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29 de octubre de 2010

Mi querida bicicleta


Disparase a donde disparase, allí estaban ellas. En cualquier rincón aparecían como si fuesen restos de una conciencia que no deja descansar ni a lo largo del día. Entre los susurros de una conversación íntima, sobre las aceras de las calles de la ciudad, a la puerta de las viejas casas de los barrios bañados por canales...Tan iguales y tan diferentes. Tan hermosas, tan frías... 
Como decía Delibes en uno de sus relatos: ¡No mires a la rueda! Los ojos siempre adelante.

9 de septiembre de 2010

Y soñaba con bicicletas...

Una vez subida a mi bicicleta, las calles se convertían en divertidos toboganes que volaban cerca de todos y cada uno de los canales que bañaban la ciudad del agua. Sorteaba, a veces no sin dificultad, a los turistas despistados, a las motos que se cruzaban en mi camino en sentido contrario, a los coches que giraban por sorpresa en alguna de las curvas doradas del viejo Amsterdam. Todo olía a especias, a porros, a espectáculos rojos, a muchedumbres en la búsqueda del placer prohibido, a las pinceladas de los artistas que se cobijaron tras las fachadas de las hermosas casas de cuento, a los hogares que se mostraban sin pudor a través de los cristales de las ventanas más transparentes. Seguía paseando las calles sobre mi sillín floreado y no me detenía nunca. No quería detenerme.

28 de agosto de 2007

¿Adios tristeza?

Escribió un lector para informarme de que la vida era absurda, aunque sin precisar con relación a qué. El caso es que hace un año, según relataba en su correo, decidió atravesar Canadá en bicicleta. Hasta aquí, todo normal. El mundo está lleno de gente que hace el Camino de Santiago a pie, cruza el Atlántico en barca de remos o se bebe una caja de cervezas sin respirar: hay constancia de todo ello en el Libro Guinness de los récords, cuya lectura le sume a uno en profundas reflexiones. Lo que le ocurrió a nuestro comunicante es que a mitad de camino se cruzó con otro individuo que estaba llevando a cabo la misma hazaña, pero en patinete.
El hombre comprendió entonces, como en una revelación, lo absurdo de su proyecto y volvió a casa en avión. Desde entonces no encontraba placer en nada, no era capaz de fijarse objetivos ni de ilusionarse con nuevos propósitos. Le pedí que tratara de imaginar que Dostoievski y Flaubert se encontraban (al modo en que él se había cruzado con el del patinete) cuando uno trataba de escribir El idiota y, el otro, Madame Bovary. ¿Habrían sentido la misma sensación de absurdo? Quizá sí, me respondió, pues en el fondo no es más disparatado pretender cruzar Canadá en bici que intentar escribir una obra maestra. Le contesté que merecía estar deprimido y eso fue todo, porque dejamos de escribirnos.

Juan José Millás. Artículo de El País "Una depresión merecida".