18 de febrero de 2015

Esas jóvenes hijas de puta

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Supongo que a muchos se les habrá olvidado ya, si es que se enteraron. Por eso voy a hacer de aguafiestas, y recordarlo. Entre otras cosas, y más a menudo que muchas, el ser humano es cruel y es cobarde. Pero, por razones de conveniencia, tiene memoria flaca y sólo se acuerda de su propia crueldad y su cobardía cuando le interesa. Quizá debido a eso, la palabra remordimiento es de las menos complacientes que el hombre conoce, cuando la conoce. De las menos compatibles con su egoísmo y su bajeza moral. Por eso es la que menos consulta en el diccionario. La que menos utiliza. La que menos pronuncia.

Hace dos años, Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Y hace ahora unas semanas, un juez condenó a las dos acosadoras a la estúpida pena -no por estupidez del juez, que ahí no me meto, sino de las leyes vigentes en este disparatado país- de cuatro meses de trabajos socioeducativos. Ésas son todas las plumas que ambas pájaras dejan en este episodio. Detrás, una chica muerta, una familia destrozada, una madre enloquecida por el dolor y la injusticia, y unos vecinos, colegio y sociedad que, como de costumbre, tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida.

Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen. Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo -«Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio»-, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera, a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio. O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos.

La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando -anuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro- que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentando lo de siempre: «Son cosas de crías». Líos de niñas. Y mientras, Carla, pidiendo a su hermana mayor que la acompañara a la puerta del colegio. La pobre. Para protegerla.

Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales. El territorio donde toda vileza, toda ruindad, tiene su asiento impune. Allí, la crucifixión de Carla fue completa. Insultos, calumnias, coro de divertidos tuiteros que, como tiburones, acudieron al olor de la sangre. Más bromas, más mofas. Más ojos bizcos, más bollera. Y los que sabían, y los que no saben, que son la mayor parte, pero se lo pasan de cine con la masacre, riendo a costa del asunto. La habitual risa de las ratas. Hasta que, incapaz de soportarlo, con el mundo encima, tal como puede caerte cuando tienes catorce años, Carla no pudo más, caminó hasta el borde de un acantilado y se arrojó por él.

Ignoro cómo fue la reacción posterior en su colegio. Imagino, como siempre, a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces con las que despedimos, barato, a los infelices a quienes suelen despachar nuestra cobardía, envidia, incompetencia, crueldad, desidia o estupidez. Pero, en fin. Ya que hay sentencia de por medio, espero que, con ella en la mano, la madre de Carla le saque ahora, por vía judicial, los tuétanos a ese colegio miserable que fue cómplice pasivo de la canallada cometida con su hija. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni gaitas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que te saquen la pasta.


7 comentarios:

Ripley dijo...

No tenía la menor idea de este caso, mi desconexión informativa es cada vez mayor por las razones que magistralmente escribe Perez-Reverte.

Eso que llaman el colegio debería ser dinamitado. "Aquí hubo tiempo atrás un colegio, diran en treinta o cuarenta años los viejos y contarán que una estudiante se suicidó por no ser como las demás".

Si eres mayor para empujar a alguien hacia la muerte también se te debe juzgar como adulto ¿pero que es eso de seis meses de trabajos sociales?

Esta sociedad apesta pero la futura, la que se está supuestamente formando en los colegios para el día de mañana, da náuseas. El hombre es el único animal que mata no por necesidad de alimentarse sino por placer, por divertimento, en Corea del Norte su orondo dictador mandó matar a un tío suyo y lo hizo entregándolo a una jauría de perros a los que hacía días no se alimentaba. Estuvo como una hora viendo el espectáculo como quien ve un partido de fútbol, en otra parte del mundo unas bestias asesinaban a un piloto jordano prendiéndole fuego dentro de una jaula. Los niños de hoy crecen en un mundo cada vez mas vacio de valores. Ya no saben distinguir entre el bien y el mal y cuando alguien no es capaz de diferenciar ambas cosas es que para él o ella todo es igual, no hay límites morales, todo vale.

Un mafioso italiano detenido y encarcelado en España dice que de ninguna manera piensa en abandonar la cárcel, mucho menos cuando compara las nuestras con las suyas; gimnasios, piscinas cubiertas climatizadas, polideportivos, sala de internet, celda privada con calefacción, tres comidas calientes al día y así seguía relatando toda suerte de lujos.

Arturo Pérez-Reverte además ser una de las mentes mas lúcidas y brillantes que en los últimos tiempos ha parido España, fue corresponsal de guerra. En las muchas que cubrió vería toda suerte de atrocidades sin embargo es en el momento en que escribe sobre Carla, cuando dice textualmente: "En este mundo de mierda".

¿De verdad se bromea sobre esto en las redes sociales? No me cabe en la cabeza tanta maldad y desvario.

Ya sabes lo que pienso, estamos involucionando, el ser humano que hace tiempo se ha quedado únicamente en "ser" olvidando lo de humano apesta. Es un cáncer para el planeta y sus semejantes, lo peor es que ya hay metástasis. Y como es cobarde desencadenará una guerra total, de momento ya hay hace tiempo aviones eurofigther españoles sobrevolando los cielos de las repúblicas bálticas. Ayer mismo tuvieron que intervenir para echar a media docena de aviones rusos.

Hoy no se como despedirme, me da reparo escribir juntas las palabras "asco" y "un beso"

Juan Nadie dijo...

Pérez Reverte, como siempre, poniendo el dedo en la llaga. Hay muchos otros calificativos, pero hijas de la gran puta está muy bien.
Conozco de cerca algún caso de acoso, aunque afortunadamente no acabó así, pero podría haberlo hecho.

Juan Carlos dijo...

Ya lo había leído y, como siempre, Pérez Reverte recuerda lo que los desmemoriados querrían no recordar (y lo hacen)
Salu2

Pedro Ojeda Escudero dijo...

El caso es sobrecogedor. Y lo malo es que no es el único. Hay demasiado silencio sobre estos asuntos.
Besos.

Campurriana Campu dijo...

Es un caso espeluznante y sí: me parece muy acertado el calificativo que ha utilizado Pérez-Reverte haciendo referencia a toda esta escoria que sólo disfruta viendo sufrir a los demás; curiosamente, a los más débiles.

Es realmente penoso que ocurra esto y, sobre todo, que se hagan oídos sordos en el entorno.

Ripley dijo...

Es que Campu, volvemos a lo de siempre, les ha costado años pero han conseguido vaciar de significado las palabras. Tan profundo es el daño causado que hasta uno mismo las usa sin pararse a pensar.

Resulta que "el entorno", al igual que sucede con "la sociedad" hoy reconvertida en "ciudadanía", la formamos todos independientemente de lo que pensemos, del equipo de fútbol al que sigamos, si estamos a favor o en contra de esto o lo otro. Esa diversidad es la que permite que en los países libres exista "la opinión pública". No hace falta irse muy lejos, aquí mismo en nuestra España, hace unos cuarenta años no existía.

besos

Campurriana Campu dijo...

Ripley, a veces pienso que no hay más libertad de información que ayer; cuando mi abuelo lo único que podía leer era el panfleto tirado en medio del camino antes de llegar al pueblo.