28 de noviembre de 2018

Depresión y redes sociales






28/11/2018 07:56 h

Hay oscuridades que solo llegan a comprenderse desde dentro. A lo lejos, el negro parece solo azul. Ocurre con la depresión. Como si los que la sufrieran necesitaran un justificante para mostrar ante el resto del mundo: una gran tragedia, un drama, un cambio drástico... Si se ha pinchado esa rueda es porque necesariamente tiene que haber un bache. Es como si fuera un problema de libre elección. ¿Cómo vas a estar deprimido si estás en buena forma, si tienes trabajo, familia y amigos? ¿A qué viene esa nube si tu cielo está tan despejado como el mío? Un gurú de la felicidad llegó a proclamar recientemente que «la depresión te la provocas tú», porque «solo si te esfuerzas mucho conseguirás deprimirte». No se deprime el que no quiere. Así de fácil. Pues ahí está Andrés Iniesta. Una vez más. Esforzándose en demostrar lo contrario, rompiendo un tabú. Sí, a la cima también llegan las sombras. La depresión es un trastorno que no encaja con buena parte del contenido que se exhibe en las redes sociales. En las plataformas más pobladas se da lo contrario, la necesaria obligación de mostrar la felicidad en cada vivencia. Cada viaje, cada cumpleaños, cada desayuno, cada noche, cada día. Todo debe ser brillante y colorido. Una gominola visual para el disfrute colectivo. Essena O’Neill, una joven modelo australiana, dejó Instagram porque se convirtió en algo insoportable. Confesó que «todo lo que hacía estaba editado». Su imagen más celebrada, una tomada en la playa. Un instante de supuesta perfección improvisada. «Estuve dos o tres horas haciendo fotos en la arena. De cientos de imágenes, elegimos esa», reconoció. Que la alegría inflada no tape la asfixia real.





Y ¿qué más podemos añadir?
Es como si tuviésemos que ser felices por napias.
Es como si tuviésemos que estar guapos por cojones.
Es como si las arrugas fuesen algo de otro mundo. Y la celulitis, la mesa con migas, el mantel con esa mancha que nunca se va...
Ahora, señores, lo que se lleva es el postureo. Y la ropa de (esta) temporada. Y el café con ositos y corazones. Y el beso perfecto, el niño sonriente y dulce, y el perro recién salido de la peluquería.
Ahora, lo que se lleva, es el alejamiento de lo real y el acercamiento a la más pura y vacía gilipollez.
Eso son las redes sociales muchas veces.
Y eso también es la vida que se muestra tras ellas. Simplemente, eso. Escondiéndose lo que, a mi parecer, es la verdadera magia. Y las sombras. Todas esas fuentes que, en su día, crearon maravillosas novelas.
Y sí. Conozco de primera mano las principales redes sociales. Ahora sólo me queda Instagram. Por aquello de no perder el derecho a opinar y criticar.

1 comentario:

esteban lob dijo...

Cuando leí que Iniesta en el peor momento de su aflicción anhelaba solamente que llegara la noche para ingerir un medicamento, me costaba creerlo. La depresión es un mal crecido en nuestros tiempos, que no salva ni siquiera a quienes imaginamos en un mundo de ensueño.

Abrazo.