He leído esta definición por algún titular que pulula por internet. No me gusta introducirme en los calificativos de las historias que nos cuentan. Prefiero quedarme con las sensaciones que éstas me producen. Y así lo he hecho.
Esta historia me ha seducido. Había visto su primera temporada y he vuelto a verla. Me he estrenado con la segunda.
¿Qué podría decir? Son deliciosas. Por esa Galicia que me tiene completamente cautivada. Por esos rincones que, sin serie ni aplausos globales, me han cautivado siempre. Los siento tan cercanos que cuando deseo huir no sé hacia dónde, vuelvo a dirigirme a ellos para que acarien mi estado de ánimo. Son como esa piel necesaria en días helados.
Y las gentes. También aquí, de alguna manera, retratadas. Y queda retratada la Justicia con mayúsculas. Y con minúsculas. Porque uno se pregunta por su significado. ¿Qué es realmente la Justicia? ¿Por qué llegamos a actuar de un modo u otro? El ser humano y sus mil caras, y sus límites. Sobre todo, sus límites. La gama de grises danza una y otra vez entre los sucesos que rompen lo cotidiano e, incluso, se confunden con las mismas rutinas.
LLueve. Subo a la sierra, bajo con As bestas, disfruto de una buena caldeirada cerca de las olas que lo bañan todo. Y he recordado a esa Sirena con una leyenda que no llego a adivinar ahora si es triste o todo lo contrario. Y piso esos suelos de piedra desigual intentando no meter el tacón en uno de sus múltiples agujeros. Y disfruto de un chocolate caliente mientras las galerías acristaladas ejercen de acogedor paisaje y me traen recuerdos de una vida anterior que ya no considero mía. Y sigue lloviendo. Subo a casa, enciendo la lámpara de la mesa del comedor y cojo ese libro que continúa la vida. La vida que se va escribiendo sola y sorprendiendo con cada giro de guión.
