Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Sánchez Dragó. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Sánchez Dragó. Mostrar todas las entradas

16 de marzo de 2015

Mejor mirarse el ombligo que ver la tele...

 Hacía tiempo que no ponía nada de mi amigo Dragó. Como estoy sensible con los contenidos que nos ofrecen últimamente, he regresado a esta entrada suya de ya hace algún tiempo en su blog dragoniano.
Me gusta Dragó. Isabel Gemio enriquecía su programa con su sal, con su lengua, con sus ocurrencias. Yo escuchaba su Patio por él y sólo escuchaba su Patio. Ahora soy más de RNE los fines de semana. Me he vuelto "escuchante" y estoy contenta con mi nueva compañía de sábados y domingos, mientras unto mi tostada con miel de brezo. He vuelto a la radio que mima las palabras, los detalles cotidianos, las filosofías sencillas y, a su vez, tan valiosas para soportar los golpes de la vida y para sobrevivir con dignidad.


Curiosidad: el uso de la palabra "escuchante"

 
Fuente de la imagen



He dejado que pasen cuatro meses. Aludo al día en que mi hija y yo nos fuimos de un estudio de telebasura.
¿Estudio? ¡Qué palabra tan poco apropiada! Mejor sería decir letrina, sumidero, albañal… La guarida del Minotauro.
Oigo, patria, tu aflicción y, aunque no sea yo un patriota, me echo al monte de la rebeldía llamando a cruzada: la de la dignidad, la del sentido común, la del buen gusto, la del respeto al prójimo y a nosotros mismos, la de la excelencia…
“El problema de España no es la crisis económica, sino lo que la origina”… Eso escribió El Lobo Feroz hace algún tiempo en El Mundo de papel. “Si nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros adolescentes, nuestros jóvenes y nuestros adultos -yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos- siguen sumergidos en vomitonas carroñeras como las que a diario y a todas horas vierten sobre su piel porosa los telemonstruos, nunca levantaremos cabeza”.
Ahora, durante el tórrido verano, se dispara hasta cotas inverosímiles el nivel de estupidez reinante en eso que Paco Umbral bautizó por los siglos de los siglos con el piadoso remoquete de “caja tonta”. O la cerramos de una vez por todas o el futuro será aún más negro del que nos augura el Fondo Monetario Internacional.
De sobra sé que mi arremetida es quijotesca y que las aspas de los molinos de viento de la telecracia y las vedijas de las ovejas que la siguen nos molerán los huesos, ahogarán los gritos de protesta y se rasgarán los tangas en nombre de la libertad de expresión, pero a veces…
Si Galileo no hubiera dicho eppur si muove, seguiríamos hoy creyendo que el sol gira alrededor de la tierra.
A saber… Igual lo hace. Todo, ahora, sucede al revés. Así nos va.
Apague y lea o túmbese a la bartola. Mejor mirarse el ombligo que ver la tele.


Publicado en Dragolandia, elmundo.es, 6 agosto 2013

12 de octubre de 2014

El sentimiento de identidad nacional

Pues sí. Me siento española a pesar de todo. Porque España no es sólo el país que se muestra en la noticia que toca, el oportunismo político del signo que sea, la ignorancia que sale a gritar frente a la casa del que considera culpable antes del juicio o la que, irónicamente, aplaude al que le roba a la salida de los juzgados.


10 de julio de 2011

Época de crisis y ondas radiofónicas...


Esta mañana escuchaba en la radio a una "oyente-parlante" que tenía ganas de compartir pensamientos; decía que la crisis que sufríamos hoy en día era realmente una crisis personal y no tanto económica o política. Al fin y al cabo, los fallos que podemos observar en la actualidad que nos rodea derivan exclusivamente de cómo somos y, efectivamente, somos esclavos de cómo somos, sin duda alguna.

El programa de Isabel Gemio por las mañanas me gustaba más de lo que me gusta por la forma de ser de Isabel entre otras cosas. Me parecen interesantes opiniones anónimas, alguna que otra entrevista y, sobre todo, el desaparecido patio de Dragó, al que sigo echando de menos...

He encontrado una entrevista de Jesús Quintero a  Fernando Sánchez Dragó. Se compone ésta de pensamientos radiofónicos que pululan por nuestro espacio sin apenas hacerse notar...Me he acostado sobre la cama de la habitación y los he escuchado con los ojos cerrados.

Me gustan tanto las palabras susurradas a la luz de las ondas...


Y hablando de palabras, he conocido en los blogs de Amio y del Náufrago sus palabras; las de Facundo Cabral, recientemente fallecido, recientemente asesinado.

3 de marzo de 2011

El regreso de Dragó (dragoneando)


Hacía tiempo que no sabía nada de él. Por alguna extraña razón me gusta Dragó. Me cae bien. Admiro esa energía setentañera que tiene y admiro también esas ganas de vivir y de tocar las pelotas un poquito, sin ánimo de ofender, Señor Dragó; ya sabe que le aprecio y muestra de ello es el enlace que tengo en este saloncito desde que conocí su Dragolandia, su lengua bloguera más bífida (y dulce en ocasiones).

