10 de marzo de 2010

Con la puerta en las narices

Fuente de la imagen: Flickr

El momento romántico de Campurriana se acaba de transformar de golpe, y nunca mejor dicho, porque he sufrido hace un instante la mala educación de una vecina del edificio que ya más de una vez me ha demostrado el tipo de persona que es: aquélla que única y exclusivamente piensa en sí misma (y en su animalito de compañía). Permitidme el desahogo pero es que he llegado a casa cabreadísima. Es una chica treintañera que tiene un perrito. Lo cierto es que nunca culpo a los perros de mala educación, sino a los dueños que son los que deben tener el "sentidiño" que a los animales se les presume. Nunca culpo a los niños pequeños tampoco y espero que ésta no tenga un hijo porque entonces nos mudaremos de casa unos cuantos si no optamos por otra solución más drástica. La cuestión es que esta mujer nunca espera a los vecinos que llegamos al portal o que salimos del mismo; cierra la puerta y corriendo huye hacia al ascensor o hacia la calle como si la persiguiese el mismísimo diablo, porque el esfuerzo que le supone esperar debe de ser inmenso a juzgar por las carreras que se pega. Hoy ha sido otro de tantos días, y esta vez venía yo cargada con una maleta y unos bultos, y de nuevo tuve que saltar el obstáculo del perro gritón que sale a toda pastilla del ascensor hacia el parque y el obstáculo de la puerta del mismo ascensor que deja caer siempre la muchacha, no vaya a ser que pierda un segundo de su interesante vida sujetándola para una vecina que llega...

Perdonadme. Necesitaba soltar esta mala leche. Ahora ya me encuentro mucho mejor.
:)