Estos días intento evadirme de esos barullos "elaborados" en un agosto que se prepara para un septiembre. Lo intento y, en gran medida, lo estoy consiguiendo. Parte de culpa la tiene el sol, otra parte la tiene Marilyn, y la última y no menos importante, por supuesto, mi familia y amigos.
Se trata de un verano silencioso, tranquilo. Un verano de ésos en los que los oídos han decidido, por unos instantes, no oír, sí escuchar; escuchar las olas del mar, las aves, el viento del parque en el que descansan los mayores en las mañanas dulces.
Huyo ahora a otras tierras de montaña en las que también se regalan momentos de calma.
Volveré pronto pero sé que me parecerá eterna la escapada por la serenidad.
A pesar de las nostalgias.