En la fotografía, su gato homenajeado una y mil veces. Seguro que se lo merecía por soportar a este hombre tantas horas seguidas sin apenas rechistar. Ahí, dormido al lado de un ordenador que dice  Don Fernando que no toca porque no sabe. No le creo Sr. Dragó. No le creo. Ya se lo había comentado en alguna ocasión...

Dejo aquí sus palabras publicadas recientemente en El Mundo. 

Fernando Sánchez Dragó
Torearé a mi aire. ¡Ojalá entren al trapo los enemigos! Sin ellos me quedo en nada. 


Home bitter home

 Lo de costumbre. Vuelvo a España, a Vandalia, a Tontalia (como la llama un amigo mío), para las deliberaciones y el fallo del premio de novela Azorín, del que soy jurado, y el país se me atraganta desde el primer momento.
    Más que nunca, quizá, porque vengo del mejor lugar del mundo (no me cansaré de repetirlo), donde he pasado varias semanas yendo de aquí para allá, de guest house en guest house, de cuneta en cuneta, de delicia en delicia, trashumando, gitaneando, curioseando, sin rumbo, dejándome llevar a la deriva por el fluir del Tao y el tictac del camino del corazón, tal como lo hacía en los gloriosos años 60, y el impacto ha sido formidable.
     No sólo España. También Europa. Las cabezas trocadas, los papeles invertidos… Lo que entonces era primer mundo ahora es el penúltimo. Sólo el Africa negra nos va a la zaga.
     He hecho escala en Frankfurt. ¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué modales! ¡Qué suciedad! ¡Qué caos! ¡Qué falta de sentido común! Todo eran colas, desorden, confusión, embotellamiento, caras adustas, instrucciones castrenses, inútiles medidas de seguridad, chabacanería, gentes obesas, instalaciones colapsadas, ventanillas deshabitadas, mostradores vacíos, retrasos, atropellos del decoro, abusos de autoridad, sumisa resignación de personas tratadas como si fuesen acémilas… En fin: Europa o la constante violación de la dignidad humana. Dime de qué presumes.
     Me han bastado doce horas para pasar de la primavera al frío, de la libertad al control, de la sonrisa al gesto agrio. Triple salto mortal. Sólo me consuela la certidumbre de que el próximo martes volaré a Bangkok y una semana después saltaré a Kioto para levantar la casa que hace un año puse allí, recuperar a mis gatos y abrir otra etapa de mi vida. El ancho mundo, a partir de ese instante, será mío.
     Me iré a Egipto, a Túnez, a Tokio, a Tanzania, a Madagascar, al sur de Marruecos, a Castilfrío (que no está en Vandalia, sino en el Tíbet) y, sobre todo, a Camboya, de nuevo, en octubre, cuando ceda el calor. Abrigo la firme, firmísima intención de pasar en ese país cinco meses al año, otros tres en la estepa numantina y el resto dando tumbos por el Africa negra, mayormente. Es la parte del mundo que peor conozco, pese a haber recorrido el sahel a fondo y de haber vivido dos años en Dakar y quince meses en Nairobi.
     Ése es el plan, sujeto a lo que salte, a lo que salga, a lo que irrumpa, a lo que flamee, al arbitrio de la danza de Siva, de la cuba de Dionisos, de la flauta de Pan, del fluir del Tao, del tictac del camino del corazón…
    Voy a cumplir setenta y cinco años. No puedo perder más tiempo. Quédense en sus mazmorras quienes tengan trabajo fijo, esa maldición que debería estar pohibida por ley… Yo me largo.
    Adiós, una vez más, aunque, como en el verso de Miguel Hernández, “me voy, me voy, me voy, pero me quedo”. Seguiré publicando columnas y artículos, seguiré en Dragolandia, seguiré interviniendo en el programa de radio de Buruaga, seguiré (supongo, aunque son ya siete años) al frente de Las Noches Blancas y, sobre todo, seguiré publicando libros. Hay uno, inminente, que recoge cuanto el Lobo Feroz ha dicho durante los tres últimos años en las páginas impresas de El Mundo.
     Hoy es miércoles. Sesión de control en las Cortes…
     ¿Control? ¿De qué me sonará esa palabra?
     Tengo la sensación de haber escrito mil veces este mismo artículo. España nunca cambia, y yo, tampoco.


Llama mi atención el último comentario de un Anónimo que leo a propósito de esta columna de Dragó.
Señor Dragó, me encuentro en un momento en el que deseo romper mis cadenas, el llamado trabajo fijo, y dedicarme a mis grandes pasiones. Dejar atrás esta sociedad y dejar volar mis sueños en el cálido aire de otros lugares... pero estoy esclavizado con una hipoteca, no tengo dinero, y además... soy un cobarde.

