27 de octubre de 2010

Las Lolitas de Dragó



El escritor Fernando Sánchez Dragó ha reconocido en su último libro 'Dios los cría... y ellos hablan de sexo, drogas, España, corrupción...' que hace 43 años se acostó con dos niñas de 13 años en Tokyo.
Sánchez Dragó escribe: "En Tokio me topé de frente con unas lolitas, de esas que visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda... Tendrían unos 13 años. Las muy putas se pusieron a turnarse", señala el autor en una parte del libro, donde confiesa que narra ahora este episodio sexual porque "el delito ya ha prescrito" y porque "las delincuentes eran ellas".
Su revelación no ha dejado indiferente a nadie y la primera reacción ha venido del Comité de Empresa de Telemadrid, donde Sánchez Dragó tiene un programa, que pide el despido del escritor porque "alguien que presume de haber mantenido relaciones sexuales con niñas de trece años aparezca en una empresa pública de comunicación como la nuestra".

Después de este jaleo que se ha montado, he leído su última entrada en el blog, también escrita en El Mundo:

Excusatio petita, accusatio non manifesta

¡Qué barbaridad! ¡La que se ha armado! Efecto mariposa, tormentas en vaso de agua, mosquitos muertos a cañonazos.
¿Un artículo aclaratorio y exculpatorio? En mi vida me he visto en tal aprieto… ¿Cómo escribir sobre lo insignificante? ¿Cómo narrar lo que nunca sucedió? ¿Cómo pedir disculpas donde no existe la culpa?
Medio mundo tiene el If de Kipling en la cabecera de su cama o en el corazón de su imaginario. Yo también. Decía aquel poema: Si conserváis la calma mientras todos la cabeza perdieron y os censuran
No es la primera vez que me implican en avisperos como éste. De niño también lo hacían. Estoy acostumbrado.
Ante todo, una pregunta ingenua: ¿por qué la práctica totalidad de las cabeceras mediáticas que me ponen en solfa lo son de un determinado signo ideológico?
Y otra: ¿por qué lo hacen ahora y no en el momento en que, tras la aparición del libro, Albert Boadella fuimos pasando de periodista en periodista, de radio en radio, de tele en tele, de ciudad en ciudad, y nadie, por muy progre que fuese, dijo lo que ahora, algunos, dicen?
Dios los cría… lleva siete semanas en la calle. Se ha vendido bien. Ha salido ya la segunda edición. Muchos han sido sus lectores. Nadie, que yo sepa, se había hecho eco, hasta ayer, de lo que ahora mueve a escándalo. A mi correo, a mi teléfono, a mis ojos y a mis oídos, en público y en privado, han ido llegando comentarios de los lectores. Todos, sin una sola excepción, eran y son elogiosos. Ninguno, sin una sola excepción, menciona la trivial, hiperbólica, epatante y muy literaria y literaturizada anécdota convertida en casus belli.
Dos observaciones…
Primera: esa anécdota ya había sido referida por mí, al hilo de los últimos cuarenta y siete años, en infinidad de conversaciones privadas, de entrevistas públicas y de algún que otro libro. Puedo demostrarlo. Mi familia, mis amigos y mis lectores ya la conocían. Nunca motivó reproche alguno. Sólo risas.
Segunda: cuando allá por el mes de marzo volví, de pasada, a contarla en presencia de mi amigo Albert, había varias personas delante… Los dos editores del libro, un redactor de una de las dos editoriales que lo publican y mi mujer, Naoko. Quizá, también, no lo recuerdo, Dolors, la gentil esposa de Boadella. El texto, que en su origen era exclusivamente oral y, por ello, de verba volant, pasó después por muchas manos: las de quien lo transcribió, las de quien -recortándolo, ordenándolo y corrigiéndolo- se encargó de darle definitiva forma, las de las gentes de Planeta y Áltera, las de los correctores de pruebas y las de algunas personas queridas y cercanas. Nadie formuló objeción alguna. Nadie se fijó en los párrafos incriminados. Son éstos una gota insignificante en el océano de un libro que habla de cosas infinitamente más serias y, puestos a buscar motivos de escándalo para los guardianes del templo de la corrección política, mucho más susceptibles de verse arrastradas al ojo del tifón del alboroto.
Y ahora, sin literatura, sin hipérbole, sin tropos, sin adornos de narrador, la anécdota…La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
¿Qué sucedió aquella noche del otoño de 1967 en el vestíbulo de la estación de Ikebúkuro de Tokio?
