Esta noche he visto este documental sobre Amy. Nos deja en muy mal lugar. Aunque es verdad que la suerte que corremos cada uno en la vida es responsabilidad en gran parte de nosotros mismos, y me estoy refiriendo a los caminos elegidos, también necesitamos esa ayuda para no caer en momentos de oscuridad. Esos momentos de oscuridad aparecen siempre. Tarde o temprano. Pueden denominarse éxito mal gestionado, la muerte de alguien importante para nosotros, la soledad no deseada, el vacío existencial de algunas épocas más duras...
Me ha tocado su historia (la de Amy). Como me tocó su muerte en su momento. La muerte de una mujer joven, con talento y perdida. Sola en medio de los focos. ¡Cuántas historias así!
Y cómo necesita el ser humano de una rutina, un orden, una tranquilidad en medio de la incertidumbre. Esa rama a la que agarrarse en momentos de tsunami...
Regreso al saloncito. He recordado a los que se han marchado ya. A los que no volverán a visitarnos. He recordado tantas cosas de estas visitas...
Sí. Estoy nostálgica esta noche y os dejo una canción. De Amy, por supuesto.
No está toda la sociedad aquí pero sí la que más grita. La más silenciosa también. La que sólo disfruta de la belleza de los despertares, de los atardeceres, de las viejas glorias, de la añoranzas de un tiempo mejor que pudo o aún puede existir.
Y es que me fascina Twitter. Me ha atrapado dulcemente, como bella y melosa telaraña, cubierta por las gotas de una fuerte tormenta que viene y se va mientras dura el mundo.
Me he escapado de esta red ya una vez, pero he vuelto a caer. Como la inocente mariposa que abre las alas frente a ella. Para luchar por esa verdad que considera universal y, sin embargo, no pertenece a todas las miradas que la observan.
Escribo esto mientras escucho la voz seductora de un hombre, que acaba de desaparecer entre halagos de este mundo efímero. Baila conmigo hasta el final del amor... Baila. Mi querido Leonard Cohen, que me dio a conocer mi tío cuando era una niña... ¡Qué mágicos recuerdos con su música de fondo!...
Hoy, en cambio, esas florecillas tuiteras de ayer por la muerte de uno que habitaba entre nosotros desde "siempre", se han convertido en verdaderas máscaras terroríficas con el fallecimiento de Rita Barberá. Y me da igual que se llame Rita Barberá o X. Me da igual si milita o ha militado en este partido o en el de más allá. Puedo aceptar la indiferencia ante una muerte, incluso algún cabreo interior por los actos supuestamente cometidos por tanto y tanto caradura. Puedo aceptar un sentimiento humano hasta cierto punto.
Pero no puedo aceptar la risotada, la alegría por la muerte de alguien que ni ha llegado a ser condenado por la Justicia. Todas esas imágenes terribles con el cuerpo aún caliente... Da miedo pensar que detrás de esas máscaras terroríficas se encuentran personas que caminan por la calle a tu lado, que entran en tu panadería, que compran en el mismo supermercado que tú y sonríen a la cajera... Da pavor y muchísima tristeza. Pavor, en realidad.
Mañana, Leonard seguirá cantando hasta el fin suavizando nuestros entornos tan limitados... Rita, de una u otra manera, seguirá siendo nuestra. De todos.
Y este baile, en el saloncito, les ha tocado bailarlo juntos. Curiosos caprichos virtuales y temporales. Muy curiosos...
Es verdad también; si me atrae Twitter, es por esa falta de censura que a veces criticamos o cuestionamos todos y cada uno de nosotros. La censura recortaría toda nuestra libertad y, con ella, una de las escasas maneras con la que aún nos permiten, no sin motivo, campar "a nuestras anchas" soltando opiniones, arrebatos, sentimientos sin fin...
Precisamente por ello, no deja de ser un escaparate de nuestras miserias más profundas. Miserias que conforman el estado de ánimo de un país grande que no se merece esto. Que no merece tales divisiones, tanta mala hostia retenida y sólo expuesta en estas grandes riadas infinitas.