Si a alguien se le ocurre algo que decir...

24 de noviembre de 2010

Encontrado en el blog de Dragó...

La literatura, la buena literatura, lo dice Vargas Llosa en “La verdad de las mentiras” (Premio Nobel) nos hace vivir mundos más interesantes y menos mostrencos que el que nos ha tocado vivir en la realidad. La literatura, la buena literatura, lo sigue diciendo Vargas Llosa (Premio Nobel) molesta al poder porque hace que los hombres vean que hay otros mundos mejores y sientan la necesidad o la posibilidad de rebelarse contra el mundo estrecho, encorsetado, falto de libertades y controlado por el poder.

En España, en la España de Zapatero, la necesidad que tenemos de sublevarnos contra el poder omnímodo, contra el poder que nos lleva a la ruina, contra el poder que nos multa, contra el poder que nos controla es proverbial y cuando surge algún escritor con talento, valentía y reaños para hablar, como es el caso de Sánchez Dragó, es perseguido a muerte por los pesebristas y turiferarios del poder.

A Sánchez Dragó, con la disculpa de no sé qué escena erótica o de una relación con chicas jóvenes en Japón hace 43 años que aparece en su libro “Dios los cría…”, le están crucificando, le están llamando de todo. Están intentando convertirlo en un muerto viviente.

Es la historia de la España negra. Esto mismo sucedía con el sexo en las épocas de Franco y es que el PSOE que nos gobierna tiene los mismos “tic” autoritarios, de control y de exclusión de los críticos o de los que no piensan como ellos que había en tiempos del Generalísimo. “Quo usque tandem…”

En el Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes escribí un ensayo sobre literatura erótica (“La novela Deliciosa”) que tiene vigencia y que sirve para explicar qué es la literatura erótica y cuáles son sus límites. Entresaco algo de lo dicho allí para que el lector compruebe cómo lo de Sánchez Dragó es habitual en el género. Incluso diría que lo de Sánchez Dragó queda empequeñecido ante las muestras de la literatura erótica y que si mandamos a la hoguera a Dragó hay que prescindir de muchos de los mejores textos de nuestra historia de la literatura. Los censores del gobierno y del PSOE están tocando fondo y nos están tocando…

Escribía en el citado estudio que la literatura erótica se toma siempre con ciertas prevenciones y tenemos una tendencia a elogiarla o a despreciarla. Lo primero por quienes insisten en no perder la conquista de las libertades que tanta sangre ha costado a la humanidad y lo segundo por quienes sueñan con una vuelta al puritanismo y a la prohibición de la manifestación de la sexualidad. Allá unos y allá otros, pero el avance en la conquista y el uso de cotas de libertad cada vez mayores es imparable, aunque debería correr parejo con el avance en el respeto de los demás. Estas son las cuestiones que hay que armonizar.

Dicho lo que antecede, debemos recordar que la literatura erótica no se circunscribe a los períodos de decadencia, antes al contrario, ha florecido en períodos como el siglo de Augusto o el XVIII, el de las luces y la han cultivado autores cristianos como Ausonio sin el menor asomo de remordimiento o preocupación.

Lo preocupante en literatura no es el género, si es erótica o histórica, por ejemplo, lo preocupante en la mala literatura, la carente de ideas y contraria al espíritu crítico. Una novela policíaca puede incitar al robo, al asesinato o al cruce de disparos de pistolas en medio de la gran urbe; otra novela que exalte una determinada religión puede mover a los lectores al fanatismo, a la intransigencia y a la persecución de los que no profesen los mismos principios o creencias. Pero una y otra, lo mismo que la erótica, no se deben desterrar por el género sino por una mala literatura, acrítica y panfletaria. Aquí reside el “quid” de la cuestión.

Las novelas nos introducen en mundos soñados o deseados que nos transportan a regiones nuevas en las que el hombre es más feliz, más que en este mundo limitado constantemente por las barreras de lo real y lo que hace el lector es enterarse y gozar de esos mundos y situaciones, pero conservando siempre su libertad y su derecho a aceptarlos o rechazarlos como norma de vida o como intento para llevarlos a la práctica. Con la literatura erótica el lector sabe que existen aberraciones sexuales, con la policíaca que hay pistolas humeantes y sangre en las aceras, pero puede y debe rechazar de ambas lo que no le dignifique como persona.

La literatura erótica no presenta las limitaciones, las carencias, ni la verdad del erotismo, presenta situaciones desinhibidas con una sexualidad sin límites, hiperbólica e imaginaria; protagonistas y situaciones que colmarían una utopía sexual o erótica. No lo sencillo y limitado. Pero esa es la grandeza de la literatura, no quedarse en la arena del circo cotidiano. Y, la locura sería convertir a las novelas en guía y patrón del propio comportamiento amoroso o sexual. Que no son gigantes, mi amo, que son molinos, molinos de viento…

Y hasta aquí hemos llegado por hoy.

