Ya os había dicho que Campurriana tiene cierta debilidad por las ventanas. No es que sea cotilla ni mucho menos. Incluso, creo que podría considerarse un pecado venial de lo más romántico por los frutos que conlleva esta sana curiosidad, que libra muchas veces del aburrimiento de un paseo nocturno a pie de calle desierta. No le interesan las vidas de conocidos; le gusta imaginar vidas de desconocidos, que muestran parte de sus secretos a través de esas miradas al mundo exterior de miles de mundos interiores que habitan entre las paredes de una casa.
En esta ocasión, ocurrió en Amsterdam.