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18 de marzo de 2017

En mis paseos junto al mar, encuentro hasta cadáveres...





Sigo caminando cada vez que puedo. Como los hombres que huyen a la mar cuando la tierra los aprieta, los ahoga.

Siempre existe algo que nos aprieta. Curiosamente, y como somos tremendamente complicados, eso que nos aprieta en un momento, nos libera en otro.

Me cuesta escribir últimamente. Me refiero a extenderme con palabras cuidadosamente seleccionadas. Quizá sea el momento, el capricho, la falta de tiempo o el no saber sacar jugo a tantos sentimientos-pensamientos que corren por mi cabecita revoltosa.

De las últimas polémicas de las redes, me quedo con esos espacios libres de violencia machista. Y me pregunto yo para mis adentros, que cuál seguirá siendo el siguiente absurdo buenista o populista. Soy de las que pienso que el estar contra la violencia (no sólo de género, sino cualquier tipo de violencia) no es pregonarlo a gritos o con carteles. 

Esta sociedad parece que sólo sabe pregonar. Como el ricachón que da limosna a la puerta de la Iglesia un Domingo de Ramos.

10 de noviembre de 2011

Somos menos violentos...

Hoy estuve viendo este programa que habla del declive de la violencia cuando parece que estamos al borde de un estallido. Los tenderos, antes amables y sonrientes, ahora ponen el grito en el cielo cuando ven al yerno rubio del Rey cerca del abismo o los shows televisivos que eliminan neuronas cada segundo; de verdad que se nota como van muriendo una a una, cual resaca en los cuarenta.

Pues sí que estamos buenos.

Dejo aquí la frase que ponía la guinda a este espacio televisivo:

El mundo es cada vez menos violento,
pero nuestras emociones son las mismas que antaño.


Steven Pinker

28 de octubre de 2011

Escribiendo...

Escuché el sonido de sus pasos y las llaves en la cerradura. La puerta de casa se cerró de golpe y acto seguido sentí su agitada respiración en la nuca. Sabía que iba a aceptar sin remedio a pesar de todo lo que había sufrido, lo que estaba sufriendo...De repente, su mano empujó suavemente mi espalda para que me dirigiese a la habitación de matrimonio. Como si se tratase de una fuerza divina, me dejé llevar sin poner ningún impedimento. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿qué me ocurría en su presencia?. Mi cuerpo no respondía y terminaba convirtiéndome en una muñeca de trapo o, peor aún, en una muñeca hinchable que utilizaba a su antojo. Me quitó la ropa apresuradamente, me colocó sobre la cómoda de espaldas a él y me usó una vez más con una frialdad tan terrible que sólo puede comprenderse si se vive, si se siente... Todo sucedió muy rápido aunque a mí, sin embargo, se me hizo eterno; se me hace eterno también por recordarlo una y otra vez como la gota que termina por atravesar el cerebro del torturado. Después se marchó sin decir nada y diciéndolo todo. Esta vez no hubo palizas pero el resultado era el mismo, o peor aún. Las lágrimas no brotaron de mis ojos porque éstos estaban secos desde hacía ya mucho tiempo. Secos por el miedo, por el pánico...

5 de octubre de 2011

Deja tu reflexión sobre cómo se podría acabar con la violencia contra las mujeres

Fuente de la imagen


Estaba leyendo esta sección de El País ahora mismo y dejo aquí la frase del último comentarista de momento...

La violencia acabará el día que sepamos que somos diferentes en muchas cosas e iguales en otras y los dos sexos lo admitamos , sin querer tener por ello ventajas.

13 de marzo de 2007

Te doy mis ojos

"¡Tengo que verme! ¡No sé quién soy! ¡Hace demasiado tiempo que no me veo!”