A Sánchez Dragó los del partido del gobierno lo están crucificando no por lo que escribió sino porque viene diciendo las verdades del barquero y ellos temen el daño que les puedan hacer estas verdades porque se quedarían en cueros y sin pesebre.

Ya es hora de que el pueblo español deje de estar secuestrado intelectualmente. Ya es hora de que el pueblo piense y de que nos liberemos de estos que han traído paro, sectarismo y miseria.

27 de octubre de 2010

Las Lolitas de Dragó



El escritor Fernando Sánchez Dragó ha reconocido en su último libro 'Dios los cría... y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción...' que hace 43 años se acostó con dos niñas de 13 años en Tokyo.
Sánchez Dragó escribe: "En Tokio me topé de frente con unas lolitas, de esas que visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda... Tendrían unos 13 años. Las muy putas se pusieron a turnarse", señala el autor en una parte del libro, donde confiesa que narra ahora este episodio sexual porque "el delito ya ha prescrito" y porque "las delincuentes eran ellas".
Su revelación no ha dejado indiferente a nadie y la primera reacción ha venido del Comité de Empresa de Telemadrid, donde Sánchez Dragó tiene un programa, que pide el despido del escritor porque "alguien que presume de haber mantenido relaciones sexuales con niñas de trece años aparezca en una empresa pública de comunicación como la nuestra".

Después de este jaleo que se ha montado, he leído su última entrada en el blog, también escrita en El Mundo:

