12 de julio de 2011

Las olas de Manuel Vicent



El mar sólo es un conjunto de olas sucesivas, igual que la vida se compone de días y horas, que fluyen una detrás de otra. Parece una división muy sencilla, pero esta operación, incorporada a la mente, ha salvado del naufragio a innumerables marineros y ha ayudado a superar en tierra muchas tragedias humanas. Recuerdo haberlo leído, tal vez, en alguna novela de Conrad. Si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero. Como las olas del mar, los días y las horas baten nuestro espíritu llevando en su seno un dolor o un placer determinado que siempre acaba por pasar de largo. Cuando éramos niños desnudos en la playa no teníamos conciencia del mar abstracto sino del oleaje que invadía la arena y contra él se establecía el desafío. Cada ola era un combate. Había olas muy tendidas que apenas mojaban nuestros pies y otras más alzadas que hacían flotar nuestro cuerpo; algunas llegaban a inundarnos por completo con cierto amor apacible, pero, de pronto, a media distancia de nuestro pequeño horizonte marino aparecía una gran ola muy cóncava adornada con una furiosa cresta de espuma que era recibida con gritos sumamente excitados. Los niños nos preparábamos para afrontarla: los más audaces preferían atravesarla clavándose en ella de cabeza, otros conseguían coronarla acomodando el ritmo corporal a su embestida y quienes no veían en ella una lucha concreta sino un peligro insalvable quedaban abatidos y arrollados. Con cuanto placer dormía uno esa noche con los labios salados y el cuerpo cansado, abrasado de sol pero no vencido. La práctica de aquellos baños inocentes en la orilla del mar es la mejor filosofía para sobrevivir a las adversidades. El infinito no existe, el abismo sólo es un concepto. Las pequeñas tragedias de cada día se componen de olas que baten el costado de nuestro navío. La única sabiduría consiste en dividir la vida en días y horas para extraer de cada una de ellas una victoria concreta sobre el dolor y una culminación del placer que te regale. Una sola ola es la que te hace naufragar. De ésa hay que salvarse.

7 comentarios:

Douce dijo...

Sabia filosofía,pedagógicos recuerdos,clara y hermosamente escrito. Sello de la casa:M.VICENT

Ángel dijo...

Un texto perfecto, muy adecuado a estos oscuros tiempos. Hay que tener una perspectiva a largo plazo, histórica, para entender que el mal siempre es pasajero ...
Bien escogido.
Fuerte abarzo

Campurriana dijo...

Ola a ola, verso a verso...
:)

Siempre me gustó esta columna. Hay otra de Manuel Vicent que dejó huella en mí...cuando la encuentre también la colgaré...

Feliz tarde soleada-nubosa aquí por Compostela.

Luna dijo...

Yo lei una columna ya hace muchos años,diez aproximadamente,su titulo
"la mujer invisible" no estoy segura,
me hizo mucho daño,ese dia me di cuenta que ya era mayor.Manuel Vicent es un poquito "capullo" curiosamente lo vi al dia siguiente en el aeropuerto de Barajas,le diriji una mirada asesina...ahora ya se me paso y leo de el todo lo que cae en mis manos.

Campurriana dijo...

Luna, nunca serás una mujer invisible. Eso nunca.

Un beso.
:)

Amio Cajander dijo...

...... precioso ..... certero....oportuno...

Campu dijo...

Amio, a mí también me gusta cómo lo dice, qué transmite...una filosofía a tener en cuenta...