18 de enero de 2008

Desde la corte

Gallardón, segundo capítulo. Y lo que son las cosas, señores: hace cuatro días, el debate político estaba en dilucidar si Zapatero había mentido sobre el diálogo con ETA. Parecía la ruina del PSOE, y el presidente un torpe que le hacía un regalo espectacular a Rajoy. Para apartar ese tema del escenario, ni Moncloa ni Ferraz hicieron nada: el PP se encargó de limpiar la agenda socialista. Apareció Manuel Pizarro con su aureola de hacedor milagroso y resistente heroico. Y ahora llevamos dos días donde el parlamento nacional de las tertulias no se detiene en los miles de agencias inmobiliarias cerradas, ni en el hundimiento de las bolsas, ni en nada que sea ajeno a la magia y desgracia de Alberto Ruiz Gallardón.

Si el lector es aficionado a Internet, observará varios fenómenos: el masivo, que hace que se hable del alcalde de Madrid casi en exclusiva; el pasional, con cientos de opiniones exaltadas, a favor y en contra del nuevo mártir nacional; el sociológico, que se ha propuesto levantar adhesiones, como si se tratara de frenar el canon digital, y las encuestas de las páginas web de los diarios, que arrojan este balance: más de un 80% de los que votan consideran que Rajoy se ha equivocado. Menos mal que la «democracia electrónica» no es representativa. Menos mal; pero esas expresiones indican que el caso Gallardón no está cerrado. Ante tal clamor digital, Rajoy parecía ayer un llanero solitario entre las flechas de los indios y trataba de responder al aluvión de críticas: «He hecho lo mejor para el Partido Popular y para mí». Y añadió: «Quiero ser presidente».

Al escucharlo, tuve sentimientos contradictorios. Por una parte, necesidad de replicarle: no diga lo obvio, don Mariano; no repita que quiere ser presidente, que pueden no creerlo, y es un discurso muy parecido al que causó la ruina de Gallardón. Pero, por otra, comprendo lo complejo del desafío. ¡Qué difícil es justificar una decisión que, tal como se presentó, parece el fogonazo de una reunión dramática de la Santa Inquisición! ¡Qué difícil es explicar en propia voz que está harto de presiones y de esa intención oculta de abrir su testamento en vida! ¡Y qué imposible defender la exclusión de una persona sin herirle, sin humillarle más, apartándolo, pero tratándolo al mismo tiempo como un compañero necesario!

Este es el momento en que la dirección del PP debe llamar a los cardenales. Pero no a pedirles manifestaciones, sino rezos como este: «Que se produzca un milagro, Señor; que haya un acontecimiento que haga olvidar a Gallardón; que Zapatero meta pronto la pata, que no resultará difícil. ¿O es, Señor, que has cambiado de parroquia y esas mercedes solo las concedes a socialistas?».

Manuel Pizarro. Fotografía de El País.
Artículo de La Voz de Galicia de Fernando Ónega, titulado "Rajoy, imposible explicación".

1 comentario:

Campurriana dijo...

¿Qué haríamos sin ellos?