Excusatio petita, accusatio non manifesta

¡Qué barbaridad! ¡La que se ha armado! Efecto mariposa, tormentas en vaso de agua, mosquitos muertos a cañonazos.
¿Un artículo aclaratorio y exculpatorio? En mi vida me he visto en tal aprieto… ¿Cómo escribir sobre lo insignificante? ¿Cómo narrar lo que nunca sucedió? ¿Cómo pedir disculpas donde no existe la culpa?
Medio mundo tiene el If de Kipling en la cabecera de su cama o en el corazón de su imaginario. Yo también. Decía aquel poema: Si conserváis la calma mientras todos la cabeza perdieron y os censuran…
No es la primera vez que me implican en avisperos como éste. De niño también lo hacían. Estoy acostumbrado.
Ante todo, una pregunta ingenua: ¿por qué la práctica totalidad de las cabeceras mediáticas que me ponen en solfa lo son de un determinado signo ideológico?
Y otra: ¿por qué lo hacen ahora y no en el momento en que, tras la aparición del libro, Albert Boadella fuimos pasando de periodista en periodista, de radio en radio, de tele en tele, de ciudad en ciudad, y nadie, por muy progre que fuese, dijo lo que ahora, algunos, dicen?
Dios los cría… lleva siete semanas en la calle. Se ha vendido bien. Ha salido ya la segunda edición. Muchos han sido sus lectores. Nadie, que yo sepa, se había hecho eco, hasta ayer, de lo que ahora mueve a escándalo. A mi correo, a mi teléfono, a mis ojos y a mis oídos, en público y en privado, han ido llegando comentarios de los lectores. Todos, sin una sola excepción, eran y son elogiosos. Ninguno, sin una sola excepción, menciona la trivial, hiperbólica, epatante y muy literaria y literaturizada anécdota convertida en casus belli.
Dos observaciones…
Primera: esa anécdota ya había sido referida por mí, al hilo de los últimos cuarenta y siete años, en infinidad de conversaciones privadas, de entrevistas públicas y de algún que otro libro. Puedo demostrarlo. Mi familia, mis amigos y mis lectores ya la conocían. Nunca motivó reproche alguno. Sólo risas.
Segunda: cuando allá por el mes de marzo volví, de pasada, a contarla en presencia de mi amigo Albert, había varias personas delante… Los dos editores del libro, un redactor de una de las dos editoriales que lo publican y mi mujer, Naoko. Quizá, también, no lo recuerdo, Dolors, la gentil esposa de Boadella. El texto, que en su origen era exclusivamente oral y, por ello, de verba volant, pasó después por muchas manos: las de quien lo transcribió, las de quien -recortándolo, ordenándolo y corrigiéndolo- se encargó de darle definitiva forma, las de las gentes de Planeta y Áltera, las de los correctores de pruebas y las de algunas personas queridas y cercanas. Nadie formuló objeción alguna. Nadie se fijó en los párrafos incriminados. Son éstos una gota insignificante en el océano de un libro que habla de cosas infinitamente más serias y, puestos a buscar motivos de escándalo para los guardianes del templo de la corrección política, mucho más susceptibles de verse arrastradas al ojo del tifón del alboroto.
Y ahora, sin literatura, sin hipérbole, sin tropos, sin adornos de narrador, la anécdota…La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
¿Qué sucedió aquella noche del otoño de 1967 en el vestíbulo de la estación de Ikebúkuro de Tokio?
Yo volvía a casa desde la redacción de la NHK, en la que como periodista trabajaba. Crucé junto a un grupo de chicos y chicas, muy arregladitos todos, sobre todo ellas. Es verdad que lucían minifalda, taconazos y maquillaje atrevido. Eso era usual entre las jovencitas japonesas. Lo sigue siendo ahora.
Pasé a su lado. Se rieron. Una de ellas me guiñó un ojo. Me detuve. Charlé un poco, en torpe inglés por ambas partes, con los unos y con las otras. Congeniamos. Nos fuimos a tomar un café al barcito que aparece en el relato. Estaba junto a la estación. Nos demoramos allí una media hora. Charlábamos. Reíamos. Gastábamos bromas. Eran muy curiosos. Había, por aquel entonces, muy pocos extranjeros en Japón.
Es verdad que dos de las chicas coqueteaban conmigo y que lo hacían, aunque no durante todo el tiempo, turnándose en sus idas y venidas al lavabo. No sé por qué. Quizá para retocarse el maquillaje.
Sus amigos estaban delante, desperdigados por las cuatro mesas que allí había. Todo fue inocente y amistoso. Apenas hubo contacto físico: cogernos de la mano, mirarnos a los ojos, algún beso furtivo en la mejilla… A eso me refería con lo de trajinar, no a lo otro. Honni soit qui mal y pense…Y eran ellas, siempre ellas, quienes tomaban la iniciativa.
Es cierto que les pedí el teléfono. Es cierto que me lo dieron. Es cierto que al día siguiente llamé, y era falso.
También es cierto que me gustaron y me excitaron. ¿A quién no? Eran monísimas, simpatiquísimas y coquetísimas.
No tenían trece años. Eso es seguro, porque trabajaban, o eso me dijeron, en una empresa. Todo el mundo, en Japón, parece mucho más joven de lo que es, y aquellas chicas no eran excepción a la regla. Es muy difícil calcular la edad de un japonés. A ellos también les cuesta trabajo calcular la nuestra.
¿Por qué les asigné esa edad? Por nada importante. Era una forma de hablar y un pellizco de pimienta en mi relato. Lo mismo podía haber dicho doce, o quince, o dieciocho.
Menos mal, en todo caso, que no dije doce, sino trece, porque ésa es la edad de consentimiento sexual tanto en Japón como en España. Consulte el código vigente quien no lo sepa (artículos 119 y 120, creo. Lo he mirado en Wikipedia). ¿O sí lo saben quienes me acusan de haber cometido un delito que es, por definición e imperativo de la ley, en este caso, a tenor de mi comentario, imposible?
En 1995 el límite se fijaba en doce años.
Cuando yo, en el texto mirado ahora con lupa de inquisidor, menciono esa palabra -delito- y aseguro, entre risas, que ya puedo confesarlo porque está prescrito, estoy recurriendo a algo que quizá mis detractores no conozcan: la ironía y, de paso, el sentido del humor. ¿Debería haberlo entrecomillado? Quizá, porque entre comillas iba, pero ese signo de puntuación no tiene correlato en la lengua hablada. Era sólo una simple alusión, en clave (insisto) irónica, a algo que el discurso oficial de la corrección política y el puritanismo lingüístico imperante en el mundo de hoy ha convertido en tópico.
¿Hablar de lolitas? ¡Oh, que escándalo! ¿No lo hizo Nabokov, responsable de que esa palabra, tan gráfica, se convirtiera en neologismo universal? ¿No lo hace con frecuencia todo el mundo, varón o mujer que sea? ¿Y las teenagers? ¿Y las nínfulas, de las que tanto hablaba Umbral, escritor de grata memoria en este periódico?
¡Horrible pecado de lesa lingüística! Que dé un paso al frente quien esté libre de él. Sospecho que nadie lo hará.
Una vez dicho todo esto, y para zanjar el estúpido debate abierto por la maledicencia, la hipocresía, el sectarismo y el sensacionalismo en torno a una nimiedad, añado, de corazón, que, si a alguien que no sea un chacal, sino una persona decente, ha ofendido mi comentario, le brindo mis disculpas -los escritores, eso es cierto, tenemos la lengua muy larga- y le pido perdón.
¿Cómo no voy a hacerlo si mil veces he dicho y he escrito, en nombre de Buda, de Jesús y de tantos otros, y de mí mismo, que eso, el perdón, honra no sólo a quien lo da, sino también a quien lo recibe?
Juro, además, por mi honor, y por si alguien lo considerase necesario, que nunca, en ningún lugar, fuera de los juegos de mi infancia, he tenido trato erótico de ningún tipo con personas menores de edad.
Lo que, en cambio, no puedo decir es mea culpa, porque ni la hubo ni yo, en consecuencia, me siento culpable.
Ahí va mi mano abierta. Estréchela quien lo desee.



En fin, que parece que ésta es la semanita de los escándalos mediáticos. Desde luego, nunca se ha hablado más de la Seminci, del Reverte, del Dragó...Bueno, casi nunca por aquello de que los dos últimos son de lenguas muy bífidas cuando quieren.