Me sigue gustando Twitter, a pesar de todo. Por lo que he comentado. Por mucho más. Porque nuestras máscaras, con el pajarito azul, caen por su propio peso.
Desnudos, es cierto... no nos atreveríamos a decirlo tan abiertamente. No nos dejarían, quizá.
Yo, en cambio, sin la máscara campurriana, sigo apostando por expresar lo que siento. A costa de que me den el café y dos yoyas. Alguna vez ya me he buscado problemas sin pantallas por medio. Es inevitable cuando una se remueve por dentro si escucha algo que crispa, que duele.
Descanse en paz todo aquel que muera con la conciencia tranquila o sin ella.
Los castigos, estoy segura, los reciben en sus alcobas cada noche oscura que nos regala Dios.
Pues sí. He llegado a esa edad en la que las alegrías son más comedidas.
En mi caso, las tristezas nunca llegarán a ser comedidas por mi extrema sensibilidad. O sí. Dicen que también se sufre de otra manera cuando ya se llevan unas cuantas encima. Podría ser... No digo que no.
Sobre eso, os iré contando...
Sigo aprendiendo. Como seguimos aprendiendo todos, en estos caminos tortuosos de la existencia sin sentido.
Y continúo sin comprender la muerte. Continúo no tomándola como algo natural y sereno.
No puedo. No pertenezco a esa clase de personas que aguantan el tipo. Me derrumbo sin más.
¿Dónde habitan todas esas genialidades en potencia?
Sólo nos quedan las que ya se han manifestado de alguna manera, pero quiero pensar que existe un mundo para las genialidades que no surgieron finalmente por falta de ocasión.
Maldito tiempo limitado. Y, lo que es peor, ¡maldito tiempo desaprovechado!
Y, lo que es peor aún: Que un adulto suelte por esa boquita la siguiente frase: "Me aburro"
Y digo otoñal, por decir algo.
Hoy ha hecho sol en Galicia pero me siento como en un día de lluvia: triste, melancólica, sensible, susceptible, caprichosa...
He salido a dar un paseo, por si mejoraba el ánimo, y podría definirlo como sordo. Un día sordo en el que la alegría no se contagia ni a tiros. Seguro que comprendéis bien lo que os digo... Seguro que ya os ha ocurrido.
He recordado de nuevo a Ripley, a Jan Puerta, a María Jesús Paradela...
No asimilo que ya no pueda volver a verlos por el saloncito escribiendo sus pensamientos, sus opiniones...sus palabras tan valiosas.
Es, sin duda especial, la muerte de un bloguero.
También es cierto que por aquí no va a quedar nadie.
Pero...me cuesta hacerme a la idea.
Me pregunto dónde irá toda esa genialidad tras la muerte. No quiero pensar que desaparece sin más y los que vienen se la perderán inevitablemente. No quiero pensarlo aunque es mi principal sospecha. Una sospecha tan cruel que alimenta sólo la impotencia de los que vamos quedando. Y todo esto ¿para qué? ¿con qué finalidad extraña?
La muerte no tiene piedad. Se lleva a los malos, a los regulares, a los buenos. Los que esconden bajo su piel sentimientos bondadosos, no debieran desaparecer nunca. Nos dejan a todos huérfanos. Heridos de muerte en vida.
Fragmento inspirado en El duende de la radio, que se nos ha ido en un día de noviembre soleado y otoñal, de luna llena rasgada en Madrid, según palabras de su hijo en su emotiva carta de despedida.
He hablado más de una vez de Rosa Montero en el saloncito. Es cierto que, a veces, la he criticado. Considero que, sin ánimo de ofender, tiene que tener más cuidado con su forma de escribir en las redes sociales y ahora me estoy refiriendo únicamente al cuidado del lenguaje; de su ortografía, su gramática...
También tengo otra consideración menos importante o tan importante, según se mire; Rosa Montero debe pensar más las opiniones compartidas, debe profundizar más.