Yo volvía a casa desde la redacción de la NHK, en la que como periodista trabajaba. Crucé junto a un grupo de chicos y chicas, muy arregladitos todos, sobre todo ellas. Es verdad que lucían minifalda, taconazos y maquillaje atrevido. Eso era usual entre las jovencitas japonesas. Lo sigue siendo ahora.
Pasé a su lado. Se rieron. Una de ellas me guiñó un ojo. Me detuve. Charlé un poco, en torpe inglés por ambas partes, con los unos y con las otras. Congeniamos. Nos fuimos a tomar un café al barcito que aparece en el relato. Estaba junto a la estación. Nos demoramos allí una media hora. Charlábamos. Reíamos. Gastábamos bromas. Eran muy curiosos. Había, por aquel entonces, muy pocos extranjeros en Japón.
Es verdad que dos de las chicas coqueteaban conmigo y que lo hacían, aunque no durante todo el tiempo, turnándose en sus idas y venidas al lavabo. No sé por qué. Quizá para retocarse el maquillaje.
Sus amigos estaban delante, desperdigados por las cuatro mesas que allí había. Todo fue inocente y amistoso. Apenas hubo contacto físico: cogernos de la mano, mirarnos a los ojos, algún beso furtivo en la mejilla… A eso me refería con lo de trajinar, no a lo otro. Honni soit qui mal y pense…Y eran ellas, siempre ellas, quienes tomaban la iniciativa.
Es cierto que les pedí el teléfono. Es cierto que me lo dieron. Es cierto que al día siguiente llamé, y era falso.
También es cierto que me gustaron y me excitaron. ¿A quién no? Eran monísimas, simpatiquísimas y coquetísimas.
No tenían trece años. Eso es seguro, porque trabajaban, o eso me dijeron, en una empresa. Todo el mundo, en Japón, parece mucho más joven de lo que es, y aquellas chicas no eran excepción a la regla. Es muy difícil calcular la edad de un japonés. A ellos también les cuesta trabajo calcular la nuestra.
¿Por qué les asigné esa edad? Por nada importante. Era una forma de hablar y un pellizco de pimienta en mi relato. Lo mismo podía haber dicho doce, o quince, o dieciocho.
Menos mal, en todo caso, que no dije doce, sino trece, porque ésa es la edad de consentimiento sexual tanto en Japón como en España. Consulte el código vigente quien no lo sepa (artículos 119 y 120, creo. Lo he mirado en Wikipedia). ¿O sí lo saben quienes me acusan de haber cometido un delito que es, por definición e imperativo de la ley, en este caso, a tenor de mi comentario, imposible?
En 1995 el límite se fijaba en doce años.
Cuando yo, en el texto mirado ahora con lupa de inquisidor, menciono esa palabra -delito- y aseguro, entre risas, que ya puedo confesarlo porque está prescrito, estoy recurriendo a algo que quizá mis detractores no conozcan: la ironía y, de paso, el sentido del humor. ¿Debería haberlo entrecomillado? Quizá, porque entre comillas iba, pero ese signo de puntuación no tiene correlato en la lengua hablada. Era sólo una simple alusión, en clave (insisto) irónica, a algo que el discurso oficial de la corrección política y el puritanismo lingüístico imperante en el mundo de hoy ha convertido en tópico.
¿Hablar de lolitas? ¡Oh, que escándalo! ¿No lo hizo Nabokov, responsable de que esa palabra, tan gráfica, se convirtiera en neologismo universal? ¿No lo hace con frecuencia todo el mundo, varón o mujer que sea? ¿Y las teenagers? ¿Y las nínfulas, de las que tanto hablaba Umbral, escritor de grata memoria en este periódico?
¡Horrible pecado de lesa lingüística! Que dé un paso al frente quien esté libre de él. Sospecho que nadie lo hará.
Una vez dicho todo esto, y para zanjar el estúpido debate abierto por la maledicencia, la hipocresía, el sectarismo y el sensacionalismo en torno a una nimiedad, añado, de corazón, que, si a alguien que no sea un chacal, sino una persona decente, ha ofendido mi comentario, le brindo mis disculpas -los escritores, eso es cierto, tenemos la lengua muy larga- y le pido perdón.
¿Cómo no voy a hacerlo si mil veces he dicho y he escrito, en nombre de Buda, de Jesús y de tantos otros, y de mí mismo, que eso, el perdón, honra no sólo a quien lo da, sino también a quien lo recibe?
Juro, además, por mi honor, y por si alguien lo considerase necesario, que nunca, en ningún lugar, fuera de los juegos de mi infancia, he tenido trato erótico de ningún tipo con personas menores de edad.
Lo que, en cambio, no puedo decir es mea culpa, porque ni la hubo ni yo, en consecuencia, me siento culpable.
Ahí va mi mano abierta. Estréchela quien lo desee.