1 de julio de 2010

"DRAGOLANDIA: Dos textos". No le creo, Sr. Dragó.

DRAGOLANDIA: Dos textos

¿Qué buscan, qué pretenden, qué esperan los lectores, ya sean navajeros de internet, ya personas de buena voluntad, cuando inscriben comentarios al pie de los blogs ajenos? Sé que en este mío los hay, como en los de todo quisque, pero aviso por enésima vez a quienes los dejan de que jamás los leo.

Rectifico. Lo hice sólo cuando murió Soseki, y no me arrepiento, porque la gente, con muy pocas excepciones, se volcó en aquella ocasión, me envió consuelo y me demostró que no todo, en la condición humana, está perdido. Sucede, eso sí, que quienes más gritan son las malas personas, mientras las buenas suelen permanecer calladas.

Quizá lo único que busquen los comentaristas sea charlar o litigar entre ellos. De ser así, me callo. No es asunto mío. Pero si lo que esperan es que yo dé señales de vida, van dados, y eso me inquieta, porque, siendo como soy persona bien educada, no me gustaría que mi silencio se interpretara como un gesto de descortesía.

¡Qué le vamos a hacer! Soy así. No me interesa lo más mínimo la opinión ajena. No escribo para comunicarme con los demás ni para convencerles de nada. Escribo sólo para expresarme, y seguiría haciéndolo aunque estuviese en una isla desierta sin botella alguna para hacer a la mar mi manuscrito.

Tampoco, por parecidas razones, se me ocurriría nunca enviar comentarios a otro blog. ¿Y cómo diantre podría hacerlo si no los leo?

Así es, y en esa rigurosa dieta de ayuno informático llego el extremo de desconocer por completo lo que se cuece en mi web, alabada por muchos gracias al talento, la dedicación y la profesionalidad de Javier Redondo Jordán, que es quien se ocupa de ella, pero en la que nunca -nunca, digo- he entrado.

Ayer, leyendo el último libro de Rafa Chirbes (Por cuenta propia – Leer y escribir, Anagrama), al que entrevistaré un día de estos para Las Noches Blancas, encontré este párrafo, que hago mío de pe a pa…

“No participo en blogs, o en foros de literatura virtual: me asusta esa labilidad de lo que se escribe en la pantalla, incluso cuando redacto los sesudos e-mails que dirijo a algunos amigos: se trata, en definitiva, de palabras que duran tan poco como si no hubieran sido escritas. Me deprime que la palabra escrita, que fue creada para fijar las cosas, sea una voluta que se disuelve en el aire; que unas frases sustituyan y eliminen velozmente a otras. Los blogs convierten en el colmo de lo efímero lo que nuestro amigo Fonollosa quería eterno, al tiempo que le quitan al autor el peso de la responsabilidad; es decir, cualquier atisbo de autoridad. Del mismo modo que reclamo cierto respetuoso ritual en torno a las obras literarias, estoy convencido de lo destructiva que puede llegar a ser esa continuidad de los blogs entre lo que es cháchara y lo que se supone que es un texto escrito con voluntad literaria de durar. Yo mismo puedo llenar decenas de páginas hablando sobre esto y aquello en pocas horas, y, sin embargo, paso meses para poner un poco de orden en los textos que escribo para que se publiquen”.

El segundo texto, que no es de Chirbes, dice así…

“Nada vale tanto como la pacífica alegría de sentirse acorde con la propia estrella. Sólo son felices los que saben que la luz que entra por su balcón cada mañana viene a iluminar la tarea justa que les está asignada en la armonía del mundo.»

Poesía en prosa o prosa poética. Me la leyó ayer Ignacio Santos, pintor, editor de la afilada revista Mu y propietario del agradabilísimo restaurante Maximiliam (calle de Santiago, 10, en Madrid, cerquita de la Plaza Mayor), mientras compartíamos un secreto ibérico y una botella de Marqués de Murrieta. El texto está enmarcado y colgado en una de las paredes de ese establecimiento.

Adivina adivinanza… ¿Quién lo escribió? Daré una pista. No fue Kipling, pero el If era lectura favorita de su autor.

Averígüenlo los lectores sin acudir a internet y envíen las respuestas a este blog. Por una vez, y sin que sirva de precedente, leeré sus comentarios.

Del blog de Fernando Sánchez Dragó.

14 de febrero de 2010

¿Harto de corazones rojos?

Fuente de la imagen

Seguramente a estas alturas, y gracias al esfuerzo impagable de pequeños comercios y grandes almacenes, el lector estará ya harto de ver corazones a su alrededor que le recuerdan que es San Valentín. El problema es que los publicitarios se han equivocado de órgano. En realidad deberían haber llenado nuestras vidas de cerebros rojos como símbolo del amor, pues es ahí 'arriba' donde se desencadena la tormenta química de este sentimiento universal...
Seguir leyendo...