La naturalidad es bonita pero no los errores, aunque sean humanos. La boca de un escritor debe estar más cuidada si cabe. Mucho más.
¿Por qué digo todo esto? Porque Rosa no es una persona cualquiera que pasea por FB, Tuiter y demás redes, sino una escritora española conocida que debe comportarse de mejor manera que un zutanito de tal. Porque ella es una referencia y se debe a sus lectores.
Por cierto, a mí me gustan muchas otras cosas de Rosa Montero; su sencillez y sus pensamientos. A veces, maravillosos.
Te animo, Rosa, a tomarte esto como una crítica totalmente constructiva. Espero sepas apreciarla pero es que no puedo evitar entristecerme cuando veo la excesiva naturalidad mal entendida. Nuestro mundo merece un mejor análisis y nuestro castellano un mimo que últimamente se pierde con tantas "prisas".
Dejo ahora aquí su columna sobre la muerte. Buen punto de vista.
Aquel campo de concentración tan bonito
A Kafka la vida le angustiaba, pero intentaba por todos sus obsesivos medios prolongarla
De joven, uno habla mucho de la muerte. Por ejemplo, en mi generación de rockeros hippiosos
todos solíamos decir que moriríamos temprano y que no seguiríamos en
este mundo más allá de los 40 años de edad. Estas baladronadas nos
salían con naturalidad y muy fácilmente porque siendo veinteañero uno
considera que los 40 están tan lejos como el fin del mundo, o que
incluso es una edad un poco fabulosa que jamás se alcanza. De joven tu
muerte no existe, y por eso puedes coquetear con ella como si fuera una
aventura más de la vida. Pero enseguida el tiempo empieza a caer sobre
tus hombros con efecto de alud, quiero decir que cada vez pesa más, cada
vez es más denso, más copioso, una dura, crecedera y congelada bola de
tiempo que se precipita sobre ti y te empuja y te aplasta, y antes de
que puedas darte cuenta has pasado por la frontera de los 40 años como
una exhalación y vas camino del espacio exterior a toda prisa.
Pues bien, desde el momento en que la muerte entra
de verdad en escena, desde el instante en que te sabes mortal, nos
entran a todos unas ganas de vivir enternecedoras. O a casi todos: a
veces el dolor físico o psíquico es tal que sólo ansías desaparecer y
descansar. Pero hoy no vamos a hablar de esos casos, que son en
cualquier caso muy minoritarios. Lo que me maravilla, lo que me asombra,
es el hambre de vida que los humanos tenemos. Aunque nuestra existencia
sea gris, penosa, aburrida, difícil, todos queremos continuar un día
más en este mundo. Lo expresó formidablemente el escritor húngaro Imre
Kertész, premio Nobel de Literatura, que fue internado a los 15 años en
el campo de exterminio de Auschwitz y que, por lo tanto, tuvo conciencia
real de la muerte a una edad mucho más temprana que la media.
Recordando su adolescencia cruel, escribió: “Pese a la reflexión y al
sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado
dentro de mí, vergonzosamente insensato y sin embargo tan obstinado: yo
quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de
concentración”. Qué frase tan estremecedora y tan veraz: para nuestra
ansiedad de seguir siendo, Auschwitz era más dulce que la muerte.
Me he puesto a pensar en todo esto leyendo un pequeño libro que es una joya, un diamante diminuto y exquisito: Kafka con sombrero,
de Jesús Marchamalo, con dibujos de Antonio Santos (Nórdica Libros). En
apenas 30 pequeñas páginas, incluyendo las formidables ilustraciones,
Marchamalo se las arregla, no sé cómo, para hacer un hondo, conmovedor y
sugerente retrato de Kafka. Ya es difícil ser capaz de añadir una
mirada original sobre este autor tan biografiado, pero es que además,
tras leer esta obrita, te da la sensación de que de alguna manera has
llegado a conocer un poco al escritor. Un delicado aliento de intimidad
atraviesa el texto.
