9 de septiembre de 2010

Y soñaba con bicicletas...

Una vez subida a mi bicicleta, las calles se convertían en divertidos toboganes que volaban cerca de todos y cada uno de los canales que bañaban la ciudad del agua. Sorteaba, a veces no sin dificultad, a los turistas despistados, a las motos que se cruzaban en mi camino en sentido contrario, a los coches que giraban por sorpresa en alguna de las curvas doradas del viejo Amsterdam. Todo olía a especias, a porros, a espectáculos rojos, a muchedumbres en la búsqueda del placer prohibido, a las pinceladas de los artistas que se cobijaron tras las fachadas de las hermosas casas de cuento, a los hogares que se mostraban sin pudor a través de los cristales de las ventanas más transparentes. Seguía paseando las calles sobre mi sillín floreado y no me detenía nunca. No quería detenerme.

4 comentarios:

Goyo dijo...

Espero que no te atropellara ningún holandés errante en su loco caminar. Nosotros nos tuvimos que meter en el Vondel Park para poder disfrutar un poco de la bici. Bonita historia. Muy evocadora. Buen viaje

Cornelivs dijo...

Quizas porque eras feliz.

Lindo post.

Besos.

ñOCO Le bOLO dijo...


Me dijeron que eran para el verano.
Pasé veranos, otoños, inviernos, primaveras... y nunca os reyes me trajeron una bicicleta.
Claro, ahora tengo bici y no soy monárquico. Una consecuencia lógica.

bicos

CR LMA
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Campurriana dijo...

Alguien dijo: "Cada ciclista tiene derecho a un minuto de gloria"...