2 de noviembre de 2011

Escribiendo...

La biblioteca era el lugar donde se resguardaban las almas perdidas de la ciudad sin nombre. Algunos, incluso, se acercaban a leer. Otros, en cambio, con los ojos vacíos arrastraban su mirada sobre las letras que aparecían en los libros que no habían sido colocados aún en las viejas estanterías de madera. Aquel escenario era el que observaba cada día el hombre de edad indefinida que esperaba pacientemente la llegada de su hija. Se entretenía, mientras tanto, con historias de naufragios, de desamores trágicos, de reinas abandonadas, de luchas de clases, de biografías retocadas por miles de manos que pasaban por encima de ellas cada nueva temporada...
Ese día su hija no vino a buscarlo. Nunca se supo qué ocurrió con aquella mujer que dedicaba la vida entera al cuidado de su padre. A partir de este momento, el hombre de edad indefinida se frotaba las manos cada vez que llegaba la hora del regreso. Después se levantaba con calma y se marchaba solo. Así transcurrieron los meses hasta que su alma se escapó definitivamente. Poco a poco, la biblioteca se iba quedando vacía hasta que llegaban nuevas historias para alimentar el mundo, para descomponerlo.

4 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Las inadvertidas tragedias cotidianas.
Me conmueve imaginar lo que ocurrió.

Besos.

ñOCO Le bOLO dijo...


· Y es esta historia, una de las que llegó, para quedarse, y ser ejemplo de como cualquier biblioteca es... simplemente... un vivero.
Y hay historias que componen el mundo... también.

· bicos

CristalRasgado & LaMiradaAusente
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El Náufrago dijo...

A veces las 'historias' se hacen papel para que el misterio deposite su duda y cree otras misterios...

Las bibliotecas siguen albergando a personas mayores que ojean los periódicos, miran las estanterías, reruerdan viejos tiempos, mientras esperan a hijos que nunca llegan.

Campurriana dijo...

Curiosos lugares...las bibliotecas...