La tuberculosis a Kafka torturó a lo largo
de siete años hasta matarlo. Tuvo tres enamoradas pero no acabó de
comprometerse en sus relaciones.
Vista desde fuera, la vida de Kafka parece áspera, pobre y
atormentada. Falleció con 40 años, pasó 15 trabajando como un obsesivo y
meticuloso administrativo en una aburridísima empresa de seguros,
convivió con sus padres durante mucho tiempo y con sus neuras durante
toda su existencia, la tuberculosis le torturó a lo largo de siete años
hasta matarlo, tuvo tres enamoradas pero no acabó de comprometerse en
sus relaciones y consideraba, según propia declaración, que había algo
sucio en el sexo, o, al menos, en su manera de acercarse al sexo; su
amigo Brod decía de él que estaba atormentado por sus deseos carnales y
que era un asiduo de los burdeles (recientemente algunos estudiosos han
sugerido que era un homosexual reprimido, lo mismo que se ha dicho de
Fernando Pessoa, con quien Kafka comparte curiosas coincidencias
vitales). Pero el caso es que con 25 años, viviendo con sus padres,
desasosegado por las mujeres y pasando todo el día en su tedioso empleo,
Kafka, que se había hecho vegetariano, era ya un completo maniático de
la salud. Pese a su aspecto de tirillas, nadaba muchísimo, remaba en el
Moldava, hacía gimnasia a diario desnudo frente a la ventana abierta (en
la heladora Praga), frecuentaba balnearios y casas de salud y, por
último, se hizo seguidor del fletcherismo, “una moda nutricionista que,
entre otras cosas, exigía masticar cada bocado 32 veces exactas, ni una
más ni una menos”.
Lo de masticar cada bocado 32 veces es lo que me
parece más enternecedor; la vida le angustiaba, pero intentaba por todos
sus obsesivos medios prolongarla. Veo a mi Kafka en la imaginación como
esforzado rumiante y me conmuevo; algunos sostienen que quizá se
contagiara de la tuberculosis por su costumbre de beber ingentes
cantidades de leche sin hervir, otra de sus manías saludables. Si esto
fue así, sólo demuestra una vez más que, por mucho que corramos, la
muerte siempre nos termina atrapando. Pero mientras tanto, y aunque la
vida apriete y nos escueza, qué emocionantes ganas de seguir, a pesar de
todo.
Vaya, que no quiero complicarle la vida a nadie cuando llegue ese momento. Pienso que los muertos estarán con los vivos mientras éstos los recuerden con cariño; incluso, estarán con los vivos que no han conocido personalmente, si otros han transmitido sus experiencias personales a los más jóvenes y han sabido transmitirlas.
Lo de las flores en las tumbas es bonito pero no es necesario. Es más bonito recordarlos cuando las vemos en cualquier rincón del mundo, cuando observamos la belleza que nos rodea y nos acordamos de nuestros muertos y los echamos de menos.
Me duele ver su blog porque era uno de mis
blogueros-fotógrafos favoritos. No sólo valiosas sus fotografías, sino también valiosa su forma de expresar con palabras aquellos pensamientos que sirven para llenar este vacío que nos rodea tantas veces, con formas definidas. Jan era de esas personas que se esconden en el mundo
virtual y lo dulcifican, lo enriquecen continuamente otorgando a los días y a
sus momentos la importancia que merecen, incluso aunque a veces los temas sean duros, voraces.
Me hizo acercarme a Chile y desear con todas mis fuerzas conocer Valparaíso (espero hacerlo algún día). Recuerdo con especial
cariño a sus canes callejeros a los que dediqué esta entrada allá por 2009:
Homenajes deliciosos en cada uno de sus posts, en cada
recuerdo de Jan que, generosamente, compartía con todos nosotros.
Recuerdo también sus homenajes a las ciudades, a los lugares, a sus gentes sobre todo. Hacía tiempo que no escribía en su bitácora pero siempre le he tenido presente, desde que conocí su rincón mágico. Le escribí el pasado abril tras
uno de los terremotos de Chile y me respondió amablemente. Cada vez que escucho algo sobre este país me acuerdo de él y de sus retratos. Seguiré haciéndolo.
