18 de julio de 2007

La mina

En cuanto presienten los rayos del sol, en la misma bocamina, después de siete horas en tinieblas, los mineros respiran con ansia. Saltan de las vagonetas en marcha e inician la estampida. Es imposible hablar con ellos. No se detienen. La salida de la mina transcurre en segundos. Es casi una huida. Mudos y ciegos. Sin palabras ni sonrisas. Sucios, cansados, empapados, con el rostro tiznado e inexpresivo, entregan sus lámparas sin mirar al lampistero y corren a las duchas. Allí los músculos y gestos se relajan. Tras media hora de ascenso por el frío túnel de salida, donde la corriente creada por la ventilación hiela el sudor de una jornada, los vestuarios, opacos por el vapor del agua caliente, son el paraíso. Ruedan por el suelo el mono, la camisa y los guantes; la áspera ropa interior; el pañuelo a cuadros y los calcetines; el casco, las rodilleras y las botas. El carbón se agarra al cuerpo como alquitrán. Se cuela por todos los orificios. Se pega en la garganta. Cuesta deshacerse de él. Algo que sorprende a los dos periodistas que han bajado por primera vez a la mina. Hay que emplearse a fondo con el cepillo y la esponja. Corre el agua negra. Sobre las taquillas, páginas centrales de Interviú y Playboy. Comienzan las bromas. Hay muchas risas. Es gente joven. Los más viejos apenas superan los 40. Cruzado ese límite, la mayoría accede a la prejubilación. Un año por cada dos trabajados. Un día más en la mina. Un día más con vida.

Fragmento del reportaje de El País "Los últimos mineros".
13 de mayo de 2007.

2 comentarios:

Raíña Loba dijo...

Y luego aún tenemos el valor de quejarnos de nuestros trabajos...

Campurriana dijo...

Es mi pequeño homenaje a las personas que realizan y han realizado este duro trabajo que, desgraciadamente, sigue dejando duras secuelas y víctimas.