Lo cierto es que durante este día de San Valentín suelo encerrarme en casa, con pareja o sin ella, para evadirme de la lluvia de corazones rojos, tan cursi y tan interesada, y de los apelativos con olor a naftalina.

Por cierto, navegantes, hoy es el Día de la salud sexual. Sánchez Dragó comenta ahora en la radio que busca andamios para darlo todo una vez a la semana.

24 de diciembre de 2009

Dragó y su columna...

GORRONES SIN FRONTERAS

 PUENTE LARGO. Remoloneo en la cama. La tele dice que los misioneros sin crucifijo, pero con chalecos de coronel Tapioca, secuestrados en Mauritania siguen en paradero desconocido. Mi mujer, que es japonesa, exclama: ¡Menudo chollo! Los españoles pagáis al contado y, encima, convertís en héroes a esos pijos. Razón lleva. Pijos, caraduras, gilipollas y gorrones, añado. ¿Acción solidaria? No. Acción mamaria (de mamoneo). Lo de esa gubernamentalísima organización no gubernamental es como para clamar al cielo en el que sus frailes no creen. Pijos, porque basta verlos, saber quiénes son sus papis y pasar lista a los enchufes de los que viven. Caraduras, porque jeta de granito hay que tener para asegurar que es la misericordia -solidaridad, la llaman. Jerga progre- lo que los mueve. ¡Oh, cuánto sacrificio! ¡Qué entereza de ánimo la que los lleva a arrostrar las penalidades del turismo de aventura! Gilipollas, porque lo es en grado sumo todo el que piense que con unos cuantos camiones cargados de alubias, chocolatinas y preservativos va a sacar de apuros a millones de personas gobernadas por sinvergüenzas. Son éstos quienes se quedan con el cepillo. Y aunque así no fuese, ¿no sería más lógico cargar la ayuda en un mercante y entregarla en los puertos de destino a cualquier institución solvente (si existiera, lo que es dudoso) o depositarla en las huchas del Domund? Tres cuartas partes, como mínimo, del dinero recaudado por las oenegés laicas van a parar al pozo de los gastos de gestión y al sumidero de la corrupción. Añadan a eso los del viajecito de treinta y tantas personas -¡treinta y tantas!- enviadas desde Cataluña, a todo tren, a tan lejanos parajes y echen cuentas. ¿Es que no hay aquí pobres sin intermediarios a la vuelta de cualquier esquina? Y si el donante los prefiere de raza negra o circuncisos y con chilaba por mor del exotismo, no han de faltarle. En cuanto a lo de gorrones, yo también me pongo a veces ridículos chalecos de coronel Tapioca, pero los pago de mi bolsillo. Si cruzo el Sáhara para revolcarme en las dunas y me descalabro o me voy al Índico a pescar atunes y doy en hueso, es sólo asunto mío o de los míos. ¡Ojalá los chupópteros sin fronteras regresen ilesos a sus camitas, pero confío en que lo sucedido sirva de escarmiento a esos tontainas y a quienes les consienten los caprichos! ¡Qué buenos son los politicastros mendicantes que nos llevan de excursión! Nunca viene mal una colleja propinada en el momento justo.

www.sanchezdrago.com

Sin duda, una columna que ha generado opiniones para todos los gustos y de todos los colores estos últimos días. No la había leído hasta ahora y tampoco me parece tan sorprendente lo que cuenta como para que surja tanta polémica. Quizá lo que muchos piensan y no se atreven a decir, claro...


NOTA: Quiero añadir que yo creo que se realizan importantes labores tanto por las ONG como por la Iglesia u otro tipo de asociaciones con fines solidarios. Pero una cosa no quita la otra...

3 de mayo de 2009

Reencuentro radiofónico

Esta mañana me he levantado tarde. He ordenado la habitación y he desayunado tranquilamente con la radio acompañando el crujir de las tostadas con mantequilla y miel y el cálido sabor del café recién hecho. Cuando la he encendido ya se escuchaba la conversación empezada de una oyente del programa con un, aun más joven, Sánchez Dragó que conversaba con ella animadamente. Por lo visto ya se conocían. Fue un reencuentro radiofónico en el que ambos recordaban con cariño tiempos vividos. Con cariño y, sobre todo, con la ilusión de una juventud aprovechada. Sus caminos se separaron como inevitablemente se separan muchos. Lo mágico de la vida son esos reencuentros inesperados. Los que, quizá por alguna razón, se producen años más tarde...

14 de febrero de 2009

Confesión "ingenua"

A ver qué opináis sobre este tema que lanza al aire Fernando Sánchez Dragó que, curiosamente, tiene un blog abierto al mundo en este pequeño espacio virtual en el que nos encontramos todos...

DRAGOLANDIA: Confesión ingenua

No entiendo a los blogueros. Me dirán que yo también lo soy. Cierto, lo soy, si por bloguero se tiene a quien escribe un blog, pero me refería a otro tipo de personas. Llamo yo blogueros a quienes comentan por escrito lo que escribe el autor de un blog. Es eso lo que no entiendo.