No pude creer la noticia de su fallecimiento esta mañana. Me enteré mientras estaba
desayunando por un comentario en Facebook de Mariluz GH. La muerte, sin duda, aparece cuando menos la
esperas…también cuando la esperas. No nos libramos de ella y la obviamos injustamente. No estamos tratándola como merece en esta sociedad que se pierde entre tantas cosas inútiles, infructuosas.
Estaba leyendo ayer un
libro de Rosa Montero en el que se trata el tema de la muerte con deliciosa sinceridad y
sencillez. Decía la autora, tras la muerte prematura de la que fue su pareja muchos años...si hubiese sido consciente, te habría querido no más, pero mejor. Tantas cosas se nos escapan por alejarnos de ella...
En el caso de Jan, creo que siempre le hemos apreciado y valorado, y dan fe tantas muestras de cariño existentes por la red desde que se ha conocido la triste noticia.
Nos deja su obra; un gran legado para disfrutar aunque transcurran mil años...Porque es Historia con mayúsculas y prueba de una sensibilidad digna de ser recordada para aprender, para seguir aprendiendo de nosotros mismos.
Hasta siempre, Jan. Buen viaje, amigo.
Un recuerdo especial para los que te han tenido más cerca.
Ando desconectada estos días en la medida de lo posible. Hoy se me ha ocurrido abrir el periódico por las páginas del medio y me han entrado náuseas al encontrarme con esta fotografía. En su leyenda pueden encontrar el enlace a la "noticia" si es que les apetece leerla aunque, les aseguro, nada bueno les aportará. Los que aportan algo bueno en este tipo de casos son, precisamente, los que no tienen interés alguno en salir en la foto. Curioso, ¿verdad?.
¿Qué pretendo colgándola en el saloncito?
Pues que gente como ésta se dé cuenta de que es tremendo salir en el periódico de esta guisa (quizá no se han "decatado" y hay que decírselo o quizá no lo entienden por más que se lo expliquen). Me estoy refiriendo lógicamente a ir señalando con el dedo por ahí, frente a uno que lleva una cámara de difusión de sucesos, el lugar donde las personas corrientes fallecen un día cualquiera; con pose de foto y demás...En fin, a tantos les encanta el protagonismo a costa de todo.
Es cierto: puede que haya otra versión además de la aportada por el periodista. Que me la expliquen entonces.
¡Cuántas veces siento que muchas de las personas buenas que he conocido y que se van marchando no han sabido/podido disfrutar de la vida!
Demasiado sacrificio personal por los demás, muchísimo trabajo y otras tantas preocupaciones de signo diverso. Extremo sentido de la responsabilidad inculcado por unos padres, por duras experiencias vitales.
¿Y ahora qué?
Intentemos llevarnos de la vida esos momentos dulces que podamos regalarnos; todo aquello que se deja fuera de las tumbas no vale para nada. Son sólo cosas.
Me resulta tan difícil creer que ya no está en este mundo que muchas veces, os parecerá una tontería, busco en internet noticias relacionadas con su nombre. Después de una vida llena de sabidurías y amor por los demás, sólo aparece su esquela en las frías páginas de necrológicas y es en este instante cuando caigo, una y otra vez, en esta realidad dura que se nos lleva a todos por delante.
LLEVABAN 42 años casados y aunque a veces los hombres bromeamos sobre el carácter de nuestras esposas, sin su presencia insistente nuestras vidas se desvanecen. Si se nos mueren primero nos quedamos mucho más solos y desamparados de lo que se quedan ellas si el trágico orden es el inverso. No hay ningún hombre que haya hecho algo realmente valioso sin una mujer que le haya guiado, que le haya templado, que le haya ayudado a potenciar sus virtudes y a disimular sus defectos. Nuestras mujeres, además de vivir sus vidas, con su trabajo y sus méritos, sus afectos y sus agotamientos, se hacen cargo de la nuestra de un modo incondicional y conocen tan bien nuestras debilidades que saben cómo alejarnos de ellas sin que se les note el cuidado, mientras nosotros fanfarroneamos de lo inteligentes que somos y de la habilidad con que nos zafamos de cada situación complicada.
