Cada palabra que pronuncio, ya no va dirigida a nadie que se encuentre físicamente enfrente de mí. Camino con mis soledades como compañía más fiel.
La palabra se queda tan extrañada con esta experiencia, que se convierte al instante en un eco que resuena y aconseja, tranquiliza, desasosiega también.
Las palabras pueden ser las amigas más tiernas o las enemigas con más aristas. Como los silencios, que son tan importantes como ellas. Incluso, más. Dentro de los silencios también existen discursos escondidos. No nos libramos nunca de los discursos.
Todos necesitamos ese reposo de diálogos internos para recolocar nuestro cuerpo, tan ligado a nuestra mente y viceversa. Nunca he sentido tan fuertemente esta conexión entre ambos.
Observo ahora la vida y la comprendo mucho más que antes; Cuando era una feliz ignorante que se consideraba por encima de tantas cosas. Ahora soy más consciente, lo que aporta dolor y también un conocimiento extremadamente valioso.
Comprendo más la fragilidad de las personas que tenemos cerca, la de mí misma. Esa fragilidad aporta un atractivo especial también.
Somos como flores que se acaban de abrir en medio de una tormenta. O podemos pensar que somos la planta que florece o deja de florecer...