En fin, que parece que ésta es la semanita de los escándalos mediáticos. Desde luego, nunca se ha hablado más de la Seminci, del Reverte, del Dragó...Bueno, casi nunca por aquello de que los dos últimos son de lenguas muy bífidas cuando quieren.

6 comentarios:

Luis Lópec dijo...

Vaya personaje¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Saludos.

Jota Ele dijo...

Sánchez Dragó, a quien tengo por un intelectual estimable, si bien he de confesar que jamás he leído nada suyo, tiene un defecto capital.

Y es que le encanta alardear de su hazañas sexuales, así como de su potencia en este sentido. Lo que me hace sospechar que ambas son faroles sin fundamento, aunque alguna pica en Flandes, como todos, haya puesto.

Otra cosa, una vez más, es el rasgado de vestiduras que esta progresía de pacotilla y traje de Armani hace, teniendo razón que los peticionarios de la hoguera siempre vienen del mismo lado cuando, por otra parte, olvidan los repartos oficiales de preservativos a niñas y niños, además de las enseñanzas oficiales para masturbarse.

Tiene razón también Sánchez Dragó. Nuestro Código Penal establece la edad de consentimiento sexual en trece años, si bien existe un proyecto de ley, creo recordar que a instancias del PNV, para establecer la edad en catorce años. Yerra sin embargo en los artículos del Código Penal. Son los que van del 181 al 183, los que especifican dicha edad de consentimiento.

Lo digo para clarificar mentes calenturientas.

Saludos, Campurriana.

Cornelivs dijo...

Menudo idiota.

Besos.

Campurriana dijo...

Anónimo, procedo a suprimir tu comentario por considerarlo totalmente ofensivo y, sin duda, prescindible. La falta de respeto no se permite en este blog y menos cuando lo que se afirma no tiene ni pies ni cabeza.

Campurriana dijo...

Cornelivs, no sé si te referías al Anónimo o al protagonista de la entrada...

Jota Ele, si pinchas en la etiqueta de Dragó de esta entrada aparecerá unas cuantas veces. Es un hombre al que me gusta escuchar y todos sabemos que el personaje que ha creado genera amores y odios y a veces, incluso, en una misma persona. Muchas paradojas en esta vida...pero muchas...

Campurriana dijo...

Por cierto, suprimí el comentario anónimo porque insultaba a uno de los amigos de este blog.