Me casé con una mujer audaz y hermosa, la noche en que la conocí ya supe que sería ella y al cabo de un mes le pedí matrimonio, aunque no me dijo el sí definitivo hasta el día que hizo un año exacto de nuestro primer encuentro. Me he acostumbrado de tal modo a vivir con ella, a reír, a resistir, a no tener miedo con ella; me he acostumbrado a su mitad hasta tal punto que me confundo con su ser y la necesito como necesito cada parte de mi espíritu y de mi cuerpo. Desde que tuvimos a nuestra hija la comunión es total, el engranaje funciona sin fisuras, y aunque a veces nos distraemos con algunas rabietas incendia-rias, existe de fondo algo tan unitario y sagrado, y con los objetivos tan claros, que en esencia es muy difícil distinguirnos y saber de quién es cada parte.
Llevaban 42 años casados y ella murió el martes de un inesperado infarto después de haber superado un cáncer. Ésta es mi viva imagen del terror, además de que a mi hija le sucediera algo. El gran drama de llegar a amar a alguien como yo amo a mi esposa es que si la muerte me la arrancara quedaría de mí sólo una sombra. Amar es cuidar de dos almas y mi mujer hace tan bien este trabajo que si un día la perdiera no sabría dónde encontrarme.
Con mis amigos hago broma de sus arrebatos, de cómo me censura los excesos o de cómo farfulla, cual máquina de segar césped a lo lejos, cuando las cosas no se hacen exactamente como ella quiere. Pero el auténtico arrebato, de pavor y de tristeza, es el que siento cuando leo noticias como que después de 42 años de amarse, necesitarse y compartirse, ella ha muerto. Intento no pensar en ello, pero al final es lo único en lo que pienso, y escribo este artículo como si me armara con una lanza y un escudo, como si pudiera ahuyentar la fatalidad escribiéndolo.
SALVADOR SOSTRES
La verdad es que suelo leer sus columnas. Unas me gustan, otras no tanto, y algunas me llegan de una forma especial.
Hoy la he agradecido entre tanta crueldad de portada. Sin ir más lejos, acabo de abrir la prensa y me he encontrado al lado de la fotografía de una receta de alcachofas una sucesión de cuerpos de niños muertos. Me pregunto si algo positivo aporta esta última imagen...
Gracias, Sostres. Se ve que tienes también tu corazoncito.
Parece que es día de despedidas en este saloncito. Me entristece que se vayan personas que, de alguna manera, también han formado parte de mi vida sin saberlo siquiera. Recuerdo la lectura de este libro titulado "Sostiene Pereira". La he recordado muchas veces por lo bien escrito que está, por cómo relata los hechos cotidianos y no tanto...por esas escenas que deja en la memoria enriqueciéndonos un poco más a lo largo de los días.
Hasta siempre, Antonio Tabucchi.
SOSTIENE PEREIRAque le conoció un día de verano. Un magnífico día veraniego, soleado y aireado, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira, le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira. La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, eso no volvería a renacer, y, además, ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba cotidianamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer? No, Pereira no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: “La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leída el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francesco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros”.
Sobre Leonora Carrington escribió Octavio Paz: «No era una poeta, sino un poema que camina, que sonríe, que de repente abre una sonrisa que se convierte en un pájaro, después en pescado y desaparece».
Hace tiempo me hablaron de ella tomando una cervecita por la mañana en un lugar de Ferrol. Esta mañana he regresado con la misma compañía a ese mismo lugar e, incluso, a esa misma mesa y hemos vuelto a hablar de esta mujer que falleció a los 94 años el pasado mes de mayo de 2011.
