5 de junio de 2007

El otro lado de la vida...

En un cuento titulado El cobrador, del gran escritor brasileño Rubem Fonseca, su protagonista sostiene la extravagante idea de que todo lo que existe en el mundo, sean objetos o personas, le pertenecen. Todo cuanto no cae en sus manos, él ya se encargará de cobrárselo (de aquí el título de la pieza). Si alguien posee un coche lujoso, se convence que es él el que tendría que ser su propietario. Una mujer hermosa no escapa a su enfermiza teoría. Verla con alguien que no fuese él, lo pondría fuera de sus casillas. Con nadie estará mejor esa mujer que con él, puesto que sólo un anormal azar ha puesto a ese ser en las manos que no correspondían.

A veces da la impresión de que nos movemos por la vida con esa insultante y peligrosa seguridad. A nada ni a nadie tenemos que agradecer nada. A aquel personaje de ficción no le sacaríamos nunca un gesto de agradecimiento, si se nos ocurriera el estéril propósito de obsequiarle, por ejemplo, con una entrada para el teatro o la final de la Champion europea de fútbol. Cogería la entrada con la autosuficiencia del que considera que ha recuperado eso que nunca se debió dudar que le correspondía. Qué falta hace decir gracias por algo que nos pertenece, a lo que tenemos derecho. Nos levantamos por las mañanas y nos desayunamos con la puntual tostada. Mientras la untamos de mermelada ni se nos ocurre que deberíamos dar las gracias por ese milagro de las primeras horas del día. ¿A quién o a qué deberíamos agradecer un hecho tan doméstico? ¿Por qué deberíamos dar las gracias por algo que nos ganamos con nuestro trabajo, sin pensar que mucha gente que trabaja en muchas latitudes del mundo, si tiene garantizado su desayuno puede que no lo tenga tanto el sueldo para pagar un alquiler y una eventual necesidad sanitaria?

Nunca deja de sorprenderme esa tópica secuencia de las películas americanas donde los comensales, antes de comenzar su almuerzo, agradecen a Dios que les permita disfrutar de esos alimentos. Esa secuencia puede que ilustre una manera de vida muy alejada de la nuestra. Y una manera de escenificar una creencia religiosa. Incluso, para muchos, una manera de subordinación trascendental. Pero desde el punto de vista de una estética de la existencia humana, no deja de ser un gesto de recóndita humildad en medio de tanta autosatisfacción y prepotencia contemporánea.

Al calor de esa si se quiere manida imagen, me gusta pensar que lo que disfruto de la vida, desde esa insignificante tostada hasta el libro que leo, pasando por una valiosa amistad, me ha sido obsequiado por una suerte de inexplicable generosidad que no atino a creer que me merezca del todo. Ni todo el caudal de autoestima de la tierra que pueda atesorar, me puede hacer creer como a un idiota que todo lo que tengo me lo merezco absolutamente. Hay una insondable partícula de destino o azar o de gente buena que desconozco, que me pone en el lugar y el instante exacto de un presente inesperado. Y ésta es la oportunidad que nos da la vida a veces para dar las gracias, aunque no sepamos a quién o a qué.

Estoy hablando evidentemente de la gratitud. Y este sentimiento se expresa con una milagrosa palabra: gracias. Hace unos días leí en un trabajo académico un hecho que dio pie a estas consideraciones. Resulta que en Finlandia, en sus escuelas de primaria, los alumnos suelen despedirse de sus maestros estrechándoles la mano y dándoles las gracias por los conocimientos recibidos ese día. Con esto se podría hacer un sinfín de reflexiones sobre la educación en Finlandia y, de paso, sobre la educación en nuestro país, donde no creo que nuestros alumnos tengan la sana costumbre de despedirse de sus maestros hasta el día siguiente y mucho menos de dar las gracias por nada. Un jugoso tema para políticos especialistas en cambios de modelos educativos de una legislatura a otra. Yo me quedo con la imagen de esos niños expresando su gratitud por los conocimientos adquiridos. Ellos no creen que a sus maestros no se les deba dar las gracias por el hecho de cobrar un sueldo. Son los conocimientos lo que cuenta. El hecho casi providencial de un saber nuevo en medio de la rutina escolar. ¿Qué cosa puede gratificar más, más que un sueldo incluso, que unas pequeñas manos pegándose a las tuyas en señal de gratitud por haberles ensanchado la mente y el espíritu? Esto también conforma un ritual, sin duda. Como los comensales de las películas que agradecen al cielo los alimentos recibidos. Pero es un ritual imprescindible, el de la gratitud, que no deberíamos abandonar si no queremos acabar muy pronto como el inquietante cobrador de Rubem Fonseca.

Por J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario (EL PAÍS, 18/05/07).

3 comentarios:

Campurriana dijo...

Quizá nos sirva para pensar que no todo es el dinero, que uno a veces se siente mejor pagado con la sonrisa gratuita de alguien que sabe agradecer tu trabajo y tu esfuerzo...

Y hay que continuar aprendiendo a valorar cada momento especial, cada sensación agradable que aparece casi mágicamente...

Muchas gracias por la comida tan agradable que he tenido hoy y por este artículo enviado por correo electrónico...

:)

Raíña Loba dijo...

Si nos viésemos privados de todos los lujos, de todos los momentos buenos, de no estar solos... cuando los volviésemos a recuperar no dejaríamos de dar las gracias. A la providencia, al azar, a Dios... a lo que fuese.

De momento les doy las gracias a mis padres, por existir.

Campurriana dijo...

Es cierto lo que dices, Raiña...el problema es que muchas veces damos tantas cosas por hechas...

Por favor, parad el mundo que me bajo a recapacitar!