¿Por qué lo hacen? Yo nunca lo haría (tampoco abandonaría a mi perro y, menos aún, a mi gato). ¿Por qué se toman la molestia? ¿No es ya bastante engorrosa, en sí, la vida cotidiana como para que, encima, dediquemos parte de nuestro tiempo a comentar la opinión ajena?

Soy lector y escritor empecinado. Paso muchas horas al día leyendo y escribiendo. Doce, como mínimo. Me estremezco al pensar en lo que se convertiría mi vida si me dedicara a apostillar por escrito lo que leo. La prensa, por ejemplo. O lo que escucho en la radio, aunque rara vez la escuche. O lo que veo en la tele, aunque casi nunca la encienda.

No daría abasto. No podría leer casi nada, y escribir, tampoco. No digamos hacer otras cosas. La lectura de tan solo un par de páginas de cualquier periódico me proporcionaría mecha suficiente para teclear comentarios dirigidos al columnista, articulista o editorialista de turno durante varias horas.

De verdad: no lo entiendo.

Los comentarios de los blogueros suelen ser, por lo poco que de ellos se me alcanza, altamente emotivos. Son elogiosos, los menos, o insultantes, los más. ¿Qué pretenden? ¿A quién se dirigen? ¿Al autor del blog o a quienes lo leen y, acaso, lean también lo que ellos envían? ¿Lo hacen por vanidad -la de ver sus opiniones en letras de molde, aunque en puridad no lo sean las de internet- o lo hacen, quienes insultan, simplemente por fastidiar? Ya son ganas.

Me recuerdan los últimos a esos idiotas que se cruzan con un conocido por la calle y le espetan: ¡qué mala cara tienes! O bien: ¡qué envejecido te veo!

Mis blogueros deberían saber, porque es notorio, que yo nunca entro en este blog ni tampoco en el que existe, al parecer, en mi página web. Es más: nunca he visto ésta. Bueno, nunca, no. Una vez le eché una miradita de soslayo, de pie yo junto a una esquina de la mesa, y en cosa de un par de minutos me fui.

El responsable de esa página, que es uno de mis más estrechos y por mí apreciados colaboradores, me pasa de vez en cuando los mensajes, muy pocos, no más de media docena al mes, cuyo contenido, a su juicio, debo conocer.

Tampoco es del todo exacta la afirmación de que nunca leo lo que los lectores de Dragolandia cuelgan en la puerta trasera de este blog. Lo he hecho, distraídamente, en tres o cuatro ocasiones y, por lo general, en momentos tontos de esos que te pillan con la guardia baja en habitaciones de hotel de ciudades de provincias a las que has ido para dar una conferencia y mientras esperas a que los anfitriones te recojan.

¿Excepción? Una. Leí con mucha atención los comentarios recibidos a raíz de la trágica muerte de Soseki, y los agradecí, a veces con lágrimas en los ojos, porque eran emocionantes, y pedí que me los imprimieran (yo no sé hacerlo) para incorporar algunos al libro que estoy escribiendo. Pero era, a todas luces, y sombras, una circunstancia excepcional.

A lo que iba: si saben que yo no leo mi blog, ¿por qué envían comentarios? Y aunque lo leyese… ¿Entablan, acaso, correspondencia entre ellos? ¿Nacen y mueren, al arrimo de sus mensajes, amores, noviazgos, matrimonios, amistades, enemistades, qué sé yo?

Y seguiré sin saberlo, porque tampoco hoy entraré en mi blog.

No se enfaden conmigo. No interpreten mal el propósito de mis palabras. No hay desdén en ellas. Sólo hay perplejidad y, como dije al principio, ingenuidad.

Nací hace setenta y dos años. Soy de otra época. Mi mundo no es de este reino.

26 de octubre de 2008

De Isabel Gemio y Sánchez Dragó...

LA EXCUSA DE LOS TOMATES Y LAS NORIAS













Un tribunal concluye que emitir imágenes de la vida personal de los famosos atenta contra su derecho a la intimidad, aunque sean tomadas en lugares públicos.


En la sección del programa de esta mañana de Isabel Gemio, en la que colabora Sánchez-Dragó, se comentaba esta noticia que, sin duda, resulta verdaderamente absurda por lo evidente que parece. Pero ésta no es sino una excusa para felicitar a ambos por su baile de palabras. Ahí entra la lengua irónica de Dragó y los suaves labios de una Isabel que juega con su voz, dulcificada por esas ondas radiofónicas que eliminan cualquier resquicio televisivo que puedan poseer ambos personajes.

Y esa magia de la radio con pequeños pinchazos de frases inteligentes, aportaciones de personas desconocidas que relatan sus vidas, poesía, actualidad, cultura, gente y más gente que se rodea de músicas de fondo...

De nuevo, otro homenaje a esta radio que nos acompaña.