Me gusta leer biografías de mujeres. De su arte puedo decir más bien poco porque apenas lo conozco. Me llamó la atención, eso sí, un cuadro que presento a continuación. A ver qué os parece...
Si queréis conocer un poco más de su historia, pinchad aquí y profundizad hasta donde os apetezca.
MÁS COSAS SOBRE LEONORA ENCONTRADAS EN ESTE ENLACE:
Desde pequeña enfrentó la existencia de dos mundos contrastantes y contradictorios. Por un lado, la disciplina autoritaria de una sociedad patriarcal y cruel, llena de reglas y convenciones absurdas y, por el otro, un mundo de libertad e imaginación nutrida por sus propias lecturas y por los cuentos celtas y las historias que contaban su madre, su abuela y su nana también irlandesa.
Buena parte de su obra proviene de esa rebeldía, en ocasiones subversiva, contra la autoridad patriarcal, así como de la fascinación por los parajes míticos y paradisiacos de su infancia, poblados por dioses, hadas, monstruos híbridos y bestias fabulosas.
“Se dice mucho que es surrealista, porque estuvo con este grupo, pero ella en realidad lo que pinta es el mundo de su infancia, de su abuela irlandesa Moorhead, de los sidhe, que para nosotros son los chaneques, los que andan en Chapultepec, nuestros nahuales, esos personajitos que nos ayudan o a veces nos desayudan porque hacen muchas travesuras.”
La última vez que Poniatowska vio a Carrington fue hace un mes, porque anduve de viaje, y la vio bien. “Era muy delgadita y eso, tómenlo en cuenta, no comer te prolonga la vida. Comía muy poco, puro té y té. Tomen té negro.
Rodeada de árboles ya descansa Leonora, bajo la tierra como ella lo había pedido, ahora en una existencia más allá de la realidad física, sumida quizá en algún sueño propio o ajeno, sin duda muy parecido a las misteriosas y entrañables imágenes de sus lienzos.
Ahí quedó su cuerpo, pero su imaginación cegadora, su luz deslumbrante, queda en los ojos, la memoria y la admiración de quienes han conocido y conocerán su obra.
No me gusta la violencia, afirmó alguna vez. No soy política, pero es un hecho que uno no puede estar de acuerdo con las guerras. El arte es la única manera que yo conozco de expresarlo
También la magia era una palabra que se relacionaba con su vida y obra. Ahora estamos vivos, mañana quizá estemos muertos. No sé a qué magia se refiere usted. Todo es asombroso. ¿La vida? La muerte también. Kati Horna, una muy buena amiga mía, murió recientemente. Kati, que era tan llena de vida, de repente está en una caja
Cuando tenía 77 años, en entrevista, dijo: Para mí la felicidad hoy en día es no tener miedo a la muerte. Ésa es la verdadera felicidad: hacer la paz con la muerte.
Sigo con mis paseos de arte. No sé qué ha pasado en el mundo este fin de semana. No quiero saberlo.
Permitidme ser avestruz por esta noche. Sólo por esta noche porque mañana ya es lunes...
Escribía lo siguiente en esta entrada de la isla que tanto me gusta, relacionada con la tragedia vivida recientemente en la playa del Orzán, en La Coruña:
Los que vivimos aquí lo vemos aún más como una imprudencia imperdonable y, sobre todo, si ésta arrastra la vida de más seres humanos.
No sé si es el deber de los policías tirarse al agua sin más o también fue imprudencia de ellos...y en este tipo de mar aún con mayor razón. No lo sé...
Recuerdo ya unas cuantas tragedias en esta playa.
Una pena.
Recomiendo que leáis todos los comentarios. Merecen ser leídos.
Han transcurrido los días y lo veo de otra manera y también de la misma. Me explico: creo que hablar es facilísimo pero tachar de imprudentes a los policías no sé si es justo. Quizá, en similares circunstancias en las que vemos que es posible, aunque sea remotamente, salvar la vida de una persona, muchos cometerían/cometeríamos esa imprudencia. Por un lado, me seduce la idea de creer que este pensamiento es totalmente o moderadamente razonable. Imaginemos al chico en medio del agua y relativamente cerca...hacemos una cadena para intentar sacarle a pesar de las olas..."seguro que podemos".
