágenes de una de mis ciudades...
Gracias.

14 de diciembre de 2008

Un instante de historia...

Fuente de la fotografía: El País

¿De qué estarían hablando estos tres personajes en el instante en el que eran fotografiados?

La vida de cada uno de ellos escondía experiencias que sin duda podrían aportarnos algo interesante. Sus existencias dejaron huella de alguna manera y hoy seguimos hablando de ellos, imaginándonos sus vidas, sus preocupaciones, sus inquietudes, su afán por entender un mundo que sigue dando vueltas y a veces se marea de tanto revoltijo interior. El amor, el desamor, la repugnancia, la lucha, las palabras, la búsqueda, la desesperación...

15 de noviembre de 2008

Un poco de historia y de arte...

No he encontrado este cuadro con mayor resolución, y seguramente no tenga nada en común con el que pintó su autor, pero sirve para dedicar mi homenaje de hoy al lienzo histórico, que nos recuerda momentos del pasado que seguro influyen más de lo que creemos en el presente que vivimos.

Se trata de un óleo del uruguayo Juan Manuel Blanes titulado "Paraguay: semblanza de nuestro desolado país" y realizado en 1880. Nos muestra un país destrozado tras la guerra de la Triple Alianza (1864-1870) que fue declarada por el general Francisco Solano López. Y es aquí donde la protagonista, una mestiza de sangre guaraní y española, con actitud triste y desolada refleja el sinsentido de actuaciones de líderes temerarios o personajes que desean encontrar la gloria a cualquier precio.

19 de diciembre de 2007

La dama que logró reinar después de muerta...

Fue una de las mujeres más bellas de su época, virtud que, entre otras cosas, enamoró al príncipe heredero Pedro de Portugal, quien la convirtió en su amante. La pasión protagonizada por ambos y la trágica muerte de la dama a manos asesinas inspiraron a grandes poetas, novelistas y dramaturgos de todos los tiempos, los cuales ensalzaron esta melancólica y sangrienta historia, culminada con la venganza de un rey.

Inés vino al mundo en 1320 en la localidad gallega de A Limia (Orense). Era hija natural de don Pedro Fernández de Castro y de doña Aldonza Soares de Valladares. Al poco de su nacimiento, el infortunio la dejó huérfana de madre. Dicha circunstancia y una lejana relación de parentesco de su progenitor con la familia real castellana posibilitaron que la pequeña fuera trasladada a Valladolid. Allí fue educada en el entorno del majestuoso castillo de Peñafiel, lugar en el que creció como dama de compañía de doña Constanza Manuel, a la sazón hija del insigne escritor e infante don Juan Manuel.

En aquellos años, Inés ya se distinguía por su singular belleza, marcada por unos inmensos ojos azules y un esbelto cuello propio de los cisnes. Además, el espléndido porte de su cuerpo provocaba toda suerte de comentarios favorables acerca del buen destino que le esperaba. En 1336, doña Constanza se casó por poderes en la localidad de Ébora (Portugal) con el príncipe Pedro, hijo del rey portugués Alfonso IV.

Cinco años más tarde se trasladaba definitivamente a su país de adopción, dispuesta a unir su futuro al de la corona lusa. Junto a ella viajaron escogidas damas, entre las que se encontraba doña Inés, convertida en su más fiel y cómplice amiga.

La vida en la corte lisboeta transcurría con relativa parsimonia, pero siempre a expensas de cualquier alteración afectiva que pudiera acontecer y, según reza en la leyenda de este drama, dicho cambio se dio cuando el recién casado heredero quedó prendado al contemplar el bello rostro de Inés. Para su satisfacción, ésta le correspondió manteniendo el furtivo amor en el más absoluto secreto. Mientras tanto, la incauta Constanza engendraba con su marido tres hijos: María en 1342; un año más tarde Luis, que moriría a la semana, y en 1345 Fernando (el futuro rey de Portugal), en cuyo parto falleció la joven madre.

La muerte de Constanza aceleró el deseo del príncipe Pedro por proclamar el romance que mantenía con doña Inés de Castro. No obstante, la relación no fue aceptada por su padre, el rey Alfonso IV, siempre temeroso a una posible intervención castellana en su reino y muy dispuesto a proteger los derechos dinásticos de Fernando, su nieto superviviente.

La pareja se refugió en la ciudad de Coimbra, dispuesta a vivir su intensa pasión en una hermosa quinta llamada Das Lagrimas. En dicha residencia llegaron los cuatro vástagos habidos de su unión: Beatriz, Alfonso, Juan y Dionis. En 1354, don Pedro y su amante gallega celebraban en oculta intimidad su matrimonio. La ceremonia fue oficiada por el obispo de Guarda y, desde luego, la noticia no debió gustar al monarca luso, pues al poco ordenaba –en consenso con las Cortes– el asesinato de doña Inés con el fin de despejar el hechizo que ejercía sobre su hijo.

En 1355 tres sicarios llamados Gonçalves, Coelho y Pacheco se desplazaron a Coimbra para, de forma traicionera, sesgar el cuello de la desgraciada Inés de Castro. La reacción del príncipe fue furibunda y desató con sus tropas una total inclemencia sobre su progenitor.

Durante dos años, Portugal se enzarzó en un conflicto fratricida hasta que ambas partes lograron reconciliarse, justo un tiempo antes de la muerte del propio Alfonso IV, acontecida en 1357. Ese mismo año, su hijo Pedro I asumía el trono luso para, desde él, tomar la justa venganza por la muerte de su amada esposa. Dos de los asesinos fueron entregados por Castilla para su castigo y, después de ser torturados con saña, se les ejecutó sin miramiento alguno.

No obstante, uno de ellos, Pacheco, consiguió evitar la justicia, huyendo a la corte papal de Aviñón. En 1360 las Cortes portuguesas reconocían el matrimonio entre Pedro I e Inés de Castro y por añadidura aceptaban a la fallecida como legítima reina de Portugal.

El propio rey luso quiso resarcir el honor de su verdadero amor. Por ese motivo, según cuenta la historia, siempre mezclada con la fábula, mandó desenterrar el cadáver de doña Inés para sentarla en el trono y hacer que los cortesanos –que tanto habían vilipendiado su buen nombre– le rindieran póstumo homenaje en señal de respeto hacia su recién reconocida soberana. En la actualidad, los restos de Inés de Castro reposan en el monasterio de Santa María de Alcobaça.

Fuente: Magazine de El Mundo, 17 de septiembre de 2006.

Y si os ha gustado esta historia y queréis conocer algo más de ella, os recomiendo un paseo por esa siempre interesante mirada del Mendigo...