No sé. Lo he sentido mucho, la verdad.
A mí esto de los héroes, como decía un amigo mío, me da grima. De hecho, no me gusta este tratamiento de la noticia que ofrecen los medios para subir la audiencia. Sólo quisiera, eso sí, dedicarles este humilde homenaje en el saloncito. Ojalá este suceso sirva de algo. Ojalá.
Se trata de una columna de Sostres que leí en su día y me enganchó desde la primera línea. A ver qué os parece.
NUNCA te dije que el doctor nos dio las peores noticias y ninguna esperanza, y que a partir de aquella tarde todo fue una larga despedida. Nunca te dije cómo desde aquel instante te empecé a echar de menos y a notar cómo mi vida menguaba y se quedaba incompleta para siempre. Nunca te dije lo feliz que me habías enseñado a ser: al principio porque pensaba que ya tendría tiempo para decírtelo, y luego porque temía que notaras que algo raro sucedía si de repente y sin más te lo decía. Nunca te dije cómo todo mi ser empezó y terminó en ti desde el día en que te conocí.
Nunca te dije que te estabas marchando porque te horrorizaba resultar una carga y todavía más un estorbo, nunca te dije que algo de mí moría mientras tú morías, y aunque en cada frase y en cada gesto de aquellos últimos días intenté decirte que te quería, soy plenamente consciente de que, exactamente, nunca te lo dije.
Nunca te dije que de ti aprendí mucho más de lo que pudiera enseñarte, nunca te dije cómo presumía de ti con mis amigos, ni cómo ellos me envidiaban y me repetían lo afortunado que había sido encontrándote. Nunca te dije que en muchas cenas y reuniones en que no me acompañabas pensaba casi todo el rato en ti y sin que nadie lo notara me ponía a escribir sobre algo que habías dicho o hecho, acariciándote con cada palabra, aunque luego no lo utilizara para ningún artículo.
Nunca te dije que te solía hacer rabiar porque me divertía verte exaltada, tan luminosa y tan radiante, y nunca te dije que muchas noches me despertaba, te miraba mientras dormías y eras La Belleza hecha carne, echada y dormida. Nunca te dije que siempre tuviste razón aunque me costara dártela y reconocer que fueras tan perfecta. Nunca te dije que siempre me hiciste sentir el hombre más afortunado del mundo, que nunca dejaste de sorprenderme ni de gustarme más cada día y que aprovechaba todos tus consejos aunque me riera de ellos y en ocasiones de ti. Nunca te dije que muchas veces pensé en marcharme contigo.
Nunca te dije adiós porque no quería asustarte ni provocarte tétricas visiones de la muerte, pero también porque nunca fui lo suficientemente valiente para asumir que te perdía. Nunca te dije que me moría de miedo de quedarme sin ti. No sé si te protegí de algo no diciéndote nada, o me protegiste tú a mí siguiéndome el juego porque en realidad lo sabías todo y no querías asustarme ni que me desmoronara. A fin de cuentas nunca supe disimularte nada.
Sólo sé que daría lo que fuera por tener una última escena contigo y poderte decir cuánto te quise y te quiero; y que están locos como yo lo estuve los que se aman mucho y, ellos que pueden, no se lo dicen.
Éstos son días de despedidas. De varias despedidas a una persona muy especial para mí. No dejo de recordarla con la incredulidad que genera la muerte reciente. Asimilaré que ya no está cuando regrese a su entorno y no la vea entre fogones, en las reuniones de la gran familia que creó con tanta dedicación, en la casa del pueblo al amor de una lumbre tantas veces avivada por ella.
Es curioso...Imaginaba que era inmortal. Que nunca se marcharía.
A mi abuela (mi abuelita preferida, como me gustaba llamarla).